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Cada cosa a su tiempo

Una de las primeras cosas que aprende un padre novato es que no todos los niños se desarrollan al mismo ritmo. Sobre todo cuando tiene que lidiar con las constantes comparaciones de abuelos, vecinos y familiares: que si mi niño con su edad ya andaba, que el mío ya hablaba,… Como si los seres humanos fuésemos robots con programas prediseñados que se activan al llegar a cierta edad. Cuando lo cierto es que cada niño es un mundo: unos andan cuando otros todavía están gateando, otros empiezan a balbucear sus primeras palabras cuando otros ni siquiera dicen mamá y, más adelante, a unos se les dará mejor dibujar mientras que otros serán unos hachas en matemáticas, a unos les encantará el fútbol y otros no podrán ni verlo. No estamos programados, no somos todos iguales, no seguimos patrones estandarizados.

Pero no sólo ocurre esto en la infancia. En la vida adulta ocurre exactamente igual. Si al llegar a cierta edad no se está emparejado, se nos dice eso de que se nos va a pasar el arroz, si se tiene pareja siempre habrá una madre o una abuela que pregunte para cuándo la boda, si se está casado, para cuando los hijos, si se tiene hijos para cuando la parejita. Todo el mundo tiene que cumplir los mismos patrones. Cuando, en realidad, no es así. Hay quien aprueba todo a la primera y hay quien hasta la veintena no empieza a asimilar los conocimientos. Hay quien no ve el momento de cumplir los dieciocho para sacarse el carné de conducir y hay quien se lo saca a los treinta. Hay quien con cuarenta ha tenido varias parejas sentimentales y hay quien, con la misma edad, descubre el amor por vez primera. Hay quien es madre a los quince y quien lo es a los cuarenta. No somos máquinas para cumplir el mismo patrón. No llevamos un programa instalado que se activa al llegar a cierta edad.

La sociedad, en cambio, nos exige justo lo contrario. Algunas tendencias pedagógicas actuales, por ejemplo, como la pedagogía Montessori, empiezan a reclamar algo similar en el ámbito de la infancia: que cada niño tiene su ritmo y hay que respetar esos ritmos y tratar de adaptarse a ellos. Pero es justamente eso lo que nunca ha hecho la escuela pública: se hacen exámenes estandarizados, se exigen los mismos conocimientos y destrezas a todos los niños, se pretende que todo el mundo siga el mismo patrón en los mismos tiempos. Da igual si unos niños van más adelantados que otros, da igual si a algunos se les da mejor unas asignaturas que otras. A todos se les exige por igual.

Pero no sólo a los niños. La sociedad nos va marcando todos los ritmos: los horarios que debemos seguir, las horas a las que tenemos que ver la tele, la edad a la que debemos casarnos y tener hijos y qué hacer cuando nos jubilemos. Hay una edad para estudiar, una edad para divertirse y disfrutar, una edad para trabajar y una edad para retirarse. Y, como siempre, no parece contemplarse a quien no sigue los ritmos de la mayoría. Ciertamente, es útil para organizarnos todos pero no todos nos ajustamos a los mismos ritmos. Algunos necesitamos más tiempo para según qué cosas.

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Tú eres roja, tú eres gualda

En estos días de independentismo y fiesta nacional, en estos días de enfrentamientos entre senyeras, esteladas y rojigualdas, en estos días de patriotismo exacerbado, las banderas se han multiplicado por doquier. Nunca se habían visto tantos balcones bicolores (desde mi ventana puedo contar hasta siete enseñas, incluida la andaluza), nunca habíamos visto a tanta gente dándose golpes en el pecho y “sintiendo los colores”, nunca habíamos escuchado tanto a Manolo Escobar.

Pero, no hay nada como echar la vista atrás y repasar un poco nuestro historia para comprender algunas cosas. La bandera, como todas las banderas que en el mundo han sido, originariamente no representaba a la nación, que eso es cosa del siglo XIX, sino a la casa del rey. En términos de Juegos de Tronos, las banderas eran “los estandartes de cada casa”. Y la casa Borbón era representada con el escudo real en fondo blanco (sustituyendo, así, a la bandera de la casa de Austria, representada con la cruz de Borgoña también en fondo blanco). Pero, como eso producía confusiones en el mar, ya que los Borbones reinaban no sólo en España, sino también en Francia y en otros países, y no eran los únicos que utilizaban una enseña blanca, los militares de entonces se encontraban con el problema de que no tenían forma de saber si el barco que avistaban era amigo o enemigo hasta que no lo tenían encima. Así pues, el rey Carlos III encargó a su ministro de Marina que le presentase varios modelos de banderas que fuesen visibles en el mar. Y el ministro convocó un concurso, eligió doce bocetos que presentó al monarca y, de entre ellos, el rey eligió dos, modificándolos, uno para la Marina de Guerra (la rojigualda) y otro para la Marina Mercante, tal como quedaría recogido en un Real Decreto del 28 de mayo de 1785. Años después, concretamente en 1843, sería la reina Isabel II quien declararía la rojigualda como bandera nacional. [Recomiendo mucho echarle un vistazo a las fuentes indicadas más abajo donde el lector puede encontrar todos los detalles mucho mejor explicados de lo que yo puedo hacerlo aquí, además de los bocetos en cuestión. Especialmente interesante, a mí entender, por lo exhaustiva, es la página del Instituto de Historia y Cultura Militar].

Así pues, el diseño en tres franjas, la del centro mayor que las otras dos, no responde a ninguna razón de ninguna índole, ni tiene nada que ver con la senyera, aunque se le parezca. Sólo responde a la decisión del rey, al que le pareció más visible en el mar esa disposición y no otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera tipo nórdico, como la danesa, la noruega o la finlandesa? Pues podríamos, si así lo hubiese decidido el rey, porque ese modelo estaba incluido entre los bocetos. ¿Por qué los colores rojo y amarillo? Aunque entre los doce bocetos predominaban esos dos colores, supongo que porque siempre han sido distintivos de Castilla y León, también había blancos o azules o verdes. Según parece, el rey se decantó por esos dos por la simple razón de su visibilidad en el mar y no por ninguna otra. ¿Podríamos haber tenido una bandera rojialba o gualdiverde? Pues podríamos, si el rey hubiese considerado esos colores más visibles en el mar.

En conclusión, entiendo que más de 230 años y, sobre todo, 40 años de dictadura nacionalcatólica, con la bandera por doquier, pesan en la memoria colectiva y son un peso muy difícil de obviar. Entiendo que si uno ha sido educado desde niño en la identificación con unos colores concretos, eso queda impregnado en el sentir popular. Pero eso no siempre ha sido así, como vemos. A los españoles no siempre nos ha vibrado el corazón con el rojo y el amarillo. Un español del siglo XVI, por ejemplo, un orgulloso hijo del Imperio Español, no hubiese sentido más exaltación patriótica ante una bandera rojigualda que un español de hoy ante un paño blanco con la cruz de Borgoña. En fin, uno esperaría que la elección de estos colores y este diseño tuviese hondas raíces históricas que justificasen la exaltación de sentimientos o el ardor patriótico. Pero, comprender que, detrás, sólo hay una elección caprichosa de un rey para una finalidad práctica, resulta decepcionante. Y no es el único caso: ocurre con la bandera andaluza, creada por Blas Infante allá por 1918, o, más recientemente, la de la Comunidad de Madrid, creada por el equipo de Joaquín Leguina en 1983.

Así pues, mira uno los balcones abanderados en rojo y amarillo y no deja de plantearse cuán fácil resulta dirigir desde las altas instancias nuestros sentimientos nacionales. Si mañana, en uno de esos vientos de la historia y la política, se organizase otro concurso para elegir bandera, ¿con qué colores vestiríamos nuestros balcones?

Fuentes:

Wikipedia, Marca EspañaTodo a babor, BallesterismoLas provinciasInstituto de Historia y Cultura Militar del Ejército de Tierra.

Individualistas de hoy

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Fuente: Pixabay.

En tiempos de nuestros abuelos era habitual que las familias tuviesen más de diez hijos. En tiempos de nuestros padres, en cambio, la familia se redujo a dos o tres, como mucho cuatro. Hoy día es difícil ver a familias con más de tres hijos, siendo dos o uno lo más habitual. De hecho, ya no son raros los matrimonios que dicen no desear tener hijos, que les basta con ellos dos. Y no sólo eso, se extiende lo que ya se empieza a denominar “niñofobia“: el desprecio de los adultos por la niñez en forma de monólogos simpáticos o celebraciones de bodas que no admiten niños o restaurantes u hoteles donde los niños no son bien recibidos,… Lo cual lleva a esos adultos a centrarse más en sí mismos, en viajar, culturizarse, ir al cine y al teatro; en definitiva, en hacer todas esas cosas que muchos padres no pueden. Eso que ahora empiezan a llamar, así en plan guay, yoísmo y siempre se ha llamado egoísmo: preocuparse más por sí mismo y menos por los demás.

Los que sí tienen hijos, por otro lado, ya no les ponen nombres corrientes. Antes, la costumbre marcaba poner al hijo el nombre del padre o de alguien de la familia, llenando el árbol familiar de Manolos, Antonios o Marías. Los más religiosos, en cambio, escogían para sus hijos el nombre del santo del día, con lo que se corría el riesgo de llamar al hijo Apapucio o algo peor. Hoy día, en cambio, se busca la originalidad y se recurre a lo exótico o, directamente, a la imaginación para llenar el país de Unais, Yerays o Sheilas. La idea es que el niño destaque sobre los demás, que no tenga un nombre corriente como su padre o su abuelo. Frente al respeto a la tradición o al legado familiar, se prima la individualidad, ya desde el momento del nacimiento.

Y qué decir de nuestros vecinos. Hoy vivimos en bloques de vivienda, o en casas unifamiliares, lo mismo da, donde apenas conocemos a nuestros vecinos de rellano. Salimos y entramos, nos damos si acaso los buenos días, si los damos, y poco más. Ni el nombre de quién comparte nuestro tabique conocemos, muchísimo menos sus circunstancias vitales. Siempre hay excepciones, claro, pero en un bloque donde vivan 20 familias tal vez conozcas al vecino de tu mismo rellano pero poco más. La proliferación de ascensores en nuestro país tampoco facilita el trato vecinal: nos metemos en el ascensor y podemos subir hasta nuestra casa sin cruzarnos con ningún vecino. Aquellas relaciones vecinales de los patios de vecinos, más estrechas que nuestras relaciones familiares, hace mucho que se acabaron, al menos en las grandes ciudades.

En cuanto al ocio, cada día contamos con más cachivaches. Antes fue el walkman; nos decían nuestros padres que íbamos sordos por el mundo y que nos iba a pasar algo por la calle. Ahora son los móviles o las consolas: caminamos con la vista gacha, sin observar a nuestro alrededor si vamos a comernos una farola o a pisarle un callo al primero que pasa. Por no hablar de esos seres humanos que comparten una misma habitación ensimismados cada uno en su pantalla. El nuevo cacharro de moda son las gafas de realidad virtual, donde no sólo tenemos la posibilidad de aislarnos del mundo a nuestro alrededor, sino, sobre todo, de sumergirnos en una realidad inventada, supuestamente mejor que la que nos rodea.

A todo esto se unen las famosas redes sociales. Vivimos en un mundo de postureo, como se dice ahora. Todo el mundo publica fotos de sus viajes, de la última fiesta en la que ha estado, de lo que va a comer o del último peinado que se ha hecho. Y comenta dónde se va de vacaciones, con quién sale o qué va a estudiar el próximo curso. Nos gusta la exhibición pública, nos gusta sentirnos importantes, nos gusta hacernos los famosos y, si no tenemos paparazis que nos persigan, hacemos de fotógrafos de nosotros mismos. Y nos apuntamos a todos los retos absurdos: el del cubo de agua, el del maniquí, el del suelo de lava, el de la botella en pie,… El último, el del culo al aire o el de hacerse fotos desnudos, insinuando más que enseñando. En fin, todo aquello que nos engrandezca el ego y nos ayude a mirarnos mejor el ombligo.

¿Somos cada vez más individualistas? Sin duda alguna. Pero no es ésta una tendencia reciente: llevamos siglo y medio andando este camino, perfeccionándolo. Y, según parece, es la progresiva desaparición de los trabajos manuales que nos trajo la revolución industrial en favor de los trabajos de oficina, unido a la incorporación de la mujer al mercado laboral y a la mejora en las condiciones sanitarias y la educación lo que está llevando a la humanidad a este camino donde el individuo es más importante que el grupo. El mundo laboral moderno, donde hoy se trabaja en una empresa y la semana que viene en otra, donde hoy ejercemos una ocupación y dentro de un mes otra diferente, está llevando a que la gente no mantenga vínculos duraderos con sus compañeros y a un continuo reciclaje del individuo. Nos encontramos, así, en un mundo donde el individualismo, el ser diferente a los demás, es un valor en sí mismo. Supongo que en nuestra cultura mediterránea será difícil que lleguemos, por este camino, a una sociedad alienada como algunos nos describen en otras latitudes, donde el Estado se ocupe de todos los problemas de sus ciudadanos y éstos no necesiten ni amigos ni familiares para tener una vida autosuficiente, pero no sería descartable.

Ahora bien, en mi opinión la cuestión no es que cada vez seamos más individualistas. Qué duda cabe que lo somos. La cuestión, más bien, es quién está interesado en que lo seamos. Porque no creo que este individualismo en el que nos hayamos felizmente inmersos sea casual, sino más bien dirigido por nuestras clases gobernantes y empresariales, bien beneficiadas del mismo. Porque, mientras el individuo sea más importante que el grupo, no hay revoluciones a la vista. Mientras andamos inmersos en la vorágine laboral, saltando de empleo en empleo y tratando de engordar el currículum, nos tragamos inmensas ruedas de molino, grandes como ellas solas. Mientras estamos publicando fotos de nuestro gato, que sale monísimo en todas las imágenes, no nos estamos organizando para una huelga. Mientras nos miramos al espejo ejerciendo el postureo en las redes sociales, dejamos que nos recorten derechos sin pedir explicaciones. Mientras esperamos ansiosos que salga el nuevo cachivache muchísimo mejor, dónde va a parar, que el que ya tenemos y que nos costó un pastizal, ni le buscamos las cosquillas a nuestros queridos corruptos. Y así nos va, claro.

La Barcelona de mi memoria

En septiembre de 2013 visité Barcelona. Fui con mi mujer y ambos guardamos muy agradables recuerdos de la que, para nosotros, siempre será la ciudad del amor. Descubrimos en aquel entonces una ciudad fantástica, con mil sitios que visitar y llenísima de gente.

La principal pega que encontramos fueron los precios exorbitados, no tanto de la comida como, sobre todo, de las bebidas, y eso que no somos de tomar alcohol. También, en cierto modo, nos sorprendió la cantidad enorme de gente por todas partes. Cuando uno viene de una ciudad pequeña como El Puerto se siente siempre un poco apabullado cuando visita Madrid o Barcelona y se ve envuelto en esos ríos enormes de gente deambulando de aquí para allá un día laborable cualquiera. Sobre todo, porque tanta gente junta en El Puerto sólo la vemos en verano un día festivo en el centro. En Barcelona, en cambio, nos encontramos con rusos, ingleses, italianos, hispanoamericanos,… y también, claro, catalanes. Y aunque iba uno pegando el oído para escuchar in situ un poco del idioma local, no hubo forma. Mis ganas de oír catalán quedaron reducidas a la megafonía del metro y a la TV3.

Lo que más me sorprendió de la ciudad y más valoramos fueron sus gentes. En ningún momento notamos crispación en las calles, ni nos sentimos rechazados por no ser catalanes o no hablar el idioma. Desde el primer día comprendimos que aquello era más cosa de los políticos que de la gente corriente. Es cierto que nos movimos más por lugares turísticos y en ellos nos sorprendía la facilidad con la que se pasaba a atender al cliente en español, en inglés o en otros idiomas. También nos gustó la tranquilidad en las calles. Pese a pasear en días laborables, no encontramos las prisas, la exasperación de conductores o el ajetreo que sí hemos encontrado en Madrid, por ejemplo, o, a veces, en mi propia ciudad, cada vez más ajetreada. Nos maravillaba lo cuidado que estaban los edificios. Mientras que en mi ciudad encontramos pintadas cochambrosas en edificios históricos que se caen a pedazos, allí vimos, sí, pintadas en puertas de garaje o en casetas de luz, pero no en edificios, todos bien cuidados, ni en los suelos modernistas de cualquier avenida, ni en monumentos. Y aunque allí mismo nos advirtieron que tuviéramos cuidado en el metro, no nos fuesen a robar, algo que, afortunadamente, no llegamos a conocer, nos sorprendió la amabilidad de la gente: no te bufan si, como pueblerino sin metro que eres, ocupas en demasía la escalera mecánica, alucinas viendo a un chaval disculparse por tropezarse con brusquedad con un anciano, no encuentras a gente pidiendo por los vagones,…

En definitiva, Barcelona nos pareció una ciudad muy atractiva no sólo para ir de visita, sino también para quedarse a vivir en ella. Es por eso que este choque de trenes, esta cerrazón de unos y otros de estos días produce mucha tristeza. Pensar que la próxima vez que visite Barcelona si quisiese enseñársela a mi hijo, tendría que ser con el pasaporte en la mano, hacerse uno a la idea de que no sería recibido como un compatriota, sino como un guiri más, como muchos de los que llenan el Parque Güell o el Paseo Marítimo, entristece. Mucho, mucho.

Ni un pájaro, ni un avión

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Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Навоев Николай 

Echando la vista atrás, parece incleíble que llevemos ya más de 80 años de superhéroes. Desde The Phantom (1936), Superman (1938) o Batman (1939) pasando por la Antorcha Humana (1940), Flash (1940), Linterna Verde (1940), la Mujer Maravilla (1941), el Capitán América (1941), Los cuatro fantásticos (1961), Hulk (1962), Thor (1962), Spider-Man (1962), X-Men (1963), Daredevil (1964) o Watchmen (1986) hasta los más modernos Spawn (1992) o The Maxx (1993). Y, en cine, casi 40, desde Superman (1978), hasta Batman (1989), X-Men (2002), Spiderman (2002) y los siguientes.

Como la propia palabra indica, el héroe es alguien que se distingue por sus elevados valores morales: espíritu de sacrificio, ayuda desinteresada a los demás, lucha contra las injusticias,… Unos valores y una puesta en práctica de los mismos que le hacen diferente a los demás y le convierten en modelo de imitación. Pero nuestro protagonista no es un héroe cualquiera, porque esas mismas cualidades podríamos encontrarlas en muchas personas a nuestro alrededor, sino un superhéroe porque posee poderes y capacidades sobrehumanas que siempre pone al servicio de la humanidad.

Pero estas dos mismas características son, precisamente, las que convierten, en mi opinión, al superhéroe clásico en un producto vacío. Y me explico. En casi todas las historietas, el héroe, cuando descubre o se hace consciente de sus superpoderes, se dedica a ayudar a ancianitas, impedir robos o sacar a inocentes de incendios. Pero, como eso no da mucho de sí, pronto surge un supervillano con superpoderes casi tan devastadores como los del protagonista para poder representar, así, una lucha sin cuartel entre el bien y el mal. Y a eso se reducen casi todas las historietas clásicas de superhéroes: el protagonista (casi en todos los casos un hombre blanco estadounidense) lucha denodadamente contra un enemigo tan surrealista e imposible como él y la humanidad queda a salvo gracias a su labor.

Pero, a pesar de todos esos poderes sobrehumanos, a pesar de capacidades tan extraordinarias como fuerza hercúlea, rayos x, poder volar al espacio y volver,… en ningún momento los superhéroes de cómic se plantean enfrentarse a los verdaderos enemigos de la humanidad. A ninguno parecen preocuparle las guerras que desangran parte del planeta y sus instigadores, ni el tráfico de armas o de seres humanos, ni la corrupción política, ni los delitos de guante blanco, ni las dictaduras, ni el hambre, ni los desequilibrios sociales, ni los derechos civiles, ni la contaminación del medio ambiente,… Ante los auténticos problemas de la humanidad, los superhéroes se limitan a concentrar todos sus superpoderes en salvar ancianitas, sofocar incendios y enfrentarse a un malvado tan imposible como él.

Está claro que los superhéroes de cómics son un producto pensado para distraer a los jóvenes estadounidenses (¿acaso algún superhéroe conoce más mundo que el que se encierra en las fronteras de Estados Unidos?) y que éstos no se cuestionen demasiado el sistema. Porque preocuparse por todo lo anterior supondría hacer a los chavales pensar en cómo las empresas intervienen en la contaminación mundial, en cómo los Estados Unidos tienen mucho que ver en el comercio de armas o en la caída o ascenso de muchos regímenes o en la perpetuación de muchas guerras, en cómo los derechos civiles se han pisoteado y se siguen pisoteando,… El superhéroe es un producto para conformarse con el sistema, para que los empollones tímidos de este mundo sueñen con la idea de convertirse algún día en un Spiderman cualquiera, igual que el ciudadano medio estadounidense imagina que el sueño americano se hará realidad el día menos pensado. Y se detiene al malvado ladrón que roba bancos pero no al empresario con cuentas en paraísos fiscales y se salva a inocentes de incendios pero no se paralizan empresas que contaminan y se salva a ancianitas pero no se impiden guerras. Y se lucha contra malvados inverosímiles porque emplear los superpoderes contra los verdaderos enemigos de la humanidad podría hacer a muchos chavales repensarse el mundo en el que viven.

Algo se muere en el alma… 

La banda sonora de mi infancia y adolescencia está compuesta, entre otras, por el cante hondo que le gustaba escuchar a mi padre y las coplas de carnaval y, sobre todo, las sevillanas que le encantaban a mi madre. Aún recuerdo cuando, llegada la primavera, ponía la radio a la hora casi de comer y escuchaba las últimas sevillanas que se estrenaban entonces.

Pero es éste un género que se está muriendo. El de las sevillanas, digo. En aquellos dorados años 1980 había mil grupos y todos sacaban disco nuevo cada año. El Pali, La CanasteraLos Marismeños, Los romeros de la Puebla, Amigos de Gines, Cantores de Híspalis, Ecos del Rocío, Requiebros, Salmarina (en mi opinión, el mejor grupo de sevillanas, con diferencia), María del Monte, Las Carlotas, El Mani,… Y nos dejaron canciones emblemáticas que forman parte ya de nuestra memoria musical, no sólo dentro de Andalucía: Sevillanas del adiós, de Amigos de Gines, Sueña la margarita, de Amigos de Gines, Soy del Sur, de Ecos del Rocío, la Salve rociera, de Manuel Pareja Obregón, Pasa la vida, de Albahaca, Viva mi Andalucía, de los Romeros de la Puebla, Historia de una amapola, de Los Marismeños, Todo termina en la vida, de Los romeros de la Puebla, Mírala cara a cara, de Requiebros, Soy libre, de Salmarina, A bailar, a bailar, de Cantores de Híspalis, Cántame, de María del Monte,…

De eso casi nada queda ya. Muy pocos discos de sevillanas se estrenan ya cada año, si acaso discos recopilatorios, lo que significa que es un género que ya no se renueva. De hecho, en las ferias de los últimos años, uno observa que muchas casetas ya ni siquiera ponen sevillanas, un género que siempre se ha identificado con la caseta de feria: ponen rumbas, salsa o regetón directamente. Y en las casetas en las que se escuchan sevillanas suelen ser las clásicas, las mismas que yo escuchaba en los años 1980, en las primeras ferias en Las Banderas. Tampoco se ve ese bullicio de parejas o grupos bailando como se veía antes. Sigue habiendo gente que baila, sí, pero en muchas casetas el tablao que aún se sigue poniendo está más de adorno que otra cosa. O, directamente, bailan salsa o cualquier música de moda.

En definitiva, como decía, el de las sevillanas es un género que se está muriendo poco a poco. Por mucho que la televisión pública andaluza intente rescatarlo como ya hiciera con otro género definitivamente difunto, la copla. Quien sabe qué se oirá y se bailará en las ferias de nuestros hijos pero, al paso que vamos, seguramente sevillanas no.

No sin mi móvil

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Fuente: Pexels.

Consultamos el correo en los descansos del trabajo. Miramos el Facebook mientras esperamos el tren o el metro. Actualizamos Twitter o Instagram cuando estamos con nuestros amigos. Enviamos WhatsApps, navegamos por internet, consultamos las noticias, buscamos una dirección en Google Maps, leemos, consultamos Wikipedia, hacemos fotos, editamos video, oímos música, usamos la calculadora,  la agenda, la lista de tareas, la lista de la compra,…  y hasta llamamos por teléfono. Todo lo hacemos hoy con el móvil.

Se habla ya de dependencia del mismo. Hoy no concebimos realizar ciertas actividades que antes hacíamos sin tecnología sin recurrir al móvil: preguntábamos una dirección a cualquiera en la calle, apuntábamos los mandados en un papel cualquiera, calculábamos mentalmente o con un lápiz y una servilleta. Y hay actividades que nunca se nos hubiesen pasado por la cabeza si no existiesen los móviles: disfrutábamos de salidas con amigos sin tener que hacer fotos a cada momento; no necesitábamos compartir con nadie qué hacíamos o con quién lo hacíamos; no teníamos que estar en contacto con todo el mundo a cada minuto.

Pero, ¿quién está detrás de esta dependencia? ¿quiénes nos han creado estas nuevas necesidades vitales del hombre moderno? Pues está bastante claro. En primer lugar, las empresas tecnológicas. Sólo hay que echarle un vistazo a los precios de los smartphones de última generación. Somos capaces de gastarnos en simples aparatitos que se nos pueden caer o arañar o que nos pueden robar cantidades que no nos gastaríamos en un buen filetón. Y la industria lo sabe y juega con nosotros a hacernos creer que, si no tenemos ese cacharro que acaban de sacar y que tiene las mismas pijerías que ya tenía el modelo anterior pero un poco más molonas, somos unos donnadies. Y en eso estamos, en parecer más molones que nuestros vecinos dejándonos un pastizal por el camino y engordando la cuenta de las grandes tecnológicas.

Las compañías telefónicas son otra pata de esta gran mesa. Nos ofrecen ofertas mil peleando por conseguir clientes. Una compañía que hoy no ofrezca conexión de datos no le merece la pena a nadie. Queremos poder ver vídeos, en la mejor definición posible, y compartir fotos y escuchar música y ver nuestras series favoritas,… y poder disfrutar del partido como si estuviésemos en el salón de casa, aunque estemos en el campo o la playa. O nos crean la necesidad de hacer todo esto. Porque, a fin de cuentas, todo esto es tráfico de datos o, lo que es lo mismo, dinero para las compañías telefónicas. Y les interesa que seas un adicto a todo esto, cuanto más dependas de ello, mayor será su cuenta de resultados.

El tercer eslabón de la cadena son las aplicaciones. Hoy podemos hacer casi de todo con un móvil: desde fotos a la lista de la compra, desde contarle un chiste a tu madre a controlar nuestros gastos, desde consultar el estracto de nuestro banco a jugar al tetris. Y todo eso significa que necesitamos una aplicación para cada una de esas actividades. Y nuevamente esto significa que alguien hace caja. Cierto que antes no necesitábamos tener todo esto al alcance del bolsillo y nos apañábamos con cualquier cosa pero ahora nadie, mucho menos, las generaciones jóvenes, concibe la vida sin aplicaciones móviles, sobre todo redes sociales. Y, así, alguien puede hacer negocios, a veces demasiado suculentos.

En cuarto lugar, quienes más interesados están en que tengas un aparatito en la mano son quienes hacen negocio con el tráfico de datos. Cada día, casi sin darnos cuenta o sin que nos importe demasiado, compartimos una cantidad enorme de información: a través de redes sociales, en las búsquedas que hacemos por internet, con el uso de las diversas aplicaciones,… Hoy día, cualquier empresa puede conocernos mejor que si nos hubiese parido. De hecho, podría decirse que siempre que nos ofrezcan algo “gratis” (sacrosanta palabra de la publicidad actual, vaciada ya de contenido), detrás habrá una caza de datos personales de cualquier tipo: las fotos de la boda de tu hermano, la tienda donde estuviste hace dos días, la cita que tienes con el médico, el regalo de cumpleaños que estás buscando para tu mujer,… Y ese conocimiento les sirve para negociar y ganar pasta. Todo es dinero, al fin y al cabo. Así que imagina lo interesada que está la industria en que no abandones esa dependencia de tu querido aparato.

Finalmente, y relacionado con lo anterior, están los gobiernos. Como un Gran Hermano cualquiera pueden espiar nuestros movimientos a través de nuestros móviles y televisiones, como si de una película de espías se tratase. Y aunque lo revelado por Wikileaks no fuese cierto, no parece descabellado que los gobiernos pudiesen desarrollar sistemas similares, contando para ello con nuestra cacareada dependencia de estos aparatitos y nuestra habitual despreocupación por la seguridad. Nadie como nosotros mismos para ofrecer nuestros datos voluntariamente a quienes lo necesiten.

Así pues, cuando te preguntes si eres adicto al móvil la respuesta será seguramente que sí. Pero quizá sería más interesante que te preguntes, más bien, a quién beneficia que lo seas. Antes de que Steve Jobs sacase su famosísimo smartphone, tampoco se hablaba tanto de dependencia de nuestros teléfonos.

El embrujo del ganchillo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

El retorno de los charlatanes

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Siglos Curiosos

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Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

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Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

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Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

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