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Evitando, que es gerundio

Se calcula que entre el 0,5% y el 1% de la población mundial padece de trastorno evitativo de la personalidad o TPE. Eso quiere decir que entre 37 millones y medio y 75 millones de personas a nivel mundial o entre 466.000 y 233.000 a nivel nacional comparten este problema. Y, en una ciudad mediana como la mía, por ejemplo, entre 440 y 880 personas sufrirán esta afección de carácter.

La Organización Mundial de la Salud, en su Clasificación Internacional de Enfermedades o CIE10 (décima versión), clasifica el «Trastorno ansioso (con conducta de evitación) de la personalidad» (código F60.6) entre los trastornos de la personalidad y del comportamiento del adulto. Pero no están muy claras, a veces, las diferencias con las fobias sociales (F40.1) o con la timidez. Se puede establecer, en cualquier caso, una gradación, una escala como la de un termómetro. En el cero de ese termómetro estaría la timidez, avanzando en la escala encontraríamos la fobia o ansiedad social, en sus diversas variedades, y, finalmente, en el 100 de la escala tendríamos el TPE. O, dicho de otra forma, estos rasgos forman parte de un continuum y el TPE podría considerarse como una forma muy acentuada de ansiedad social generalizada. Las personas con TPE, en definitiva, suelen ser personas tímidas, introvertidas, y suelen manifestar altísimos grados de ansiedad social.

Pero, ¿qué es el TPE? Pues el CIE10 lo define como:

Es un trastorno de personalidad caracterizado por sentimientos de temor, inseguridad e inferioridad. Existe un continuo deseo de agradar y ser aceptado, hipersensibilidad a la crítica y al rechazo, con restricción de las relaciones personales y tendencia a evitar determinadas actividades mediante la exageración de los potenciales riesgos y peligros de las situaciones cotidianas. 

Al tiempo que define los trastornos de personalidad como:

Son alteraciones severas de la personalidad y de las tendencias comportamentales del individuo, que no son consecuencia directa de una enfermedad, daño o alguna otra alteración del cerebro, o de una enfermedad psiquiátrica. Normalmente abarcan diversas áreas de la personalidad y casi siempre van asociadas con tensión subjetiva y dificultades de adaptación social. Suelen estar presentes desde la infancia o la adolescencia y persisten en la vida adulta.

Es decir, se trata de alguien que, desde su infancia, ha aprendido a evitar las situaciones sociales por la sencilla razón de que éstas le producen ansiedad y esa ansiedad viene motivada por su extrema sensibilidad a la crítica y al rechazo, producto de un exacerbado sentimiento de inferioridad y falta de confianza en sí mismo.

Y cómo se traduce todo esto en la vida diaria de alguien afectado por este problema. Pues, básicamente, en una vida más limitada que la del resto de las personas de su edad.

Para empezar, son jueces implacables de sí mismos. Mientras que con los demás pueden ser benevolentes y las dificultades, inherentes al caracter, para decir NO hace que ofrezcan siempre el beneficio de la duda para todos o dejen pasar los errores de los otros para no molestar o no caer mal, son, en cambio, tremedamente exigentes consigo mismos y no se dejan pasar una. Ellos mismos son las únicas personas a las que insultan, menosprecian o infravaloran, mientras que no lo hacen tan duramente con los demás. Todo ello lleva consigo una constante falta de autoestima, raíz última de todas sus inseguridades e indecisiones.

A consecuencia de esto, se evitan todo tipo de interacciones sociales: invitaciones a fiestas, a cenas de empresa o, simplemente, a tomar una cerveza al salir del trabajo causan auténtico pavor por no saber desenvolverse en un ambiente en el que se considera un pez fuera del agua, por no saber de qué hablar y encontrarse torpe y poco desenvuelto,… Y no es que prefiera no ir o que se encuentre más a gusto consigo mismo. Alguien con TPE está deseando participar de todos esos actos sociales y ser uno más pero es tanta la ansiedad que prefiere no participar a tener que enfrentarse a la misma. Lamentablemente, al cabo de los años esta estrategia le lleva a comprender que ha perdido muchas de las experiencias que cualquier persona de su edad ha vivido con creces: barbacoas, salidas nocturnas, noches de marcha, excursiones, ferias, conciertos, acontecimientos festivos varios,… Experiencias que puede contar con los dedos de una mano,  si puede contarlas, mientras a los demás les faltarán manos para hacer lo propio.

Esto conlleva que el círculo de amistades de una persona con TPE sea reducido a niveles ridículos: la familia más cercana y, si acaso, algún amigo. Lo cual, a su vez, conlleva altísimas dosis de sufrimiento y que la imagen de sí mismo también se vea empañada. Y si difícil resulta hacer amistades, cuánto más relacionarse afectivamente. Las personas con TPE suelen ser personas solitarias y sin pareja. Si en la relación con otras personas se teme la posible valoración negativa de los demás, en una situación de seducción, donde se supone que se tiene que resultar atractivo a la persona de su interés, cuando eso no se lo cree ni él mismo, ese temor se multiplica al infinito y más allá. Y la frustración que produce la falta de atrevimiento o el desinterés de la otra persona agudiza aún más si cabe la baja autoestima. Es ésta la razón de que se tarde tantísimo en tener pareja o no se llegue a tener nunca.

A nivel laboral, la poca autoestima también afecta negativamente. Aunque los demás tal vez vean al afectado como a una persona competente y valiosa, es él mismo quien no se lo cree. Eso le lleva a conformarse con puestos de inferior categoría o a no luchar por conseguir el puesto que realmente querría o a no desarrollar una carrera profesional o a aceptar a regañadientes o, directamente, rechazar puestos de mayor responsabilidad. Y el que nadie lo entienda, porque es difícil entender, hace que se sienta tan raro como siempre.

La buena noticia es que, con la edad, los síntomas van remitiendo. Es decir, es un trastorno devastador en la adolescencia y juventud, muy limitativo para la persona hasta extremos que sólo un afectado puede comprender, pero no tan tremendo en la adultez. Quizá es que uno empieza a aceptarse como es o que, a ciertas edades, hay cosas que ya no importan tanto. Se sigue padeciendo el problema, porque los comportamientos aprendidos y asumidos desde la infancia son díficiles de cambiar, pero ya no se le da tanta importancia a según qué cosas. Aunque otras sigan siendo tan dolorosas como siempre.

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Vamos a contar mentiras, tralará.

Árbol de navidad

Autor: Gerd Altmann. Fuente: Pixabay

Contamos a nuestros hijos cuentos de hadas, de piratas, de duendes y trasgos, de brujas, de fantasmas, los llevamos a ver películas de superhéroes, de dragones, de naves espaciales,… Y está bien. Sirven para que los niños desarrollen su imaginación, inventen sus propias historias, vivan fantasías. Pero luego, como buenos padres, les explicamos que no existen, que son personajes de ficción divertidos pero que no se van a encontrar a un ogro o a un muerto viviente debajo de la cama o en el armario. En fin, les explicamos que no son reales para que desarrollen su espíritu crítico, para que aprendan a diferenciar realidad de ficción, para que no se traguen cualquier cuento que les echen.

Pero llega Navidad y hacemos un paréntesis. Todos los personajes fantásticos son irreales pero, en cambio, cuando se trata de Papá Noel o de los Reyes Magos dejamos nuestra labor educativa a un lado. Porque no sólo no les decimos a los niños que son personajes de ficción, sino que, al contrario que con cualquier otro personaje ficticio, hacemos todo lo posible para convencerlos de que son reales. Y tratamos por todos los medios de que nadie vaya a irse de la lengua (¡ay esas abuelas despistadas!) y les hacemos escribir una carta y les pedimos que pongan galletas y leche para sus majestades de Oriente. Y no sólo los padres, la sociedad al completo se vuelca en mantener la misma ficción. El municipio distribuye por la ciudad carteros reales para que los niños lleven sus cartas, en cada centro comercial hay un ayudante de Santa Claus o un elfo, las figuras del gordito bonachón o de los tres magos están distribuidas por doquier, montamos toda una cabalgata para pasmo de los pequeños, hay mil películas que explican cómo se lo monta Papá Noel para llegar a tantas casas en una sola noche. Es decir, no sólo nos inventamos unos personajes y tratamos de convencer al niño de que esos personajes existen, sino que, además, hacemos cabriolas para que acepte y asimile esa invención cuando descubra el pastel. Ante tal despliegue de medios, al niño, indefenso, no le queda otra que aceptar que algunos seres fantásticos, al fin y al cabo, sí existen después de todo.

¿Y todo por qué? ¿A cuento de qué hacemos un paréntesis en nuestra labor educativa y contribuimos a mantener en nuestros hijos esta ficción? ¿Para qué les contamos una fantasía y luego hacemos todas las cabriolas narrativas habidas y por haber para mantener esa historia durante el mayor tiempo posible cuando el niño nos venga con mil y una preguntas a cada cual más capciosa? ¿Tan poderosos son la industria juguetera y los centros comerciales? ¿Merece la pena suspender por unos días nuestras convicciones como padres para que las empresas que viven de Papá Noel y los Reyes Magos sigan engordando sus cuentas de resultados? Socavamos nuestra credibilidad como padres, hacemos malabarismos para mantener durante unos años una historia que no hay por donde cogerla, coaccionamos al niño con la permanente amenaza de unos seres mágicos que le vigilan. Y todo, para qué. ¿Para que las multinacionales del ocio sigan sacando beneficios? 

¿Tan difícil es contarle al niño que es una noche para compartir regalos? ¿Realmente se necesita a un personaje mágico para que el niño viva la magia de los regalos? ¿Contarle que un extraño, con la aquiescencia de los padres, se va a colar en casa en mitad de la noche es mejor que contarle que los regalos, como todo en su vida (alimentos, ropa, juguetes, medicinas,…), los trae papá y mamá?

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