Archivos Mensuales: diciembre 2017

Vamos a contar mentiras, tralará.

Árbol de navidad

Autor: Gerd Altmann. Fuente: Pixabay

Contamos a nuestros hijos cuentos de hadas, de piratas, de duendes y trasgos, de brujas, de fantasmas, los llevamos a ver películas de superhéroes, de dragones, de naves espaciales,… Y está bien. Sirven para que los niños desarrollen su imaginación, inventen sus propias historias, vivan fantasías. Pero luego, como buenos padres, les explicamos que no existen, que son personajes de ficción divertidos pero que no se van a encontrar a un ogro o a un muerto viviente debajo de la cama o en el armario. En fin, les explicamos que no son reales para que desarrollen su espíritu crítico, para que aprendan a diferenciar realidad de ficción, para que no se traguen cualquier cuento que les echen.

Pero llega Navidad y hacemos un paréntesis. Todos los personajes fantásticos son irreales pero, en cambio, cuando se trata de Papá Noel o de los Reyes Magos dejamos nuestra labor educativa a un lado. Porque no sólo no les decimos a los niños que son personajes de ficción, sino que, al contrario que con cualquier otro personaje ficticio, hacemos todo lo posible para convencerlos de que son reales. Y tratamos por todos los medios de que nadie vaya a irse de la lengua (¡ay esas abuelas despistadas!) y les hacemos escribir una carta y les pedimos que pongan galletas y leche para sus majestades de Oriente. Y no sólo los padres, la sociedad al completo se vuelca en mantener la misma ficción. El municipio distribuye por la ciudad carteros reales para que los niños lleven sus cartas, en cada centro comercial hay un ayudante de Santa Claus o un elfo, las figuras del gordito bonachón o de los tres magos están distribuidas por doquier, montamos toda una cabalgata para pasmo de los pequeños, hay mil películas que explican cómo se lo monta Papá Noel para llegar a tantas casas en una sola noche. Es decir, no sólo nos inventamos unos personajes y tratamos de convencer al niño de que esos personajes existen, sino que, además, hacemos cabriolas para que acepte y asimile esa invención cuando descubra el pastel. Ante tal despliegue de medios, al niño, indefenso, no le queda otra que aceptar que algunos seres fantásticos, al fin y al cabo, sí existen después de todo.

¿Y todo por qué? ¿A cuento de qué hacemos un paréntesis en nuestra labor educativa y contribuimos a mantener en nuestros hijos esta ficción? ¿Para qué les contamos una fantasía y luego hacemos todas las cabriolas narrativas habidas y por haber para mantener esa historia durante el mayor tiempo posible cuando el niño nos venga con mil y una preguntas a cada cual más capciosa? ¿Tan poderosos son la industria juguetera y los centros comerciales? ¿Merece la pena suspender por unos días nuestras convicciones como padres para que las empresas que viven de Papá Noel y los Reyes Magos sigan engordando sus cuentas de resultados? Socavamos nuestra credibilidad como padres, hacemos malabarismos para mantener durante unos años una historia que no hay por donde cogerla, coaccionamos al niño con la permanente amenaza de unos seres mágicos que le vigilan. Y todo, para qué. ¿Para que las multinacionales del ocio sigan sacando beneficios? 

¿Tan difícil es contarle al niño que es una noche para compartir regalos? ¿Realmente se necesita a un personaje mágico para que el niño viva la magia de los regalos? ¿Contarle que un extraño, con la aquiescencia de los padres, se va a colar en casa en mitad de la noche es mejor que contarle que los regalos, como todo en su vida (alimentos, ropa, juguetes, medicinas,…), los trae papá y mamá?

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Cada cosa a su tiempo

Una de las primeras cosas que aprende un padre novato es que no todos los niños se desarrollan al mismo ritmo. Sobre todo cuando tiene que lidiar con las constantes comparaciones de abuelos, vecinos y familiares: que si mi niño con su edad ya andaba, que el mío ya hablaba,… Como si los seres humanos fuésemos robots con programas prediseñados que se activan al llegar a cierta edad. Cuando lo cierto es que cada niño es un mundo: unos andan cuando otros todavía están gateando, otros empiezan a balbucear sus primeras palabras cuando otros ni siquiera dicen mamá y, más adelante, a unos se les dará mejor dibujar mientras que otros serán unos hachas en matemáticas, a unos les encantará el fútbol y otros no podrán ni verlo. No estamos programados, no somos todos iguales, no seguimos patrones estandarizados.

Pero no sólo ocurre esto en la infancia. En la vida adulta ocurre exactamente igual. Si al llegar a cierta edad no se está emparejado, se nos dice eso de que se nos va a pasar el arroz, si se tiene pareja siempre habrá una madre o una abuela que pregunte para cuándo la boda, si se está casado, para cuando los hijos, si se tiene hijos para cuando la parejita. Todo el mundo tiene que cumplir los mismos patrones. Cuando, en realidad, no es así. Hay quien aprueba todo a la primera y hay quien hasta la veintena no empieza a asimilar los conocimientos. Hay quien no ve el momento de cumplir los dieciocho para sacarse el carné de conducir y hay quien se lo saca a los treinta. Hay quien con cuarenta ha tenido varias parejas sentimentales y hay quien, con la misma edad, descubre el amor por vez primera. Hay quien es madre a los quince y quien lo es a los cuarenta. No somos máquinas para cumplir el mismo patrón. No llevamos un programa instalado que se activa al llegar a cierta edad.

La sociedad, en cambio, nos exige justo lo contrario. Algunas tendencias pedagógicas actuales, por ejemplo, como la pedagogía Montessori, empiezan a reclamar algo similar en el ámbito de la infancia: que cada niño tiene su ritmo y hay que respetar esos ritmos y tratar de adaptarse a ellos. Pero es justamente eso lo que nunca ha hecho la escuela pública: se hacen exámenes estandarizados, se exigen los mismos conocimientos y destrezas a todos los niños, se pretende que todo el mundo siga el mismo patrón en los mismos tiempos. Da igual si unos niños van más adelantados que otros, da igual si a algunos se les da mejor unas asignaturas que otras. A todos se les exige por igual.

Pero no sólo a los niños. La sociedad nos va marcando todos los ritmos: los horarios que debemos seguir, las horas a las que tenemos que ver la tele, la edad a la que debemos casarnos y tener hijos y qué hacer cuando nos jubilemos. Hay una edad para estudiar, una edad para divertirse y disfrutar, una edad para trabajar y una edad para retirarse. Y, como siempre, no parece contemplarse a quien no sigue los ritmos de la mayoría. Ciertamente, es útil para organizarnos todos pero no todos nos ajustamos a los mismos ritmos. Algunos necesitamos más tiempo para según qué cosas.

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