Archivos Mensuales: octubre 2017

Tú eres roja, tú eres gualda

En estos días de independentismo y fiesta nacional, en estos días de enfrentamientos entre senyeras, esteladas y rojigualdas, en estos días de patriotismo exacerbado, las banderas se han multiplicado por doquier. Nunca se habían visto tantos balcones bicolores (desde mi ventana puedo contar hasta siete enseñas, incluida la andaluza), nunca habíamos visto a tanta gente dándose golpes en el pecho y “sintiendo los colores”, nunca habíamos escuchado tanto a Manolo Escobar.

Pero, no hay nada como echar la vista atrás y repasar un poco nuestro historia para comprender algunas cosas. La bandera, como todas las banderas que en el mundo han sido, originariamente no representaba a la nación, que eso es cosa del siglo XIX, sino a la casa del rey. En términos de Juegos de Tronos, las banderas eran “los estandartes de cada casa”. Y la casa Borbón era representada con el escudo real en fondo blanco (sustituyendo, así, a la bandera de la casa de Austria, representada con la cruz de Borgoña también en fondo blanco). Pero, como eso producía confusiones en el mar, ya que los Borbones reinaban no sólo en España, sino también en Francia y en otros países, y no eran los únicos que utilizaban una enseña blanca, los militares de entonces se encontraban con el problema de que no tenían forma de saber si el barco que avistaban era amigo o enemigo hasta que no lo tenían encima. Así pues, el rey Carlos III encargó a su ministro de Marina que le presentase varios modelos de banderas que fuesen visibles en el mar. Y el ministro convocó un concurso, eligió doce bocetos que presentó al monarca y, de entre ellos, el rey eligió dos, modificándolos, uno para la Marina de Guerra (la rojigualda) y otro para la Marina Mercante, tal como quedaría recogido en un Real Decreto del 28 de mayo de 1785. Años después, concretamente en 1843, sería la reina Isabel II quien declararía la rojigualda como bandera nacional. [Recomiendo mucho echarle un vistazo a las fuentes indicadas más abajo donde el lector puede encontrar todos los detalles mucho mejor explicados de lo que yo puedo hacerlo aquí, además de los bocetos en cuestión. Especialmente interesante, a mí entender, por lo exhaustiva, es la página del Instituto de Historia y Cultura Militar].

Así pues, el diseño en tres franjas, la del centro mayor que las otras dos, no responde a ninguna razón de ninguna índole, ni tiene nada que ver con la senyera, aunque se le parezca. Sólo responde a la decisión del rey, al que le pareció más visible en el mar esa disposición y no otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera tipo nórdico, como la danesa, la noruega o la finlandesa? Pues podríamos, si así lo hubiese decidido el rey, porque ese modelo estaba incluido entre los bocetos. ¿Por qué los colores rojo y amarillo? Aunque entre los doce bocetos predominaban esos dos colores, supongo que porque siempre han sido distintivos de Castilla y León, también había blancos o azules o verdes. Según parece, el rey se decantó por esos dos por la simple razón de su visibilidad en el mar y no por ninguna otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera rojialba o gualdiverde? Pues podríamos, si el rey hubiese considerado esos colores más visibles en el mar.

En conclusión, entiendo que más de 230 años y, sobre todo, 40 años de dictadura nacionalcatólica, con la bandera por doquier, pesan en la memoria colectiva y son un peso muy difícil de obviar. Entiendo que si uno ha sido educado desde niño en la identificación con unos colores concretos, eso queda impregnado en el sentir popular. Pero eso no siempre ha sido así, como vemos. A los españoles no siempre nos ha vibrado el corazón con el rojo y el amarillo. Un español del siglo XVI, por ejemplo, un orgulloso hijo del Imperio Español, no hubiese sentido más exaltación patriótica ante una bandera rojigualda que un español de hoy ante un paño blanco con la cruz de Borgoña. En fin, uno esperaría que la elección de estos colores y este diseño tuviese hondas raíces históricas que justificasen la exaltación de sentimientos o el ardor patriótico. Pero, comprender que, detrás, sólo hay una elección caprichosa de un rey para una finalidad práctica, resulta decepcionante. Y no es el único caso: ocurre con la bandera andaluza, creada por Blas Infante allá por 1918, o, más recientemente, la de la Comunidad de Madrid, creada por el equipo de Joaquín Leguina en 1983.

Así pues, mira uno los balcones abanderados en rojo y amarillo y no deja de plantearse cuán fácil resulta dirigir desde las altas instancias nuestros sentimientos nacionales. Si mañana, en uno de esos vientos de la historia y la política, se organizase otro concurso para elegir bandera, ¿con qué colores vestiríamos nuestros balcones?

Fuentes:

Wikipedia, Marca EspañaTodo a babor, BallesterismoLas provinciasInstituto de Historia y Cultura Militar del Ejército de Tierra.

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Individualistas de hoy

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Fuente: Pixabay.

En tiempos de nuestros abuelos era habitual que las familias tuviesen más de diez hijos. En tiempos de nuestros padres, en cambio, la familia se redujo a dos o tres, como mucho cuatro. Hoy día es difícil ver a familias con más de tres hijos, siendo dos o uno lo más habitual. De hecho, ya no son raros los matrimonios que dicen no desear tener hijos, que les basta con ellos dos. Y no sólo eso, se extiende lo que ya se empieza a denominar “niñofobia“: el desprecio de los adultos por la niñez en forma de monólogos simpáticos o celebraciones de bodas que no admiten niños o restaurantes u hoteles donde los niños no son bien recibidos,… Lo cual lleva a esos adultos a centrarse más en sí mismos, en viajar, culturizarse, ir al cine y al teatro; en definitiva, en hacer todas esas cosas que muchos padres no pueden. Eso que ahora empiezan a llamar, así en plan guay, yoísmo y siempre se ha llamado egoísmo: preocuparse más por sí mismo y menos por los demás.

Los que sí tienen hijos, por otro lado, ya no les ponen nombres corrientes. Antes, la costumbre marcaba poner al hijo el nombre del padre o de alguien de la familia, llenando el árbol familiar de Manolos, Antonios o Marías. Los más religiosos, en cambio, escogían para sus hijos el nombre del santo del día, con lo que se corría el riesgo de llamar al hijo Apapucio o algo peor. Hoy día, en cambio, se busca la originalidad y se recurre a lo exótico o, directamente, a la imaginación para llenar el país de Unais, Yerays o Sheilas. La idea es que el niño destaque sobre los demás, que no tenga un nombre corriente como su padre o su abuelo. Frente al respeto a la tradición o al legado familiar, se prima la individualidad, ya desde el momento del nacimiento.

Y qué decir de nuestros vecinos. Hoy vivimos en bloques de vivienda, o en casas unifamiliares, lo mismo da, donde apenas conocemos a nuestros vecinos de rellano. Salimos y entramos, nos damos si acaso los buenos días, si los damos, y poco más. Ni el nombre de quién comparte nuestro tabique conocemos, muchísimo menos sus circunstancias vitales. Siempre hay excepciones, claro, pero en un bloque donde vivan 20 familias tal vez conozcas al vecino de tu mismo rellano pero poco más. La proliferación de ascensores en nuestro país tampoco facilita el trato vecinal: nos metemos en el ascensor y podemos subir hasta nuestra casa sin cruzarnos con ningún vecino. Aquellas relaciones vecinales de los patios de vecinos, más estrechas que nuestras relaciones familiares, hace mucho que se acabaron, al menos en las grandes ciudades.

En cuanto al ocio, cada día contamos con más cachivaches. Antes fue el walkman; nos decían nuestros padres que íbamos sordos por el mundo y que nos iba a pasar algo por la calle. Ahora son los móviles o las consolas: caminamos con la vista gacha, sin observar a nuestro alrededor si vamos a comernos una farola o a pisarle un callo al primero que pasa. Por no hablar de esos seres humanos que comparten una misma habitación ensimismados cada uno en su pantalla. El nuevo cacharro de moda son las gafas de realidad virtual, donde no sólo tenemos la posibilidad de aislarnos del mundo a nuestro alrededor, sino, sobre todo, de sumergirnos en una realidad inventada, supuestamente mejor que la que nos rodea.

A todo esto se unen las famosas redes sociales. Vivimos en un mundo de postureo, como se dice ahora. Todo el mundo publica fotos de sus viajes, de la última fiesta en la que ha estado, de lo que va a comer o del último peinado que se ha hecho. Y comenta dónde se va de vacaciones, con quién sale o qué va a estudiar el próximo curso. Nos gusta la exhibición pública, nos gusta sentirnos importantes, nos gusta hacernos los famosos y, si no tenemos paparazis que nos persigan, hacemos de fotógrafos de nosotros mismos. Y nos apuntamos a todos los retos absurdos: el del cubo de agua, el del maniquí, el del suelo de lava, el de la botella en pie,… El último, el del culo al aire o el de hacerse fotos desnudos, insinuando más que enseñando. En fin, todo aquello que nos engrandezca el ego y nos ayude a mirarnos mejor el ombligo.

¿Somos cada vez más individualistas? Sin duda alguna. Pero no es ésta una tendencia reciente: llevamos siglo y medio andando este camino, perfeccionándolo. Y, según parece, es la progresiva desaparición de los trabajos manuales que nos trajo la revolución industrial en favor de los trabajos de oficina, unido a la incorporación de la mujer al mercado laboral y a la mejora en las condiciones sanitarias y la educación lo que está llevando a la humanidad a este camino donde el individuo es más importante que el grupo. El mundo laboral moderno, donde hoy se trabaja en una empresa y la semana que viene en otra, donde hoy ejercemos una ocupación y dentro de un mes otra diferente, está llevando a que la gente no mantenga vínculos duraderos con sus compañeros y a un continuo reciclaje del individuo. Nos encontramos, así, en un mundo donde el individualismo, el ser diferente a los demás, es un valor en sí mismo. Supongo que en nuestra cultura mediterránea será difícil que lleguemos, por este camino, a una sociedad alienada como algunos nos describen en otras latitudes, donde el Estado se ocupe de todos los problemas de sus ciudadanos y éstos no necesiten ni amigos ni familiares para tener una vida autosuficiente, pero no sería descartable.

Ahora bien, en mi opinión la cuestión no es que cada vez seamos más individualistas. Qué duda cabe que lo somos. La cuestión, más bien, es quién está interesado en que lo seamos. Porque no creo que este individualismo en el que nos hayamos felizmente inmersos sea casual, sino más bien dirigido por nuestras clases gobernantes y empresariales, bien beneficiadas del mismo. Porque, mientras el individuo sea más importante que el grupo, no hay revoluciones a la vista. Mientras andamos inmersos en la vorágine laboral, saltando de empleo en empleo y tratando de engordar el currículum, nos tragamos inmensas ruedas de molino, grandes como ellas solas. Mientras estamos publicando fotos de nuestro gato, que sale monísimo en todas las imágenes, no nos estamos organizando para una huelga. Mientras nos miramos al espejo ejerciendo el postureo en las redes sociales, dejamos que nos recorten derechos sin pedir explicaciones. Mientras esperamos ansiosos que salga el nuevo cachivache muchísimo mejor, dónde va a parar, que el que ya tenemos y que nos costó un pastizal, ni le buscamos las cosquillas a nuestros queridos corruptos. Y así nos va, claro.

La Barcelona de mi memoria

En septiembre de 2013 visité Barcelona. Fui con mi mujer y ambos guardamos muy agradables recuerdos de la que, para nosotros, siempre será la ciudad del amor. Descubrimos en aquel entonces una ciudad fantástica, con mil sitios que visitar y llenísima de gente.

La principal pega que encontramos fueron los precios exorbitados, no tanto de la comida como, sobre todo, de las bebidas, y eso que no somos de tomar alcohol. También, en cierto modo, nos sorprendió la cantidad enorme de gente por todas partes. Cuando uno viene de una ciudad pequeña como El Puerto se siente siempre un poco apabullado cuando visita Madrid o Barcelona y se ve envuelto en esos ríos enormes de gente deambulando de aquí para allá un día laborable cualquiera. Sobre todo, porque tanta gente junta en El Puerto sólo la vemos en verano un día festivo en el centro. En Barcelona, en cambio, nos encontramos con rusos, ingleses, italianos, hispanoamericanos,… y también, claro, catalanes. Y aunque iba uno pegando el oído para escuchar in situ un poco del idioma local, no hubo forma. Mis ganas de oír catalán quedaron reducidas a la megafonía del metro y a la TV3.

Lo que más me sorprendió de la ciudad y más valoramos fueron sus gentes. En ningún momento notamos crispación en las calles, ni nos sentimos rechazados por no ser catalanes o no hablar el idioma. Desde el primer día comprendimos que aquello era más cosa de los políticos que de la gente corriente. Es cierto que nos movimos más por lugares turísticos y en ellos nos sorprendía la facilidad con la que se pasaba a atender al cliente en español, en inglés o en otros idiomas. También nos gustó la tranquilidad en las calles. Pese a pasear en días laborables, no encontramos las prisas, la exasperación de conductores o el ajetreo que sí hemos encontrado en Madrid, por ejemplo, o, a veces, en mi propia ciudad, cada vez más ajetreada. Nos maravillaba lo cuidado que estaban los edificios. Mientras que en mi ciudad encontramos pintadas cochambrosas en edificios históricos que se caen a pedazos, allí vimos, sí, pintadas en puertas de garaje o en casetas de luz, pero no en edificios, todos bien cuidados, ni en los suelos modernistas de cualquier avenida, ni en monumentos. Y aunque allí mismo nos advirtieron que tuviéramos cuidado en el metro, no nos fuesen a robar, algo que, afortunadamente, no llegamos a conocer, nos sorprendió la amabilidad de la gente: no te bufan si, como pueblerino sin metro que eres, ocupas en demasía la escalera mecánica, alucinas viendo a un chaval disculparse por tropezarse con brusquedad con un anciano, no encuentras a gente pidiendo por los vagones,…

En definitiva, Barcelona nos pareció una ciudad muy atractiva no sólo para ir de visita, sino también para quedarse a vivir en ella. Es por eso que este choque de trenes, esta cerrazón de unos y otros de estos días produce mucha tristeza. Pensar que la próxima vez que visite Barcelona si quisiese enseñársela a mi hijo, tendría que ser con el pasaporte en la mano, hacerse uno a la idea de que no sería recibido como un compatriota, sino como un guiri más, como muchos de los que llenan el Parque Güell o el Paseo Marítimo, entristece. Mucho, mucho.

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