Evitando, que es gerundio

Se calcula que entre el 0,5% y el 1% de la población mundial padece de trastorno evitativo de la personalidad o TPE. Eso quiere decir que entre 37 millones y medio y 75 millones de personas a nivel mundial o entre 466.000 y 233.000 a nivel nacional comparten este problema. Y, en una ciudad mediana como la mía, por ejemplo, entre 440 y 880 personas sufrirán esta afección de carácter.

La Organización Mundial de la Salud, en su Clasificación Internacional de Enfermedades o CIE10 (décima versión), clasifica el «Trastorno ansioso (con conducta de evitación) de la personalidad» (código F60.6) entre los trastornos de la personalidad y del comportamiento del adulto. Pero no están muy claras, a veces, las diferencias con las fobias sociales (F40.1) o con la timidez. Se puede establecer, en cualquier caso, una gradación, una escala como la de un termómetro. En el cero de ese termómetro estaría la timidez, avanzando en la escala encontraríamos la fobia o ansiedad social, en sus diversas variedades, y, finalmente, en el 100 de la escala tendríamos el TPE. O, dicho de otra forma, estos rasgos forman parte de un continuum y el TPE podría considerarse como una forma muy acentuada de ansiedad social generalizada. Las personas con TPE, en definitiva, suelen ser personas tímidas, introvertidas, y suelen manifestar altísimos grados de ansiedad social.

Pero, ¿qué es el TPE? Pues el CIE10 lo define como:

Es un trastorno de personalidad caracterizado por sentimientos de temor, inseguridad e inferioridad. Existe un continuo deseo de agradar y ser aceptado, hipersensibilidad a la crítica y al rechazo, con restricción de las relaciones personales y tendencia a evitar determinadas actividades mediante la exageración de los potenciales riesgos y peligros de las situaciones cotidianas. 

Al tiempo que define los trastornos de personalidad como:

Son alteraciones severas de la personalidad y de las tendencias comportamentales del individuo, que no son consecuencia directa de una enfermedad, daño o alguna otra alteración del cerebro, o de una enfermedad psiquiátrica. Normalmente abarcan diversas áreas de la personalidad y casi siempre van asociadas con tensión subjetiva y dificultades de adaptación social. Suelen estar presentes desde la infancia o la adolescencia y persisten en la vida adulta.

Es decir, se trata de alguien que, desde su infancia, ha aprendido a evitar las situaciones sociales por la sencilla razón de que éstas le producen ansiedad y esa ansiedad viene motivada por su extrema sensibilidad a la crítica y al rechazo, producto de un exacerbado sentimiento de inferioridad y falta de confianza en sí mismo.

Y cómo se traduce todo esto en la vida diaria de alguien afectado por este problema. Pues, básicamente, en una vida más limitada que la del resto de las personas de su edad.

Para empezar, son jueces implacables de sí mismos. Mientras que con los demás pueden ser benevolentes y las dificultades, inherentes al caracter, para decir NO hace que ofrezcan siempre el beneficio de la duda para todos o dejen pasar los errores de los otros para no molestar o no caer mal, son, en cambio, tremedamente exigentes consigo mismos y no se dejan pasar una. Ellos mismos son las únicas personas a las que insultan, menosprecian o infravaloran, mientras que no lo hacen tan duramente con los demás. Todo ello lleva consigo una constante falta de autoestima, raíz última de todas sus inseguridades e indecisiones.

A consecuencia de esto, se evitan todo tipo de interacciones sociales: invitaciones a fiestas, a cenas de empresa o, simplemente, a tomar una cerveza al salir del trabajo causan auténtico pavor por no saber desenvolverse en un ambiente en el que se considera un pez fuera del agua, por no saber de qué hablar y encontrarse torpe y poco desenvuelto,… Y no es que prefiera no ir o que se encuentre más a gusto consigo mismo. Alguien con TPE está deseando participar de todos esos actos sociales y ser uno más pero es tanta la ansiedad que prefiere no participar a tener que enfrentarse a la misma. Lamentablemente, al cabo de los años esta estrategia le lleva a comprender que ha perdido muchas de las experiencias que cualquier persona de su edad ha vivido con creces: barbacoas, salidas nocturnas, noches de marcha, excursiones, ferias, conciertos, acontecimientos festivos varios,… Experiencias que puede contar con los dedos de una mano,  si puede contarlas, mientras a los demás les faltarán manos para hacer lo propio.

Esto conlleva que el círculo de amistades de una persona con TPE sea reducido a niveles ridículos: la familia más cercana y, si acaso, algún amigo. Lo cual, a su vez, conlleva altísimas dosis de sufrimiento y que la imagen de sí mismo también se vea empañada. Y si difícil resulta hacer amistades, cuánto más relacionarse afectivamente. Las personas con TPE suelen ser personas solitarias y sin pareja. Si en la relación con otras personas se teme la posible valoración negativa de los demás, en una situación de seducción, donde se supone que se tiene que resultar atractivo a la persona de su interés, cuando eso no se lo cree ni él mismo, ese temor se multiplica al infinito y más allá. Y la frustración que produce la falta de atrevimiento o el desinterés de la otra persona agudiza aún más si cabe la baja autoestima. Es ésta la razón de que se tarde tantísimo en tener pareja o no se llegue a tener nunca.

A nivel laboral, la poca autoestima también afecta negativamente. Aunque los demás tal vez vean al afectado como a una persona competente y valiosa, es él mismo quien no se lo cree. Eso le lleva a conformarse con puestos de inferior categoría o a no luchar por conseguir el puesto que realmente querría o a no desarrollar una carrera profesional o a aceptar a regañadientes o, directamente, rechazar puestos de mayor responsabilidad. Y el que nadie lo entienda, porque es difícil entender, hace que se sienta tan raro como siempre.

La buena noticia es que, con la edad, los síntomas van remitiendo. Es decir, es un trastorno devastador en la adolescencia y juventud, muy limitativo para la persona hasta extremos que sólo un afectado puede comprender, pero no tan tremendo en la adultez. Quizá es que uno empieza a aceptarse como es o que, a ciertas edades, hay cosas que ya no importan tanto. Se sigue padeciendo el problema, porque los comportamientos aprendidos y asumidos desde la infancia son díficiles de cambiar, pero ya no se le da tanta importancia a según qué cosas. Aunque otras sigan siendo tan dolorosas como siempre.

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Vamos a contar mentiras, tralará.

Árbol de navidad

Autor: Gerd Altmann. Fuente: Pixabay

Contamos a nuestros hijos cuentos de hadas, de piratas, de duendes y trasgos, de brujas, de fantasmas, los llevamos a ver películas de superhéroes, de dragones, de naves espaciales,… Y está bien. Sirven para que los niños desarrollen su imaginación, inventen sus propias historias, vivan fantasías. Pero luego, como buenos padres, les explicamos que no existen, que son personajes de ficción divertidos pero que no se van a encontrar a un ogro o a un muerto viviente debajo de la cama o en el armario. En fin, les explicamos que no son reales para que desarrollen su espíritu crítico, para que aprendan a diferenciar realidad de ficción, para que no se traguen cualquier cuento que les echen.

Pero llega Navidad y hacemos un paréntesis. Todos los personajes fantásticos son irreales pero, en cambio, cuando se trata de Papá Noel o de los Reyes Magos dejamos nuestra labor educativa a un lado. Porque no sólo no les decimos a los niños que son personajes de ficción, sino que, al contrario que con cualquier otro personaje ficticio, hacemos todo lo posible para convencerlos de que son reales. Y tratamos por todos los medios de que nadie vaya a irse de la lengua (¡ay esas abuelas despistadas!) y les hacemos escribir una carta y les pedimos que pongan galletas y leche para sus majestades de Oriente. Y no sólo los padres, la sociedad al completo se vuelca en mantener la misma ficción. El municipio distribuye por la ciudad carteros reales para que los niños lleven sus cartas, en cada centro comercial hay un ayudante de Santa Claus o un elfo, las figuras del gordito bonachón o de los tres magos están distribuidas por doquier, montamos toda una cabalgata para pasmo de los pequeños, hay mil películas que explican cómo se lo monta Papá Noel para llegar a tantas casas en una sola noche. Es decir, no sólo nos inventamos unos personajes y tratamos de convencer al niño de que esos personajes existen, sino que, además, hacemos cabriolas para que acepte y asimile esa invención cuando descubra el pastel. Ante tal despliegue de medios, al niño, indefenso, no le queda otra que aceptar que algunos seres fantásticos, al fin y al cabo, sí existen después de todo.

¿Y todo por qué? ¿A cuento de qué hacemos un paréntesis en nuestra labor educativa y contribuimos a mantener en nuestros hijos esta ficción? ¿Para qué les contamos una fantasía y luego hacemos todas las cabriolas narrativas habidas y por haber para mantener esa historia durante el mayor tiempo posible cuando el niño nos venga con mil y una preguntas a cada cual más capciosa? ¿Tan poderosos son la industria juguetera y los centros comerciales? ¿Merece la pena suspender por unos días nuestras convicciones como padres para que las empresas que viven de Papá Noel y los Reyes Magos sigan engordando sus cuentas de resultados? Socavamos nuestra credibilidad como padres, hacemos malabarismos para mantener durante unos años una historia que no hay por donde cogerla, coaccionamos al niño con la permanente amenaza de unos seres mágicos que le vigilan. Y todo, para qué. ¿Para que las multinacionales del ocio sigan sacando beneficios? 

¿Tan difícil es contarle al niño que es una noche para compartir regalos? ¿Realmente se necesita a un personaje mágico para que el niño viva la magia de los regalos? ¿Contarle que un extraño, con la aquiescencia de los padres, se va a colar en casa en mitad de la noche es mejor que contarle que los regalos, como todo en su vida (alimentos, ropa, juguetes, medicinas,…), los trae papá y mamá?

Cada cosa a su tiempo

Una de las primeras cosas que aprende un padre novato es que no todos los niños se desarrollan al mismo ritmo. Sobre todo cuando tiene que lidiar con las constantes comparaciones de abuelos, vecinos y familiares: que si mi niño con su edad ya andaba, que el mío ya hablaba,… Como si los seres humanos fuésemos robots con programas prediseñados que se activan al llegar a cierta edad. Cuando lo cierto es que cada niño es un mundo: unos andan cuando otros todavía están gateando, otros empiezan a balbucear sus primeras palabras cuando otros ni siquiera dicen mamá y, más adelante, a unos se les dará mejor dibujar mientras que otros serán unos hachas en matemáticas, a unos les encantará el fútbol y otros no podrán ni verlo. No estamos programados, no somos todos iguales, no seguimos patrones estandarizados.

Pero no sólo ocurre esto en la infancia. En la vida adulta ocurre exactamente igual. Si al llegar a cierta edad no se está emparejado, se nos dice eso de que se nos va a pasar el arroz, si se tiene pareja siempre habrá una madre o una abuela que pregunte para cuándo la boda, si se está casado, para cuando los hijos, si se tiene hijos para cuando la parejita. Todo el mundo tiene que cumplir los mismos patrones. Cuando, en realidad, no es así. Hay quien aprueba todo a la primera y hay quien hasta la veintena no empieza a asimilar los conocimientos. Hay quien no ve el momento de cumplir los dieciocho para sacarse el carné de conducir y hay quien se lo saca a los treinta. Hay quien con cuarenta ha tenido varias parejas sentimentales y hay quien, con la misma edad, descubre el amor por vez primera. Hay quien es madre a los quince y quien lo es a los cuarenta. No somos máquinas para cumplir el mismo patrón. No llevamos un programa instalado que se activa al llegar a cierta edad.

La sociedad, en cambio, nos exige justo lo contrario. Algunas tendencias pedagógicas actuales, por ejemplo, como la pedagogía Montessori, empiezan a reclamar algo similar en el ámbito de la infancia: que cada niño tiene su ritmo y hay que respetar esos ritmos y tratar de adaptarse a ellos. Pero es justamente eso lo que nunca ha hecho la escuela pública: se hacen exámenes estandarizados, se exigen los mismos conocimientos y destrezas a todos los niños, se pretende que todo el mundo siga el mismo patrón en los mismos tiempos. Da igual si unos niños van más adelantados que otros, da igual si a algunos se les da mejor unas asignaturas que otras. A todos se les exige por igual.

Pero no sólo a los niños. La sociedad nos va marcando todos los ritmos: los horarios que debemos seguir, las horas a las que tenemos que ver la tele, la edad a la que debemos casarnos y tener hijos y qué hacer cuando nos jubilemos. Hay una edad para estudiar, una edad para divertirse y disfrutar, una edad para trabajar y una edad para retirarse. Y, como siempre, no parece contemplarse a quien no sigue los ritmos de la mayoría. Ciertamente, es útil para organizarnos todos pero no todos nos ajustamos a los mismos ritmos. Algunos necesitamos más tiempo para según qué cosas.

Tú eres roja, tú eres gualda

En estos días de independentismo y fiesta nacional, en estos días de enfrentamientos entre senyeras, esteladas y rojigualdas, en estos días de patriotismo exacerbado, las banderas se han multiplicado por doquier. Nunca se habían visto tantos balcones bicolores (desde mi ventana puedo contar hasta siete enseñas, incluida la andaluza), nunca habíamos visto a tanta gente dándose golpes en el pecho y “sintiendo los colores”, nunca habíamos escuchado tanto a Manolo Escobar.

Pero, no hay nada como echar la vista atrás y repasar un poco nuestro historia para comprender algunas cosas. La bandera, como todas las banderas que en el mundo han sido, originariamente no representaba a la nación, que eso es cosa del siglo XIX, sino a la casa del rey. En términos de Juegos de Tronos, las banderas eran “los estandartes de cada casa”. Y la casa Borbón era representada con el escudo real en fondo blanco (sustituyendo, así, a la bandera de la casa de Austria, representada con la cruz de Borgoña también en fondo blanco). Pero, como eso producía confusiones en el mar, ya que los Borbones reinaban no sólo en España, sino también en Francia y en otros países, y no eran los únicos que utilizaban una enseña blanca, los militares de entonces se encontraban con el problema de que no tenían forma de saber si el barco que avistaban era amigo o enemigo hasta que no lo tenían encima. Así pues, el rey Carlos III encargó a su ministro de Marina que le presentase varios modelos de banderas que fuesen visibles en el mar. Y el ministro convocó un concurso, eligió doce bocetos que presentó al monarca y, de entre ellos, el rey eligió dos, modificándolos, uno para la Marina de Guerra (la rojigualda) y otro para la Marina Mercante, tal como quedaría recogido en un Real Decreto del 28 de mayo de 1785. Años después, concretamente en 1843, sería la reina Isabel II quien declararía la rojigualda como bandera nacional. [Recomiendo mucho echarle un vistazo a las fuentes indicadas más abajo donde el lector puede encontrar todos los detalles mucho mejor explicados de lo que yo puedo hacerlo aquí, además de los bocetos en cuestión. Especialmente interesante, a mí entender, por lo exhaustiva, es la página del Instituto de Historia y Cultura Militar].

Así pues, el diseño en tres franjas, la del centro mayor que las otras dos, no responde a ninguna razón de ninguna índole, ni tiene nada que ver con la senyera, aunque se le parezca. Sólo responde a la decisión del rey, al que le pareció más visible en el mar esa disposición y no otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera tipo nórdico, como la danesa, la noruega o la finlandesa? Pues podríamos, si así lo hubiese decidido el rey, porque ese modelo estaba incluido entre los bocetos. ¿Por qué los colores rojo y amarillo? Aunque entre los doce bocetos predominaban esos dos colores, supongo que porque siempre han sido distintivos de Castilla y León, también había blancos o azules o verdes. Según parece, el rey se decantó por esos dos por la simple razón de su visibilidad en el mar y no por ninguna otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera rojialba o gualdiverde? Pues podríamos, si el rey hubiese considerado esos colores más visibles en el mar.

En conclusión, entiendo que más de 230 años y, sobre todo, 40 años de dictadura nacionalcatólica, con la bandera por doquier, pesan en la memoria colectiva y son un peso muy difícil de obviar. Entiendo que si uno ha sido educado desde niño en la identificación con unos colores concretos, eso queda impregnado en el sentir popular. Pero eso no siempre ha sido así, como vemos. A los españoles no siempre nos ha vibrado el corazón con el rojo y el amarillo. Un español del siglo XVI, por ejemplo, un orgulloso hijo del Imperio Español, no hubiese sentido más exaltación patriótica ante una bandera rojigualda que un español de hoy ante un paño blanco con la cruz de Borgoña. En fin, uno esperaría que la elección de estos colores y este diseño tuviese hondas raíces históricas que justificasen la exaltación de sentimientos o el ardor patriótico. Pero, comprender que, detrás, sólo hay una elección caprichosa de un rey para una finalidad práctica, resulta decepcionante. Y no es el único caso: ocurre con la bandera andaluza, creada por Blas Infante allá por 1918, o, más recientemente, la de la Comunidad de Madrid, creada por el equipo de Joaquín Leguina en 1983.

Así pues, mira uno los balcones abanderados en rojo y amarillo y no deja de plantearse cuán fácil resulta dirigir desde las altas instancias nuestros sentimientos nacionales. Si mañana, en uno de esos vientos de la historia y la política, se organizase otro concurso para elegir bandera, ¿con qué colores vestiríamos nuestros balcones?

Fuentes:

Wikipedia, Marca EspañaTodo a babor, BallesterismoLas provinciasInstituto de Historia y Cultura Militar del Ejército de Tierra.

Individualistas de hoy

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Fuente: Pixabay.

En tiempos de nuestros abuelos era habitual que las familias tuviesen más de diez hijos. En tiempos de nuestros padres, en cambio, la familia se redujo a dos o tres, como mucho cuatro. Hoy día es difícil ver a familias con más de tres hijos, siendo dos o uno lo más habitual. De hecho, ya no son raros los matrimonios que dicen no desear tener hijos, que les basta con ellos dos. Y no sólo eso, se extiende lo que ya se empieza a denominar “niñofobia“: el desprecio de los adultos por la niñez en forma de monólogos simpáticos o celebraciones de bodas que no admiten niños o restaurantes u hoteles donde los niños no son bien recibidos,… Lo cual lleva a esos adultos a centrarse más en sí mismos, en viajar, culturizarse, ir al cine y al teatro; en definitiva, en hacer todas esas cosas que muchos padres no pueden. Eso que ahora empiezan a llamar, así en plan guay, yoísmo y siempre se ha llamado egoísmo: preocuparse más por sí mismo y menos por los demás.

Los que sí tienen hijos, por otro lado, ya no les ponen nombres corrientes. Antes, la costumbre marcaba poner al hijo el nombre del padre o de alguien de la familia, llenando el árbol familiar de Manolos, Antonios o Marías. Los más religiosos, en cambio, escogían para sus hijos el nombre del santo del día, con lo que se corría el riesgo de llamar al hijo Apapucio o algo peor. Hoy día, en cambio, se busca la originalidad y se recurre a lo exótico o, directamente, a la imaginación para llenar el país de Unais, Yerays o Sheilas. La idea es que el niño destaque sobre los demás, que no tenga un nombre corriente como su padre o su abuelo. Frente al respeto a la tradición o al legado familiar, se prima la individualidad, ya desde el momento del nacimiento.

Y qué decir de nuestros vecinos. Hoy vivimos en bloques de vivienda, o en casas unifamiliares, lo mismo da, donde apenas conocemos a nuestros vecinos de rellano. Salimos y entramos, nos damos si acaso los buenos días, si los damos, y poco más. Ni el nombre de quién comparte nuestro tabique conocemos, muchísimo menos sus circunstancias vitales. Siempre hay excepciones, claro, pero en un bloque donde vivan 20 familias tal vez conozcas al vecino de tu mismo rellano pero poco más. La proliferación de ascensores en nuestro país tampoco facilita el trato vecinal: nos metemos en el ascensor y podemos subir hasta nuestra casa sin cruzarnos con ningún vecino. Aquellas relaciones vecinales de los patios de vecinos, más estrechas que nuestras relaciones familiares, hace mucho que se acabaron, al menos en las grandes ciudades.

En cuanto al ocio, cada día contamos con más cachivaches. Antes fue el walkman; nos decían nuestros padres que íbamos sordos por el mundo y que nos iba a pasar algo por la calle. Ahora son los móviles o las consolas: caminamos con la vista gacha, sin observar a nuestro alrededor si vamos a comernos una farola o a pisarle un callo al primero que pasa. Por no hablar de esos seres humanos que comparten una misma habitación ensimismados cada uno en su pantalla. El nuevo cacharro de moda son las gafas de realidad virtual, donde no sólo tenemos la posibilidad de aislarnos del mundo a nuestro alrededor, sino, sobre todo, de sumergirnos en una realidad inventada, supuestamente mejor que la que nos rodea.

A todo esto se unen las famosas redes sociales. Vivimos en un mundo de postureo, como se dice ahora. Todo el mundo publica fotos de sus viajes, de la última fiesta en la que ha estado, de lo que va a comer o del último peinado que se ha hecho. Y comenta dónde se va de vacaciones, con quién sale o qué va a estudiar el próximo curso. Nos gusta la exhibición pública, nos gusta sentirnos importantes, nos gusta hacernos los famosos y, si no tenemos paparazis que nos persigan, hacemos de fotógrafos de nosotros mismos. Y nos apuntamos a todos los retos absurdos: el del cubo de agua, el del maniquí, el del suelo de lava, el de la botella en pie,… El último, el del culo al aire o el de hacerse fotos desnudos, insinuando más que enseñando. En fin, todo aquello que nos engrandezca el ego y nos ayude a mirarnos mejor el ombligo.

¿Somos cada vez más individualistas? Sin duda alguna. Pero no es ésta una tendencia reciente: llevamos siglo y medio andando este camino, perfeccionándolo. Y, según parece, es la progresiva desaparición de los trabajos manuales que nos trajo la revolución industrial en favor de los trabajos de oficina, unido a la incorporación de la mujer al mercado laboral y a la mejora en las condiciones sanitarias y la educación lo que está llevando a la humanidad a este camino donde el individuo es más importante que el grupo. El mundo laboral moderno, donde hoy se trabaja en una empresa y la semana que viene en otra, donde hoy ejercemos una ocupación y dentro de un mes otra diferente, está llevando a que la gente no mantenga vínculos duraderos con sus compañeros y a un continuo reciclaje del individuo. Nos encontramos, así, en un mundo donde el individualismo, el ser diferente a los demás, es un valor en sí mismo. Supongo que en nuestra cultura mediterránea será difícil que lleguemos, por este camino, a una sociedad alienada como algunos nos describen en otras latitudes, donde el Estado se ocupe de todos los problemas de sus ciudadanos y éstos no necesiten ni amigos ni familiares para tener una vida autosuficiente, pero no sería descartable.

Ahora bien, en mi opinión la cuestión no es que cada vez seamos más individualistas. Qué duda cabe que lo somos. La cuestión, más bien, es quién está interesado en que lo seamos. Porque no creo que este individualismo en el que nos hayamos felizmente inmersos sea casual, sino más bien dirigido por nuestras clases gobernantes y empresariales, bien beneficiadas del mismo. Porque, mientras el individuo sea más importante que el grupo, no hay revoluciones a la vista. Mientras andamos inmersos en la vorágine laboral, saltando de empleo en empleo y tratando de engordar el currículum, nos tragamos inmensas ruedas de molino, grandes como ellas solas. Mientras estamos publicando fotos de nuestro gato, que sale monísimo en todas las imágenes, no nos estamos organizando para una huelga. Mientras nos miramos al espejo ejerciendo el postureo en las redes sociales, dejamos que nos recorten derechos sin pedir explicaciones. Mientras esperamos ansiosos que salga el nuevo cachivache muchísimo mejor, dónde va a parar, que el que ya tenemos y que nos costó un pastizal, ni le buscamos las cosquillas a nuestros queridos corruptos. Y así nos va, claro.

La Barcelona de mi memoria

En septiembre de 2013 visité Barcelona. Fui con mi mujer y ambos guardamos muy agradables recuerdos de la que, para nosotros, siempre será la ciudad del amor. Descubrimos en aquel entonces una ciudad fantástica, con mil sitios que visitar y llenísima de gente.

La principal pega que encontramos fueron los precios exorbitados, no tanto de la comida como, sobre todo, de las bebidas, y eso que no somos de tomar alcohol. También, en cierto modo, nos sorprendió la cantidad enorme de gente por todas partes. Cuando uno viene de una ciudad pequeña como El Puerto se siente siempre un poco apabullado cuando visita Madrid o Barcelona y se ve envuelto en esos ríos enormes de gente deambulando de aquí para allá un día laborable cualquiera. Sobre todo, porque tanta gente junta en El Puerto sólo la vemos en verano un día festivo en el centro. En Barcelona, en cambio, nos encontramos con rusos, ingleses, italianos, hispanoamericanos,… y también, claro, catalanes. Y aunque iba uno pegando el oído para escuchar in situ un poco del idioma local, no hubo forma. Mis ganas de oír catalán quedaron reducidas a la megafonía del metro y a la TV3.

Lo que más me sorprendió de la ciudad y más valoramos fueron sus gentes. En ningún momento notamos crispación en las calles, ni nos sentimos rechazados por no ser catalanes o no hablar el idioma. Desde el primer día comprendimos que aquello era más cosa de los políticos que de la gente corriente. Es cierto que nos movimos más por lugares turísticos y en ellos nos sorprendía la facilidad con la que se pasaba a atender al cliente en español, en inglés o en otros idiomas. También nos gustó la tranquilidad en las calles. Pese a pasear en días laborables, no encontramos las prisas, la exasperación de conductores o el ajetreo que sí hemos encontrado en Madrid, por ejemplo, o, a veces, en mi propia ciudad, cada vez más ajetreada. Nos maravillaba lo cuidado que estaban los edificios. Mientras que en mi ciudad encontramos pintadas cochambrosas en edificios históricos que se caen a pedazos, allí vimos, sí, pintadas en puertas de garaje o en casetas de luz, pero no en edificios, todos bien cuidados, ni en los suelos modernistas de cualquier avenida, ni en monumentos. Y aunque allí mismo nos advirtieron que tuviéramos cuidado en el metro, no nos fuesen a robar, algo que, afortunadamente, no llegamos a conocer, nos sorprendió la amabilidad de la gente: no te bufan si, como pueblerino sin metro que eres, ocupas en demasía la escalera mecánica, alucinas viendo a un chaval disculparse por tropezarse con brusquedad con un anciano, no encuentras a gente pidiendo por los vagones,…

En definitiva, Barcelona nos pareció una ciudad muy atractiva no sólo para ir de visita, sino también para quedarse a vivir en ella. Es por eso que este choque de trenes, esta cerrazón de unos y otros de estos días produce mucha tristeza. Pensar que la próxima vez que visite Barcelona si quisiese enseñársela a mi hijo, tendría que ser con el pasaporte en la mano, hacerse uno a la idea de que no sería recibido como un compatriota, sino como un guiri más, como muchos de los que llenan el Parque Güell o el Paseo Marítimo, entristece. Mucho, mucho.

Ahorro a la japonesa

Allá por el 2006 me creé una hoja de cálculo para controlar los gastos. Todo comenzó preguntándome en qué había gastado la cantidad que me faltaba en la cartera y, como suele ser habitual en mí, aquello derivó en una hoja de cálculo mejorada cada año, donde anoto todos los gastos e ingresos del día y donde controlo la previsión de gastos, el ahorro,… Básicamente, me sirve para domar los gastos y prever dónde gastar.

En estos días, casi de casualidad, he descubierto el Kakebo o Kakeibo, una especie de agenda o libro de cuentas con la que las amas de casa japonesas han llevado las cuentas domésticas desde hace décadas. Concretamente, desde 1904, año en que la periodista japonesa Motoko Hani, fundadora de La compañera de la mujer, primera revista femenina del país, creó y difundió este documento. Se trata de un instrumento muy útil para controlar en qué gastas cada céntimo y ayudar a ahorrar. Si se es constante, se puede tener un visión amplia de nuestros ingresos y gastos. Para quien esté interesado, puede comprar una versión impresa en Amazon. Los más manitas, en cambio, pueden encontrar un háztelo tú mismo en esta página o en esta otra (previo registro en ambas). Obviamente, no es complicado adaptar esto a un hoja de cálculo para trabajar en el ordenador y usar fórmulas que agilicen los cálculos. 

Mira tú por dónde, sin saberlo, llevaba años siguiendo una costumbre japonesa y yo con estos pelos.

Fuentes:

El Diario, De otra manera.

El embrujo del ganchillo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

El retorno de los charlatanes

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Siglos Curiosos

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Strambotic

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

La pizarra de Yuri

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Wardog y El Mundo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Gente del Puerto

Habitantes de El Puerto de Santa María

Librillo de Ramón Buenaventura

Ocurrencias y blablás diversos

miBrujula.com

todo lo que se cuece en la red

Oink! | navegando por ti desde principios de siglo |

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Yorokobu

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Fritipiti

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Siliconeando

Bitácora sobre manualidades de Carmen Rodríguez