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Vamos a contar mentiras, tralará.

Árbol de navidad

Autor: Gerd Altmann. Fuente: Pixabay

Contamos a nuestros hijos cuentos de hadas, de piratas, de duendes y trasgos, de brujas, de fantasmas, los llevamos a ver películas de superhéroes, de dragones, de naves espaciales,… Y está bien. Sirven para que los niños desarrollen su imaginación, inventen sus propias historias, vivan fantasías. Pero luego, como buenos padres, les explicamos que no existen, que son personajes de ficción divertidos pero que no se van a encontrar a un ogro o a un muerto viviente debajo de la cama o en el armario. En fin, les explicamos que no son reales para que desarrollen su espíritu crítico, para que aprendan a diferenciar realidad de ficción, para que no se traguen cualquier cuento que les echen.

Pero llega Navidad y hacemos un paréntesis. Todos los personajes fantásticos son irreales pero, en cambio, cuando se trata de Papá Noel o de los Reyes Magos dejamos nuestra labor educativa a un lado. Porque no sólo no les decimos a los niños que son personajes de ficción, sino que, al contrario que con cualquier otro personaje ficticio, hacemos todo lo posible para convencerlos de que son reales. Y tratamos por todos los medios de que nadie vaya a irse de la lengua (¡ay esas abuelas despistadas!) y les hacemos escribir una carta y les pedimos que pongan galletas y leche para sus majestades de Oriente. Y no sólo los padres, la sociedad al completo se vuelca en mantener la misma ficción. El municipio distribuye por la ciudad carteros reales para que los niños lleven sus cartas, en cada centro comercial hay un ayudante de Santa Claus o un elfo, las figuras del gordito bonachón o de los tres magos están distribuidas por doquier, montamos toda una cabalgata para pasmo de los pequeños, hay mil películas que explican cómo se lo monta Papá Noel para llegar a tantas casas en una sola noche. Es decir, no sólo nos inventamos unos personajes y tratamos de convencer al niño de que esos personajes existen, sino que, además, hacemos cabriolas para que acepte y asimile esa invención cuando descubra el pastel. Ante tal despliegue de medios, al niño, indefenso, no le queda otra que aceptar que algunos seres fantásticos, al fin y al cabo, sí existen después de todo.

¿Y todo por qué? ¿A cuento de qué hacemos un paréntesis en nuestra labor educativa y contribuimos a mantener en nuestros hijos esta ficción? ¿Para qué les contamos una fantasía y luego hacemos todas las cabriolas narrativas habidas y por haber para mantener esa historia durante el mayor tiempo posible cuando el niño nos venga con mil y una preguntas a cada cual más capciosa? ¿Tan poderosos son la industria juguetera y los centros comerciales? ¿Merece la pena suspender por unos días nuestras convicciones como padres para que las empresas que viven de Papá Noel y los Reyes Magos sigan engordando sus cuentas de resultados? Socavamos nuestra credibilidad como padres, hacemos malabarismos para mantener durante unos años una historia que no hay por donde cogerla, coaccionamos al niño con la permanente amenaza de unos seres mágicos que le vigilan. Y todo, para qué. ¿Para que las multinacionales del ocio sigan sacando beneficios? 

¿Tan difícil es contarle al niño que es una noche para compartir regalos? ¿Realmente se necesita a un personaje mágico para que el niño viva la magia de los regalos? ¿Contarle que un extraño, con la aquiescencia de los padres, se va a colar en casa en mitad de la noche es mejor que contarle que los regalos, como todo en su vida (alimentos, ropa, juguetes, medicinas,…), los trae papá y mamá?

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Sobre navidades modernas

El próximo día 25 celebraremos Navidad. Y llenaremos nuestras casas de adornos y de árboles con luces y de regalos. Los sectores más conservadores y la Iglesia Católica no dejan de lanzarnos advertencias: que si nos estamos dejando llevar por el consumismo, que nos estamos alejando de una celebración auténticamente cristiana y deberíamos volver a los orígenes,… Haciendo memoria, en mi entorno más cercano, no recuerdo que ninguna Navidad, desde mi más tierna infancia (y ya voy camino del medio siglo), fuese cristiana en sentido religioso: nunca hemos ido a la misa del gallo, ni prestado demasiada atención al Papa y sus mensajes, ni compartido rezos u oraciones en que se recuerde el hecho religioso del nacimiento de Jesús. Más bien, al contrario, como muchas otras familias, siempre la hemos vivido como una fiesta para reencontrarnos con la familia: nos hemos reunido para comer, nos hemos hecho regalos, nos hemos reencontrado con los que vuelven a casa por Navidad.

Volviendo al hecho religioso, supuestamente celebramos el nacimiento de Jesús en este día. Pero, ¿realmente nació Jesús el día de Navidad? La Iglesia primitiva de los primeros siglos de nuestra era, antes de aceptar la fecha pagana del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús, no lo tenía nada claro y celebraba la fiesta en fechas muy variadas: el 6 de enero o el 25 de marzo o el 28 de marzo o el 19 de abril o el 20 de mayo o el 17 de noviembre; casi todas, pues, en primavera. Pero, no será hasta el año 354, mediante decreto del papa Liberio, que la Iglesia adopte oficialmente la fecha del 25 de diciembre como fecha oficial del nacimiento de Jesús.

Como es sabido, el 25 de diciembre se celebraba, en la antigua fiesta pagana de las saturnales, la fiesta del sol invicto. Durante siete días, del 17 al 23 de diciembre, a la luz de velas y antorchas, se celebraba el final de la oscuridad y el nacimiento del Sol invicto, coincidiendo con la entrada del Sol en el signo de Capricornio (solsticio de Invierno) el día 25, en unas celebraciones en honor de Saturno, dios de la agricultura. Eran días de bulliciosas diversiones, banquetes e intercambios de regalos. En época del nacimiento del cristianismo, el 25 de diciembre se celebraba, además, el nacimiento del dios Mitra. El cristianismo naciente, que competía por entonces con el mitraísmo y con el paganismo en general, para no perder fieles, aceptó tal fiesta, adaptándola como la del nacimiento de Jesús, de forma que las celebraciones por el nacimiento del Sol siguieron celebrándose convertidas en celebraciones por el nacimiento de Jesús.

Como decíamos, las Saturnales eran unas fiestas en las que se decoraban las casas con plantas y se encendían velas para celebrar la nueva venida de la luz. Además, se compartían regalos con amigos y familiares. Por otro lado, los judíos (los primeros cristianos seguidores de Jesús eran judíos, con costumbres y tradiciones judías) celebraban -y celebran aún, claro- en esas fechas la Janucá o Fiesta de las Luces, fiesta que, durante ocho días, conmemoraba la derrota de los helenos y la recuperación de la indepencia judía a manos de los macabeos. Esta fiesta solía celebrarse alrededor del 22 de diciembre y en ella era costumbre reunirse con familiares y amigos para encender la januquiá y también intercambiar regalos. Los niños jugaban con un tipo de perinola y solía tomarse alimentos especiales para estos días. En definitiva, tanto en el mundo romano como en el judío, se realizaban celebraciones del solsticio de invierno en unas fechas en que han acabado las faenas agrícolas, cuando el sol “muere” simbólicamente y vuelve a renacer de nuevo con días más largos a partir de estas fechas. Y se hacía más o menos como hoy: reuniéndose en familia, compartiendo regalos, tomando dulces típicos, adornando la casa y encendiendo luces.

Así pues, quizá no es que hoy día estemos pervirtiendo el significado de la fiesta religiosa, sino, tal vez, es que estamos volviendo a los orígenes: celebramos que el Sol deja de tener menos horas durante el día y vuelve a renacer de nuevo. Que el ciclo vital se mantiene. Y lo celebramos con derroches de luz, compartiendo cenas y regalos en familia y reuniéndonos de nuevo a pesar de las distancias geográficas o emocionales. Quizá viene a ser lo único importante.

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