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Algo se muere en el alma… 

La banda sonora de mi infancia y adolescencia está compuesta, entre otras, por el cante hondo que le gustaba escuchar a mi padre y las coplas de carnaval y, sobre todo, las sevillanas que le encantaban a mi madre. Aún recuerdo cuando, llegada la primavera, ponía la radio a la hora casi de comer y escuchaba las últimas sevillanas que se estrenaban entonces.

Pero es éste un género que se está muriendo. El de las sevillanas, digo. En aquellos dorados años 1980 había mil grupos y todos sacaban disco nuevo cada año. El Pali, La CanasteraLos Marismeños, Los romeros de la Puebla, Amigos de Gines, Cantores de Híspalis, Ecos del Rocío, Requiebros, Salmarina (en mi opinión, el mejor grupo de sevillanas, con diferencia), María del Monte, Las Carlotas, El Mani,… Y nos dejaron canciones emblemáticas que forman parte ya de nuestra memoria musical, no sólo dentro de Andalucía: Sevillanas del adiós, de Amigos de Gines, Sueña la margarita, de Amigos de Gines, Soy del Sur, de Ecos del Rocío, la Salve rociera, de Manuel Pareja Obregón, Pasa la vida, de Albahaca, Viva mi Andalucía, de los Romeros de la Puebla, Historia de una amapola, de Los Marismeños, Todo termina en la vida, de Los romeros de la Puebla, Mírala cara a cara, de Requiebros, Soy libre, de Salmarina, A bailar, a bailar, de Cantores de Híspalis, Cántame, de María del Monte,…

De eso casi nada queda ya. Muy pocos discos de sevillanas se estrenan ya cada año, si acaso discos recopilatorios, lo que significa que es un género que ya no se renueva. De hecho, en las ferias de los últimos años, uno observa que muchas casetas ya ni siquiera ponen sevillanas, un género que siempre se ha identificado con la caseta de feria: ponen rumbas, salsa o regetón directamente. Y en las casetas en las que se escuchan sevillanas suelen ser las clásicas, las mismas que yo escuchaba en los años 1980, en las primeras ferias en Las Banderas. Tampoco se ve ese bullicio de parejas o grupos bailando como se veía antes. Sigue habiendo gente que baila, sí, pero en muchas casetas el tablao que aún se sigue poniendo está más de adorno que otra cosa. O, directamente, bailan salsa o cualquier música de moda.

En definitiva, como decía, el de las sevillanas es un género que se está muriendo poco a poco. Por mucho que la televisión pública andaluza intente rescatarlo como ya hiciera con otro género definitivamente difunto, la copla. Quien sabe qué se oirá y se bailará en las ferias de nuestros hijos pero, al paso que vamos, seguramente sevillanas no.

No sin mi móvil

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Fuente: Pexels.

Consultamos el correo en los descansos del trabajo. Miramos el Facebook mientras esperamos el tren o el metro. Actualizamos Twitter o Instagram cuando estamos con nuestros amigos. Enviamos WhatsApps, navegamos por internet, consultamos las noticias, buscamos una dirección en Google Maps, leemos, consultamos Wikipedia, hacemos fotos, editamos video, oímos música, usamos la calculadora,  la agenda, la lista de tareas, la lista de la compra,…  y hasta llamamos por teléfono. Todo lo hacemos hoy con el móvil.

Se habla ya de dependencia del mismo. Hoy no concebimos realizar ciertas actividades que antes hacíamos sin tecnología sin recurrir al móvil: preguntábamos una dirección a cualquiera en la calle, apuntábamos los mandados en un papel cualquiera, calculábamos mentalmente o con un lápiz y una servilleta. Y hay actividades que nunca se nos hubiesen pasado por la cabeza si no existiesen los móviles: disfrutábamos de salidas con amigos sin tener que hacer fotos a cada momento; no necesitábamos compartir con nadie qué hacíamos o con quién lo hacíamos; no teníamos que estar en contacto con todo el mundo a cada minuto.

Pero, ¿quién está detrás de esta dependencia? ¿quiénes nos han creado estas nuevas necesidades vitales del hombre moderno? Pues está bastante claro. En primer lugar, las empresas tecnológicas. Sólo hay que echarle un vistazo a los precios de los smartphones de última generación. Somos capaces de gastarnos en simples aparatitos que se nos pueden caer o arañar o que nos pueden robar cantidades que no nos gastaríamos en un buen filetón. Y la industria lo sabe y juega con nosotros a hacernos creer que, si no tenemos ese cacharro que acaban de sacar y que tiene las mismas pijerías que ya tenía el modelo anterior pero un poco más molonas, somos unos donnadies. Y en eso estamos, en parecer más molones que nuestros vecinos dejándonos un pastizal por el camino y engordando la cuenta de las grandes tecnológicas.

Las compañías telefónicas son otra pata de esta gran mesa. Nos ofrecen ofertas mil peleando por conseguir clientes. Una compañía que hoy no ofrezca conexión de datos no le merece la pena a nadie. Queremos poder ver vídeos, en la mejor definición posible, y compartir fotos y escuchar música y ver nuestras series favoritas,… y poder disfrutar del partido como si estuviésemos en el salón de casa, aunque estemos en el campo o la playa. O nos crean la necesidad de hacer todo esto. Porque, a fin de cuentas, todo esto es tráfico de datos o, lo que es lo mismo, dinero para las compañías telefónicas. Y les interesa que seas un adicto a todo esto, cuanto más dependas de ello, mayor será su cuenta de resultados.

El tercer eslabón de la cadena son las aplicaciones. Hoy podemos hacer casi de todo con un móvil: desde fotos a la lista de la compra, desde contarle un chiste a tu madre a controlar nuestros gastos, desde consultar el estracto de nuestro banco a jugar al tetris. Y todo eso significa que necesitamos una aplicación para cada una de esas actividades. Y nuevamente esto significa que alguien hace caja. Cierto que antes no necesitábamos tener todo esto al alcance del bolsillo y nos apañábamos con cualquier cosa pero ahora nadie, mucho menos, las generaciones jóvenes, concibe la vida sin aplicaciones móviles, sobre todo redes sociales. Y, así, alguien puede hacer negocios, a veces demasiado suculentos.

En cuarto lugar, quienes más interesados están en que tengas un aparatito en la mano son quienes hacen negocio con el tráfico de datos. Cada día, casi sin darnos cuenta o sin que nos importe demasiado, compartimos una cantidad enorme de información: a través de redes sociales, en las búsquedas que hacemos por internet, con el uso de las diversas aplicaciones,… Hoy día, cualquier empresa puede conocernos mejor que si nos hubiese parido. De hecho, podría decirse que siempre que nos ofrezcan algo “gratis” (sacrosanta palabra de la publicidad actual, vaciada ya de contenido), detrás habrá una caza de datos personales de cualquier tipo: las fotos de la boda de tu hermano, la tienda donde estuviste hace dos días, la cita que tienes con el médico, el regalo de cumpleaños que estás buscando para tu mujer,… Y ese conocimiento les sirve para negociar y ganar pasta. Todo es dinero, al fin y al cabo. Así que imagina lo interesada que está la industria en que no abandones esa dependencia de tu querido aparato.

Finalmente, y relacionado con lo anterior, están los gobiernos. Como un Gran Hermano cualquiera pueden espiar nuestros movimientos a través de nuestros móviles y televisiones, como si de una película de espías se tratase. Y aunque lo revelado por Wikileaks no fuese cierto, no parece descabellado que los gobiernos pudiesen desarrollar sistemas similares, contando para ello con nuestra cacareada dependencia de estos aparatitos y nuestra habitual despreocupación por la seguridad. Nadie como nosotros mismos para ofrecer nuestros datos voluntariamente a quienes lo necesiten.

Así pues, cuando te preguntes si eres adicto al móvil la respuesta será seguramente que sí. Pero quizá sería más interesante que te preguntes, más bien, a quién beneficia que lo seas. Antes de que Steve Jobs sacase su famosísimo smartphone, tampoco se hablaba tanto de dependencia de nuestros teléfonos.

La ciudad no es para los niños

prohibido

Fuente: encontrada en Facebook

Urbanizaciones cerradas donde no se permite jugar a la pelota, plazas de barrio plagadas de carteles prohibitorios, calles y avenidas donde los niños no pueden jugar, esparcirse, divertirse. Que nuestras ciudades son cada vez más hostiles para los más pequeños es algo cada vez más patente.

Está claro que tenemos cada vez más parques de juego infantiles para que los niños entre tres y ocho años se diviertan. Pero, están enfocados justamente en esas edades. ¿Qué pasa con los menores de tres? Las únicas instalaciones infantiles para esas edades suelen encontrarse en los colegios y en las guarderías, así que toca rascarse el bolsillo. ¿Y qué pasa un domingo por la tarde? Pues que el niño tendrá que jugar en el parque de niños mayores o no jugar. Eso por no hablar del estado en que se encuentran o, mejor dicho, del mal estado: nuestros políticos las inauguran, se hacen la foto de rigor y luego si te he visto no me acuerdo. Al parecer, la palabra mantenimiento no forma parte de sus agendas.

¿Y para los mayores de ocho? Ahí es donde está el negocio. Hoy día los niños de ocho o más años no se divierten en la plaza pública como hacíamos sus padres de niños. No. Para eso el capitalismo moderno ha inventado dos opciones con las que obtener beneficio del ocio infantil y mantener a los padres en el puesto de trabajo: las actividades extraescolares y los videojuegos. Las actividades extraescolares llenan un hueco de esta ajetreada vida moderna: si los padres tienen que echar mil horas para poder llegar a fin de mes con un sueldo ínfimo, en algo tienen que ocupar sus hijos las horas que no le pueden dedicar sus padres. Hoy día los chiquillos van a clases de inglés o de informática, tienen horas de deportes varios, de catequesis, de solfeo,… y un largo etcétera. Y parece que seas mal padre si no apuntas a tu hijo a alguna de ellas. Y, mientras, hay todo tipo de academias, asociaciones o entidades haciendo caja con el ocio infantil y la falta de tiempo de sus padres.

Las actividades deportivas de todo tipo son, en mi opinión, lo más sangrante del asunto. Antes te reunías en la calle, en la plaza pública o en un descampado con otros niños para echar un partido. Echabas la tarde, hacías deporte, te relacionabas con otros niños. Hoy día no hay sitio para hacer eso como no sea en un polideportivo, pagando, obviamente, las correspondientes cuotas. Y, dada la competitividad imperante en nuestras vidas en estos tiempos acelerados, y que ya no parecemos concebir la diversión por pura diversión, termina el niño federado, echando más horas que un profesional y entrenando como si le fuese la vida en ello. Y no sólo eso, sino levantándose al amanacer un sábado para competir en una ciudad cercana o, peor, de otra provincia, obligandose el padre a meterse kilómetros de carretera en el cuerpo y quitarse horas de sueño de encima un sábado de descanso, después de toda una semana trabajando. Y hablo no sólo de niños de ocho años sino también, a veces, de menos. Y todo para que éste socialice y haga ejercicio… como haría si jugase en la plaza al lado de casa con otros niños. Pero como todos creemos que nuestro hijo es un Messi o un Nadal en potencia…

En cuanto a los videojuegos, se trata de otro invento fantástico de la industria. Aprovechando nuestras ansias por estar a la última en lo que a tecnología se refiere, y las consolas y videojuegos no iba a ser una excepción, no dejan de sacarnos los cuartos todos los años. Y los niños son un mercado fácil. Y ahí los tenemos, encerrados en casa, jugando con el vecino de enfrente sin salir del salón o de su cuarto.

En definitiva, en eso consiste el ocio infantil de nuestros días: o encerrados en casa consumiendo videojuegos o apuntados a clase de todo tipo que se llevan un buen pellizco del presupuesto familiar. Y con la excusa de la seguridad, los niños no salen a la calle, con la falacia de prepararlos para su futuro se zampan mil horas de actividades fuera de horario lectivo, con la promesa de descubrir al nuevo Messi o la nueva Comanecci entrenan como profesionales, haciendo de la diversión una obligación. Y, mientras los padres dan cochazos de acá para allá y se quitan horas de descanso, hay quien gana lo que no ganaría si los niños simplemente pudiesen jugar en la plaza del barrio como se ha hecho siempre.

Contenidos para niños 2

children-403582_640En los años 70 y 80 María Luisa Seco nos contaba historias, Gloria Fuertes nos recitaba poemas, Rosa León nos cantaba canciones (aprendimos con ella la diferencia entre ciencia y brujería o lo remilgadas que pueden ser las reinas, por ejemplo), Torrebruno nos proponía juegos sin fin y el dibujante José Ramón Sánchez nos dibujaba sueños.

Nos divertíamos, como no, con programas como La mansión de los Plaff, Un globo, dos globos, tres globosLa cometa blanca, Barrio Sésamo o, como no podía ser menos, Los payasos de la tele, al tiempo que aprendíamos valores. Pero, sobre todo, aprendíamos ciencia con series como Érase una vez el hombre y sus diversas secuelas o programas como 3, 2, 1, contacto… o Los sabios o la afamada Cosmos de Carl Sagan. O nos asomábamos a la literatura con series animadas como Don Quijote de la Mancha, Ruy, el pequeño Cid, D’Artacán y los tres mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fog,… por no mencionar las famosísimas Heidi o Marco. Programas y series que acercaban la ciencia o la literatura a los más pequeños.

Es cierto que hoy existen canales dirigidos expresamente a niños. Y cuentan con algunos buenos programas que educan en valores como Pocoyó, Peppa Pig, Doctora Juguetes, Yoko y sus amigos o la ya famosa La patrulla canina. Pero, por lo demás, suelen abundar las series de situación típicas y repetitivas. Los de mi generación echamos de menos programas educativos como los de otros tiempos. ¿Qué contenidos científicos encontramos hoy día en la tele, ni siquera para adultos, ni siquiera en la televisión pública? ¿El rato de “ciencia” de El hormiguero? En nuestra época contábamos con un maestro de la divulgación como Félix Rodríguez de la Fuente. ¿Con qué cuentan los jóvenes de hoy? ¿Frank de la jungla? Ya no hablemos de humanidades en general, ausentes eternas en la programación televisiva. ¿Cómo pretendemos, entonces, que nuestros niños tengan espíritu crítico o curiosidad científica? ¿O será que esto no nos interesa?

En definitiva, en nuestra infancia teníamos menos canales y menos opciones donde elegir pero disponíamos a nuestro alcance de programas y series de calidad que nos abrían la mente al conocimiento. Hoy, en cambio, mi hijo no cuenta con esas ventajas que tuve yo. Al menos, en la televisión generalista.

Imagen:

Pixabay.

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En los cada vez más lejanos tiempos de mi infancia, los niños de los años 70 u 80 disponíamos de todo un elenco de artistas que cantaban para nosotros: Parchís, Enrique y Ana, BotonesLos payasos de la teleRosa LeónTorrebruno o, más tarde, Teresa Rabal. Todos nos cantaban canciones compuestas expresamente para nosotros, que cantábamos no sólo con cinco o seis años, sino hasta con doce y catorce. Y no me refiero a canciones de adultos para que las canten niños, sino a canciones infantiles, pensadas para público infantil que luego tarareábamos en el cole. En todas las infancias ha pasado, en la de nuestros abuelos, en la de nuestros padres o en la nuestra: los niños siempre han cantado canciones infantiles, pensadas para ellos.

Hoy, en cambio, los niños más pequeños han de conformarse con los Cantajuegos o emisoras como Babyradio, que, en la mayoría de los casos, se limitan a recoger éxitos de los anteriormente citados. Pero, ¿qué cantan los que son un poco más mayorcitos, los que ya tienen más de cinco años? ¿Canciones de Sharika o Rihanna? ¿Reguetón? ¿Cualquier éxito de moda? Todo muy apropiado para niños pequeños, desde luego. Pero es la música que suena en las fiestas de fin de curso de los colegios, es la música que oyen en la radio o la televisión porque no hay programas especiales con canciones para ellos o es la música que luego acuden a interpretar en programas de la tele.

¿Qué ha pasado con las canciones infantiles de siempre? ¿Es que pretendemos que los niños sean mayores antes de tiempo? ¿Tenemos prisa por que abandonen la infancia? ¿Tanto necesita la industria vender sus éxitos que necesita invadir la infancia? No digo yo que volvamos a las canciones de Teresa Rabal. Pero entre Teresa Rabal y Rihanna debe haber un término medio, ¿no?

¿Y si nuestras democracias fuesen más griegas?

Hace unos meses me pasaron el vídeo de Why Maps titulado #WHYDEMOCRACY, del cual recomiendo mucho su visionado, tanto su cara A, como, sobre todo, su cara B y que incluyo aquí por su importancia.

Se preguntaba el autor sobre el origen de nuestras democracias y los gobiernos representativos y pensé que no sería mala idea trasladar el modelo de la democracia ateniense a nuestros tiempos. Pero, claro, este modelo era relativamente fácil de implementar en una ciudad-estado donde sólo votaban los hombres libres y era más factible que todos participaran en la asamblea. Pero en nuestras sociedades actuales sería bastante complejo que toda la población con derecho a voto de un pais participase en el Parlamento. Entonces me topé con este artículo: al parecer, algunos estudios serios avalan la idea de que introducir el azar en la elección de parlamentarios mejoraría el sistema. Y caí, entonces, en la cuenta de que el quid de la cuestión sería introducir ese mecanismo griego de la elección al azar en la representación política.

Así pues, me pregunto desde entonces: ¿qué pasaría si los 350 diputados que conforman el Congreso, en lugar de ser elegidos por sufragio universal directo, fuesen elegidos por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se eligiesen al azar utilizando los mismos criterios de selección que hoy se utiliza para elegir miembros de una mesa electoral (art. 26.2 de la LOREG), manteniendo las mismas circunscripciones electorales? Pues se me ocurre que se acabarían los dilemas de listas abiertas o cerradas de partidos, ya que dejaríamos de elegir a diputados porque sí, porque vienen en la lista del partido de nuestra elección; nos olvidaríamos de la famosa Ley d’Hondt y sus desajustes; desaparecerían también los políticos profesionales que pasan una legislatura tras otra en su escaño; se acabarían las disciplinas de votos y los castigos a diputados díscolos como los que hemos visto recientemente; el parlamentario no estaría sujeto a la disciplina de un partido, respondería, más bien, ante la asamblea, no ante los superiores de su partido a la espera de un ascenso en forma de cargo. A cambio, la gente se vería implicada realmente en la política; su participación en la misma no se limitaría a ejercer el voto cada cuatro años, sino a vivir en persona su ejercicio, tal vez durante menos tiempo (la propuesta de siete meses, por ejemplo, me parece razonable).

¿Y qué pasaría si los cargos públicos, desde Jefe del Estado a Presidente del Gobierno, pasando por Ministros o Secretarios de Estado, se eligiesen también por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se estableciesen unos requisitos de obligatorio cumplimiento, específicos para cada uno de los cargos (un ministro de sanidad debería proceder del mundo científico, por ejemplo), si cada candidato que los cumpliese sometiese su candidatura al escrutinio del Congreso y si, de entre los cinco más votados, se escogiese al azar un candidato, cuyo cargo estaría en manos del Parlamento, que podría revocarlo en cualquier momento? ¿Y qué pasaría si el mismo sistema se extiendese no sólo a la política nacional, sino también a la autonómica y la local y, por qué no, a la europea? A los griegos, que disponían hasta de una máquina para ello, el Kleroterion, no les fue mal durante más de 200 años; no creo que en nuestros tiempos informáticos fuese díficil diseñar un sistema de elección, limpio e independiente, más efectivo que el griego.

¿Qué conllevaría todo esto? Pues, para empezar, no valdría como candidato un Mariano Rajoy o un Donald Trump cualesquiera, sino alguien que reuniera las más adecuadas condiciones. Por otro lado, se acabarían los largos procesos electorales: la pegada de carteles, los mítines que sólo sirven para arengar a los convencidos, el reparto interminable de propaganda electoral para llenar las papeleras, los debates estériles, las jornadas de reflexión,… Y, sobre todo, el gasto que todo eso implica. Se acabarían también los programas electorales impresos en papel mojado y las promesas sin cuento a ver quien da más. Por otro lado, la elección al azar de cargos haría que su selección se prestara menos a injerencias de grupos de presión como las que señalaba hace unos días Pedro Sánchez en Salvados. Se acabarían también situaciones bochornosas como las que hemos vivido de permanecer casi un año con un gobierno en funciones. Las votaciones, como hemos visto en nuestra reciente investidura al último sprint, no estarían decididas de antemano en un paripé de votación cuyo resultado todos conocíamos. Los ministerios y secretarías, finalmente, serían ocupados por personas capacitadas para el cargo, elegidas por el Parlamento, no por la decisión partidista y arbitraria de un presidente que reparte cuotas de poder a su antojo. Y, desde luego, un gobierno al azar que dependiera de la valoración de un Parlamento de ciudadanos elegidos por sorteo no se atrevería a tomar decisiones contra la ciudadanía como los recortes que hemos vivido y seguiremos viviendo en educación, sanidad o derechos.

Claro está, todo esto implicaría, si no la desaparición de los partidos políticos, sí su conversión en simples organizaciones ciudadanas sin más poder que cualquier otra asociación de personas. Esto, quizá, haría más complicado el trabajo en el Parlamento, puesto que no habría grupos organizados y cada cual tendría voz y voto para proponer y decidir. Pero, a cambio, la elección al azar sin intervención partidista evitaría tramas como la de la Gürtel y similares. Sería más difícil volver a ver la corrupción deambulando como Pedro por su casa en según qué sitios.

Obviamente, todo esto no es más que un ejercicio de política-ficción. Pero, cuando descubres que existen organizaciones que están pidiendo esto mismo, la elección de los parlamentarios por sorteo al azar entre los ciudadanos con derecho a voto, empiezas a pensar que quizá no sería tan descabellado plantear un cambio de sistema en este sentido.

¿Por qué doblan las campanas?

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Campana de Santa María de la Paz, Catedral de Segovia. Wikimedia Commons.

En tiempos antiguos las campanas tenían una utilidad pública: no sólo servían para llamar a la oración, sino que también eran útiles para avisar de peligros (un incendio, un ataque militar,…) o servían de reloj en tiempos en que nadie llevaba la hora sujeta a la muñeca. Es por eso que todos los pueblos contaban con, al menos, un campanario y éste siempre era visible desde cualquier punto.

Pero esos tiempos ya pasaron. Hoy en día todo el mundo tiene reloj o puede informarse de la hora a través de múltiples servicios (radio, televisión, cualquier dispositivo electrónico). Y existen medios mucho más eficaces para avisar de peligros que utilizar una campana: medios de comunicación, sirenas policiales o de vehículos de emergencia,… En cuanto a la llamada a la oración, los fieles cuentan hoy con medios que no existían en otros tiempos: los periódicos suelen publicar horarios de misas, todas las parroquias suelen disponer de tablones de anuncios o incluso, en estos tiempos modernos, de páginas web, donde se puede publicar fácilmente el horario de las misas,… Hasta las radios y televisiones locales ofrecen esa información a sus oyentes y espectadores.

Así pues, ¿a qué viene tanto campaneo? ¿Por qué la Iglesia Católica, a través de sus parroquias, se empeña en seguir anunciando las misas diarias y de domingo mediante campanas, molestando a quien haya que molestar? Sobre todo, porque no creo que tenga mucha efectividad. El católico que quiera acudir a misa ya se habrá informado, a través de cualquiera de los medios mencionados y, sobre todo, por su asistencia a la misa diaria, del horario de la misma. El católico que no quiera o no pueda acudir, en cambio, no lo va a hacer por mucha campana que se le toque. Y el que no sea católico, no se va a convertir porque unas campanas interrumpan sus quehaceres o su descanso.

Defienden algunos que el uso de campanas es una expresión de nuestra libertad religiosa, tal como recoge el art.2.1.b de nuestra ley de libertad religiosa, que reconoce el derecho a “practicar actos de culto y recibir asistencia religiosa de su propia confesión; conmemorar sus festividades,…”. O que el art. 2.2 de la misma ley recoge el derecho de “las Iglesias […] a divulgar y propagar su propio credo”. Pero no consigue ver uno cómo puede resultar un derecho individual lo que no es más que una forma de propaganda de una entidad colectiva. También tenemos derecho a participar en asociaciones, partidos políticos, ONGs,… y a ninguno de ellos se les permite utilizar megáfonos ni campanas para anunciar sus reuniones.

Establece, en cualquier caso, la propia ley como única limitación, entre otros, “la salvaguarda de la seguridad, de la salud y de la moralidad pública”. En este sentido, muchos nos preguntamos si el uso de campanas no infringe las diversas normativas municipales sobre ruidos (aunque la de mi ciudad ni siquiera contempla las campanas como emisoras de ruidos) y contribuye a la contaminación acústica en nuestras ciudades. Según parece, hay poca jurisprudencia al respecto y las pocas sentencias existentes se limitan a reconocer el problema y a recomendar que se ajuste el nivel sonoro a límites legales, pero en ningún caso imponen el silencio de las campanas.

Así pues, el uso de campanas supongo que entra en la misma categoría de ruidos gratuitos que nos toca soportar por vivir en una ciudad que el griterío de nuestros vecinos porque un equipo de fútbol ha ganado una competición o que el estruendo de cláxones porque alguien se casa y quiere anunciarlo al mundo. Y a los que tenemos que sufrir los campaneos (yo estuve sufriéndolos los siete años que viví pegado a una iglesia) sólo nos queda, como en esas otras situaciones, este derecho al pataleo.

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