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Tú eres roja, tú eres gualda

En estos días de independentismo y fiesta nacional, en estos días de enfrentamientos entre senyeras, esteladas y rojigualdas, en estos días de patriotismo exacerbado, las banderas se han multiplicado por doquier. Nunca se habían visto tantos balcones bicolores (desde mi ventana puedo contar hasta siete enseñas, incluida la andaluza), nunca habíamos visto a tanta gente dándose golpes en el pecho y “sintiendo los colores”, nunca habíamos escuchado tanto a Manolo Escobar.

Pero, no hay nada como echar la vista atrás y repasar un poco nuestro historia para comprender algunas cosas. La bandera, como todas las banderas que en el mundo han sido, originariamente no representaba a la nación, que eso es cosa del siglo XIX, sino a la casa del rey. En términos de Juegos de Tronos, las banderas eran “los estandartes de cada casa”. Y la casa Borbón era representada con el escudo real en fondo blanco (sustituyendo, así, a la bandera de la casa de Austria, representada con la cruz de Borgoña también en fondo blanco). Pero, como eso producía confusiones en el mar, ya que los Borbones reinaban no sólo en España, sino también en Francia y en otros países, y no eran los únicos que utilizaban una enseña blanca, los militares de entonces se encontraban con el problema de que no tenían forma de saber si el barco que avistaban era amigo o enemigo hasta que no lo tenían encima. Así pues, el rey Carlos III encargó a su ministro de Marina que le presentase varios modelos de banderas que fuesen visibles en el mar. Y el ministro convocó un concurso, eligió doce bocetos que presentó al monarca y, de entre ellos, el rey eligió dos, modificándolos, uno para la Marina de Guerra (la rojigualda) y otro para la Marina Mercante, tal como quedaría recogido en un Real Decreto del 28 de mayo de 1785. Años después, concretamente en 1843, sería la reina Isabel II quien declararía la rojigualda como bandera nacional. [Recomiendo mucho echarle un vistazo a las fuentes indicadas más abajo donde el lector puede encontrar todos los detalles mucho mejor explicados de lo que yo puedo hacerlo aquí, además de los bocetos en cuestión. Especialmente interesante, a mí entender, por lo exhaustiva, es la página del Instituto de Historia y Cultura Militar].

Así pues, el diseño en tres franjas, la del centro mayor que las otras dos, no responde a ninguna razón de ninguna índole, ni tiene nada que ver con la senyera, aunque se le parezca. Sólo responde a la decisión del rey, al que le pareció más visible en el mar esa disposición y no otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera tipo nórdico, como la danesa, la noruega o la finlandesa? Pues podríamos, si así lo hubiese decidido el rey, porque ese modelo estaba incluido entre los bocetos. ¿Por qué los colores rojo y amarillo? Aunque entre los doce bocetos predominaban esos dos colores, supongo que porque siempre han sido distintivos de Castilla y León, también había blancos o azules o verdes. Según parece, el rey se decantó por esos dos por la simple razón de su visibilidad en el mar y no por ninguna otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera rojialba o gualdiverde? Pues podríamos, si el rey hubiese considerado esos colores más visibles en el mar.

En conclusión, entiendo que más de 230 años y, sobre todo, 40 años de dictadura nacionalcatólica, con la bandera por doquier, pesan en la memoria colectiva y son un peso muy difícil de obviar. Entiendo que si uno ha sido educado desde niño en la identificación con unos colores concretos, eso queda impregnado en el sentir popular. Pero eso no siempre ha sido así, como vemos. A los españoles no siempre nos ha vibrado el corazón con el rojo y el amarillo. Un español del siglo XVI, por ejemplo, un orgulloso hijo del Imperio Español, no hubiese sentido más exaltación patriótica ante una bandera rojigualda que un español de hoy ante un paño blanco con la cruz de Borgoña. En fin, uno esperaría que la elección de estos colores y este diseño tuviese hondas raíces históricas que justificasen la exaltación de sentimientos o el ardor patriótico. Pero, comprender que, detrás, sólo hay una elección caprichosa de un rey para una finalidad práctica, resulta decepcionante. Y no es el único caso: ocurre con la bandera andaluza, creada por Blas Infante allá por 1918, o, más recientemente, la de la Comunidad de Madrid, creada por el equipo de Joaquín Leguina en 1983.

Así pues, mira uno los balcones abanderados en rojo y amarillo y no deja de plantearse cuán fácil resulta dirigir desde las altas instancias nuestros sentimientos nacionales. Si mañana, en uno de esos vientos de la historia y la política, se organizase otro concurso para elegir bandera, ¿con qué colores vestiríamos nuestros balcones?

Fuentes:

Wikipedia, Marca EspañaTodo a babor, BallesterismoLas provinciasInstituto de Historia y Cultura Militar del Ejército de Tierra.

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La Barcelona de mi memoria

En septiembre de 2013 visité Barcelona. Fui con mi mujer y ambos guardamos muy agradables recuerdos de la que, para nosotros, siempre será la ciudad del amor. Descubrimos en aquel entonces una ciudad fantástica, con mil sitios que visitar y llenísima de gente.

La principal pega que encontramos fueron los precios exorbitados, no tanto de la comida como, sobre todo, de las bebidas, y eso que no somos de tomar alcohol. También, en cierto modo, nos sorprendió la cantidad enorme de gente por todas partes. Cuando uno viene de una ciudad pequeña como El Puerto se siente siempre un poco apabullado cuando visita Madrid o Barcelona y se ve envuelto en esos ríos enormes de gente deambulando de aquí para allá un día laborable cualquiera. Sobre todo, porque tanta gente junta en El Puerto sólo la vemos en verano un día festivo en el centro. En Barcelona, en cambio, nos encontramos con rusos, ingleses, italianos, hispanoamericanos,… y también, claro, catalanes. Y aunque iba uno pegando el oído para escuchar in situ un poco del idioma local, no hubo forma. Mis ganas de oír catalán quedaron reducidas a la megafonía del metro y a la TV3.

Lo que más me sorprendió de la ciudad y más valoramos fueron sus gentes. En ningún momento notamos crispación en las calles, ni nos sentimos rechazados por no ser catalanes o no hablar el idioma. Desde el primer día comprendimos que aquello era más cosa de los políticos que de la gente corriente. Es cierto que nos movimos más por lugares turísticos y en ellos nos sorprendía la facilidad con la que se pasaba a atender al cliente en español, en inglés o en otros idiomas. También nos gustó la tranquilidad en las calles. Pese a pasear en días laborables, no encontramos las prisas, la exasperación de conductores o el ajetreo que sí hemos encontrado en Madrid, por ejemplo, o, a veces, en mi propia ciudad, cada vez más ajetreada. Nos maravillaba lo cuidado que estaban los edificios. Mientras que en mi ciudad encontramos pintadas cochambrosas en edificios históricos que se caen a pedazos, allí vimos, sí, pintadas en puertas de garaje o en casetas de luz, pero no en edificios, todos bien cuidados, ni en los suelos modernistas de cualquier avenida, ni en monumentos. Y aunque allí mismo nos advirtieron que tuviéramos cuidado en el metro, no nos fuesen a robar, algo que, afortunadamente, no llegamos a conocer, nos sorprendió la amabilidad de la gente: no te bufan si, como pueblerino sin metro que eres, ocupas en demasía la escalera mecánica, alucinas viendo a un chaval disculparse por tropezarse con brusquedad con un anciano, no encuentras a gente pidiendo por los vagones,…

En definitiva, Barcelona nos pareció una ciudad muy atractiva no sólo para ir de visita, sino también para quedarse a vivir en ella. Es por eso que este choque de trenes, esta cerrazón de unos y otros de estos días produce mucha tristeza. Pensar que la próxima vez que visite Barcelona si quisiese enseñársela a mi hijo, tendría que ser con el pasaporte en la mano, hacerse uno a la idea de que no sería recibido como un compatriota, sino como un guiri más, como muchos de los que llenan el Parque Güell o el Paseo Marítimo, entristece. Mucho, mucho.

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