Archivos Mensuales: abril 2017

No sin mi móvil

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Fuente: Pexels.

Consultamos el correo en los descansos del trabajo. Miramos el Facebook mientras esperamos el tren o el metro. Actualizamos Twitter o Instagram cuando estamos con nuestros amigos. Enviamos WhatsApps, navegamos por internet, consultamos las noticias, buscamos una dirección en Google Maps, leemos, consultamos Wikipedia, hacemos fotos, editamos video, oímos música, usamos la calculadora,  la agenda, la lista de tareas, la lista de la compra,…  y hasta llamamos por teléfono. Todo lo hacemos hoy con el móvil.

Se habla ya de dependencia del mismo. Hoy no concebimos realizar ciertas actividades que antes hacíamos sin tecnología sin recurrir al móvil: preguntábamos una dirección a cualquiera en la calle, apuntábamos los mandados en un papel cualquiera, calculábamos mentalmente o con un lápiz y una servilleta. Y hay actividades que nunca se nos hubiesen pasado por la cabeza si no existiesen los móviles: disfrutábamos de salidas con amigos sin tener que hacer fotos a cada momento; no necesitábamos compartir con nadie qué hacíamos o con quién lo hacíamos; no teníamos que estar en contacto con todo el mundo a cada minuto.

Pero, ¿quién está detrás de esta dependencia? ¿quiénes nos han creado estas nuevas necesidades vitales del hombre moderno? Pues está bastante claro. En primer lugar, las empresas tecnológicas. Sólo hay que echarle un vistazo a los precios de los smartphones de última generación. Somos capaces de gastarnos en simples aparatitos que se nos pueden caer o arañar o que nos pueden robar cantidades que no nos gastaríamos en un buen filetón. Y la industria lo sabe y juega con nosotros a hacernos creer que, si no tenemos ese cacharro que acaban de sacar y que tiene las mismas pijerías que ya tenía el modelo anterior pero un poco más molonas, somos unos donnadies. Y en eso estamos, en parecer más molones que nuestros vecinos dejándonos un pastizal por el camino y engordando la cuenta de las grandes tecnológicas.

Las compañías telefónicas son otra pata de esta gran mesa. Nos ofrecen ofertas mil peleando por conseguir clientes. Una compañía que hoy no ofrezca conexión de datos no le merece la pena a nadie. Queremos poder ver vídeos, en la mejor definición posible, y compartir fotos y escuchar música y ver nuestras series favoritas,… y poder disfrutar del partido como si estuviésemos en el salón de casa, aunque estemos en el campo o la playa. O nos crean la necesidad de hacer todo esto. Porque, a fin de cuentas, todo esto es tráfico de datos o, lo que es lo mismo, dinero para las compañías telefónicas. Y les interesa que seas un adicto a todo esto, cuanto más dependas de ello, mayor será su cuenta de resultados.

El tercer eslabón de la cadena son las aplicaciones. Hoy podemos hacer casi de todo con un móvil: desde fotos a la lista de la compra, desde contarle un chiste a tu madre a controlar nuestros gastos, desde consultar el estracto de nuestro banco a jugar al tetris. Y todo eso significa que necesitamos una aplicación para cada una de esas actividades. Y nuevamente esto significa que alguien hace caja. Cierto que antes no necesitábamos tener todo esto al alcance del bolsillo y nos apañábamos con cualquier cosa pero ahora nadie, mucho menos, las generaciones jóvenes, concibe la vida sin aplicaciones móviles, sobre todo redes sociales. Y, así, alguien puede hacer negocios, a veces demasiado suculentos.

En cuarto lugar, quienes más interesados están en que tengas un aparatito en la mano son quienes hacen negocio con el tráfico de datos. Cada día, casi sin darnos cuenta o sin que nos importe demasiado, compartimos una cantidad enorme de información: a través de redes sociales, en las búsquedas que hacemos por internet, con el uso de las diversas aplicaciones,… Hoy día, cualquier empresa puede conocernos mejor que si nos hubiese parido. De hecho, podría decirse que siempre que nos ofrezcan algo “gratis” (sacrosanta palabra de la publicidad actual, vaciada ya de contenido), detrás habrá una caza de datos personales de cualquier tipo: las fotos de la boda de tu hermano, la tienda donde estuviste hace dos días, la cita que tienes con el médico, el regalo de cumpleaños que estás buscando para tu mujer,… Y ese conocimiento les sirve para negociar y ganar pasta. Todo es dinero, al fin y al cabo. Así que imagina lo interesada que está la industria en que no abandones esa dependencia de tu querido aparato.

Finalmente, y relacionado con lo anterior, están los gobiernos. Como un Gran Hermano cualquiera pueden espiar nuestros movimientos a través de nuestros móviles y televisiones, como si de una película de espías se tratase. Y aunque lo revelado por Wikileaks no fuese cierto, no parece descabellado que los gobiernos pudiesen desarrollar sistemas similares, contando para ello con nuestra cacareada dependencia de estos aparatitos y nuestra habitual despreocupación por la seguridad. Nadie como nosotros mismos para ofrecer nuestros datos voluntariamente a quienes lo necesiten.

Así pues, cuando te preguntes si eres adicto al móvil la respuesta será seguramente que sí. Pero quizá sería más interesante que te preguntes, más bien, a quién beneficia que lo seas. Antes de que Steve Jobs sacase su famosísimo smartphone, tampoco se hablaba tanto de dependencia de nuestros teléfonos.

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La ciudad no es para los niños

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Fuente: encontrada en Facebook

Urbanizaciones cerradas donde no se permite jugar a la pelota, plazas de barrio plagadas de carteles prohibitorios, calles y avenidas donde los niños no pueden jugar, esparcirse, divertirse. Que nuestras ciudades son cada vez más hostiles para los más pequeños es algo cada vez más patente.

Está claro que tenemos cada vez más parques de juego infantiles para que los niños entre tres y ocho años se diviertan. Pero, están enfocados justamente en esas edades. ¿Qué pasa con los menores de tres? Las únicas instalaciones infantiles para esas edades suelen encontrarse en los colegios y en las guarderías, así que toca rascarse el bolsillo. ¿Y qué pasa un domingo por la tarde? Pues que el niño tendrá que jugar en el parque de niños mayores o no jugar. Eso por no hablar del estado en que se encuentran o, mejor dicho, del mal estado: nuestros políticos las inauguran, se hacen la foto de rigor y luego si te he visto no me acuerdo. Al parecer, la palabra mantenimiento no forma parte de sus agendas.

¿Y para los mayores de ocho? Ahí es donde está el negocio. Hoy día los niños de ocho o más años no se divierten en la plaza pública como hacíamos sus padres de niños. No. Para eso el capitalismo moderno ha inventado dos opciones con las que obtener beneficio del ocio infantil y mantener a los padres en el puesto de trabajo: las actividades extraescolares y los videojuegos. Las actividades extraescolares llenan un hueco de esta ajetreada vida moderna: si los padres tienen que echar mil horas para poder llegar a fin de mes con un sueldo ínfimo, en algo tienen que ocupar sus hijos las horas que no le pueden dedicar sus padres. Hoy día los chiquillos van a clases de inglés o de informática, tienen horas de deportes varios, de catequesis, de solfeo,… y un largo etcétera. Y parece que seas mal padre si no apuntas a tu hijo a alguna de ellas. Y, mientras, hay todo tipo de academias, asociaciones o entidades haciendo caja con el ocio infantil y la falta de tiempo de sus padres.

Las actividades deportivas de todo tipo son, en mi opinión, lo más sangrante del asunto. Antes te reunías en la calle, en la plaza pública o en un descampado con otros niños para echar un partido. Echabas la tarde, hacías deporte, te relacionabas con otros niños. Hoy día no hay sitio para hacer eso como no sea en un polideportivo, pagando, obviamente, las correspondientes cuotas. Y, dada la competitividad imperante en nuestras vidas en estos tiempos acelerados, y que ya no parecemos concebir la diversión por pura diversión, termina el niño federado, echando más horas que un profesional y entrenando como si le fuese la vida en ello. Y no sólo eso, sino levantándose al amanacer un sábado para competir en una ciudad cercana o, peor, de otra provincia, obligandose el padre a meterse kilómetros de carretera en el cuerpo y quitarse horas de sueño de encima un sábado de descanso, después de toda una semana trabajando. Y hablo no sólo de niños de ocho años sino también, a veces, de menos. Y todo para que éste socialice y haga ejercicio… como haría si jugase en la plaza al lado de casa con otros niños. Pero como todos creemos que nuestro hijo es un Messi o un Nadal en potencia…

En cuanto a los videojuegos, se trata de otro invento fantástico de la industria. Aprovechando nuestras ansias por estar a la última en lo que a tecnología se refiere, y las consolas y videojuegos no iba a ser una excepción, no dejan de sacarnos los cuartos todos los años. Y los niños son un mercado fácil. Y ahí los tenemos, encerrados en casa, jugando con el vecino de enfrente sin salir del salón o de su cuarto.

En definitiva, en eso consiste el ocio infantil de nuestros días: o encerrados en casa consumiendo videojuegos o apuntados a clase de todo tipo que se llevan un buen pellizco del presupuesto familiar. Y con la excusa de la seguridad, los niños no salen a la calle, con la falacia de prepararlos para su futuro se zampan mil horas de actividades fuera de horario lectivo, con la promesa de descubrir al nuevo Messi o la nueva Comanecci entrenan como profesionales, haciendo de la diversión una obligación. Y, mientras los padres dan cochazos de acá para allá y se quitan horas de descanso, hay quien gana lo que no ganaría si los niños simplemente pudiesen jugar en la plaza del barrio como se ha hecho siempre.

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