La Macarena y los marines

Según parece, se cumplen 20 años ya de ese éxito patrio cruzafronteras, La Macarena, de Los del Río. Todos recordamos su letra pagadiza y su ritmo machacón y todos en algún momento la hemos cantado o bailado.

Pero, sin desmerecer el mérito de los dos hermanos sevillanos, sabido es que la canción no es original de ellos. Siguiendo la tradición española de grupos de música cómica que después seguirían otros como La charanga del tío HonorioNo me pises que llevo chanclas, Puturrufú de fuá o Zapato veloz, allá por los años 1970 sonaba el grupo Desmadre 75, famosos por su conocida canción Saca el güisqui cheli. Entre sus éxitos, otra canción no tan conocida, Tengo una pena.

No hay más que oír sus compases para saber en quienes y en qué se inspiraron los hermanos sevillanos para su famosísima canción. Y, por si no queda claro, aquí una comparativa que elaboraron en su momento los de la revista El Jueves.

Pero, llendo un poco más lejos, ¿y si ambas canciones no fuesen más que una versión de una conocida canción infantil, Trabajando en las minas del pan duro? Canción que recuerdo  como telón de fondo de mi infancia.

Tal como explican Blas Fernández y Ángel Munárriz ésta sería, a su vez, la versión infantil de Semper fidelis, del compositor norteamericano John Philip Sousa, conocida marcha militar de los marines estadounidenses que data de 1888.

O más exactamente, en mi opinión, de la marcha típica para acompañar los ejercicios a paso ligero. 

Así pues, irónicamente, cuando los Clinton bailaron la famosa canción española no estarían más que bailando una versión paródica de una conocida marcha militar de su ejército. Quizá eso explicaría que la canción alcanzase el éxito internacional que alcanzó.

Actualización: 25 de febrero de 2017.

El trabajo nace con la persona

En estos días, no sé por qué será, no dejo de tararear la famosa canción de Raphael La canción del trabajo.

Así que, indagando un poco en sus antecedentes, me entero de que fue una adaptación realizada por Manuel Alejandro para Raphael allá por el 1966 de una canción ska que el grupo Cannoball Adderley sacó seis años antes, The Work Song, y que, como todos los ritmos jazzísticos, no suena nada mal.

La canción ha sido versionada en diversas ocasiones. Entre otras, por Nina Simone en el mismo año en que Raphael sacaba su versión.

Curiosa la diferencia en las letras de ambas canciones: una protesta de clase obrera la de Simone, una crítica social la de Raphael.

Buscando esta información me he acordado también del inicio de la película Joe contra el volcán, una versión de Eric Burdon del clásico de los 50 de Tennessee Ernie Ford, Sixteen tons, otra canción con letra reivindicativa.

Y, para acabar, os dejo un clásico del humor psicodélico patrio Es una lata el trabajar, que tampoco se aleja mucho del tema.

Y ahora a volver al duro trabajo, como siempre.

Sobre navidades modernas

El próximo día 25 celebraremos Navidad. Y llenaremos nuestras casas de adornos y de árboles con luces y de regalos. Los sectores más conservadores y la Iglesia Católica no dejan de lanzarnos advertencias: que si nos estamos dejando llevar por el consumismo, que nos estamos alejando de una celebración auténticamente cristiana y deberíamos volver a los orígenes,… Haciendo memoria, en mi entorno más cercano, no recuerdo que ninguna Navidad, desde mi más tierna infancia (y ya voy camino del medio siglo), fuese cristiana en sentido religioso: nunca hemos ido a la misa del gallo, ni prestado demasiada atención al Papa y sus mensajes, ni compartido rezos u oraciones en que se recuerde el hecho religioso del nacimiento de Jesús. Más bien, al contrario, como muchas otras familias, siempre la hemos vivido como una fiesta para reencontrarnos con la familia: nos hemos reunido para comer, nos hemos hecho regalos, nos hemos reencontrado con los que vuelven a casa por Navidad.

Volviendo al hecho religioso, supuestamente celebramos el nacimiento de Jesús en este día. Pero, ¿realmente nació Jesús el día de Navidad? La Iglesia primitiva de los primeros siglos de nuestra era, antes de aceptar la fecha pagana del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús, no lo tenía nada claro y celebraba la fiesta en fechas muy variadas: el 6 de enero o el 25 de marzo o el 28 de marzo o el 19 de abril o el 20 de mayo o el 17 de noviembre; casi todas, pues, en primavera. Pero, no será hasta el año 354, mediante decreto del papa Liberio, que la Iglesia adopte oficialmente la fecha del 25 de diciembre como fecha oficial del nacimiento de Jesús.

Como es sabido, el 25 de diciembre se celebraba, en la antigua fiesta pagana de las saturnales, la fiesta del sol invicto. Durante siete días, del 17 al 23 de diciembre, a la luz de velas y antorchas, se celebraba el final de la oscuridad y el nacimiento del Sol invicto, coincidiendo con la entrada del Sol en el signo de Capricornio (solsticio de Invierno) el día 25, en unas celebraciones en honor de Saturno, dios de la agricultura. Eran días de bulliciosas diversiones, banquetes e intercambios de regalos. En época del nacimiento del cristianismo, el 25 de diciembre se celebraba, además, el nacimiento del dios Mitra. El cristianismo naciente, que competía por entonces con el mitraísmo y con el paganismo en general, para no perder fieles, aceptó tal fiesta, adaptándola como la del nacimiento de Jesús, de forma que las celebraciones por el nacimiento del Sol siguieron celebrándose convertidas en celebraciones por el nacimiento de Jesús.

Como decíamos, las Saturnales eran unas fiestas en las que se decoraban las casas con plantas y se encendían velas para celebrar la nueva venida de la luz. Además, se compartían regalos con amigos y familiares. Por otro lado, los judíos (los primeros cristianos seguidores de Jesús eran judíos, con costumbres y tradiciones judías) celebraban -y celebran aún, claro- en esas fechas la Janucá o Fiesta de las Luces, fiesta que, durante ocho días, conmemoraba la derrota de los helenos y la recuperación de la indepencia judía a manos de los macabeos. Esta fiesta solía celebrarse alrededor del 22 de diciembre y en ella era costumbre reunirse con familiares y amigos para encender la januquiá y también intercambiar regalos. Los niños jugaban con un tipo de perinola y solía tomarse alimentos especiales para estos días. En definitiva, tanto en el mundo romano como en el judío, se realizaban celebraciones del solsticio de invierno en unas fechas en que han acabado las faenas agrícolas, cuando el sol “muere” simbólicamente y vuelve a renacer de nuevo con días más largos a partir de estas fechas. Y se hacía más o menos como hoy: reuniéndose en familia, compartiendo regalos, tomando dulces típicos, adornando la casa y encendiendo luces.

Así pues, quizá no es que hoy día estemos pervirtiendo el significado de la fiesta religiosa, sino, tal vez, es que estamos volviendo a los orígenes: celebramos que el Sol deja de tener menos horas durante el día y vuelve a renacer de nuevo. Que el ciclo vital se mantiene. Y lo celebramos con derroches de luz, compartiendo cenas y regalos en familia y reuniéndonos de nuevo a pesar de las distancias geográficas o emocionales. Quizá viene a ser lo único importante.

¿Pez o pescado?

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Plato de pescado frito variado. Autor: Tamorlan. Wikimedia Commons.

En el ámbito de la ciencia los seres vivos se clasifican atendiendo exclusivamente a sus características físicas, que son las que determinan que hablemos de aves o de mamíferos, de felinos o de primates, por poner por caso. En el habla, en cambio, son múltiples las clasificaciones que se pueden realizar, atendiendo no sólo al aspecto físico sino a cualquier otra circunstancia, puesto que solemos clasificar a los seres vivos en función de su relación con el ser humano. Una de esas posibles clasificaciones es la que manifiesta la dicotomía animal vivo / animal muerto y listo para comer. No es una distinción muy habitual en nuestra lengua, pero sí en la lengua inglesa, que cuenta con una amplia variedad de términos para referirse a animales comestibles. Así, tenemos cow / beef, “vaca”, calf / veal, “ternera”, pig / pork, “cerdo”, sheep / mutton, “oveja”, hen o chicken / poultry, “gallo o gallina”, deer / venison, “ciervo o venado”, snail / escargot, “caracol”, dove / pigeon, “paloma, pichón”. En todos los casos, el primer término se usa para referirse al animal vivo, mientras que el segundo se utiliza para hacer referencia al animal sacrificado y listo para comer o bien a la carne de ese animal. Es decir, en función de la situación del animal, se utilizará un término u otro para referirnos al mismo ser vivo.

Como suele ser habitual en estos casos, esta distinción tiene razones históricas. Así, los términos que hacen referencia al animal vivo proceden de la lengua de los sajones, mientras que los que hacen referencia al animal muerto o guisado proceden del francés de sus dominadores normandos. En aquellos tiempos, los sajones, que no podían permitirse comer carne pero, en cambio, sí estaban en contacto con los animales de donde procedía esa carne, bien cuidándolos, bien cazándolos o recolectándolos, se referían a ellos en su lengua sajona. En cambio, cuando esos mismos animales, ya sacrificados, pasaban a las mesas de los nobles normandos, éstos los denominaban en su lengua francesa. De ahí que esta doble denominación haya pasado al inglés de nuestros días (Para una lista completa de dobles términos anglosajones / normandos puede consultarse la Wikipedia).

En nuestra lengua, en cambio, esta dicotomía sólo está presente en un par de palabras que designa no a un animal concreto, sino a un conjunto de animales: pez / pescado. El primer término designa al animal vivo en su medio acuático, ya sea éste natural (mar, río, lago) o artificial (fuente, acuario, pecera). Se utiliza, pues, en contextos en los que hacemos referencia a un animal vivo, como podemos apreciar en frases como “El submarinista divisó un banco de peces”, “El biólogo ha descubierto una nueva especie de pez” o “Los niños rescataron al pez en la orilla y lo devolvieron al mar”. También es el término a utilizar para referirnos al nombre propio de una especie concreta, aunque se utilice en contextos de animal muerto; así, decimos “Hoy he comido pez espada” y no *”Hoy he comido pescado espada”. En cambio, cuando nos referimos al animal capturado o cocinado, fiel a su origen etimologico, utilizamos el segundo término. Así, en frases como “Ese atunero lleva la bodega llena de pescado”, “Este restaurante tiene una muy buena carta de pescado” o “Vino al sur a comer pescaíto frito”. La línea divisoria, claro está, no siempre es totalmente clara y, así, podemos decir “Ha pescado un pez enorme” porque, aunque ya capturado, el animal aún está vivo. Pero, aún así, por mucho que nos empeñemos, no podemos ver “pescaítos” en una pecera o una fuente porque aún siguen vivos y coleando.

Ésta, en definitiva, y no otra es la razón de que, en ámbitos culinarios, se utilicen unos términos y no otros para referirnos al mismo animal o grupo de animales.

El término soltero y los nuevos modelos de pareja

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Tarta de boda. Pexels

El campo semántico del estado civil siempre ha estado compuesto por muy pocos términos: soltero, “aquel que no está casado”; casado, “aquel que ha contraído matrimonio”; y viudo, “aquel que ha perdido a su cónyuge por fallecimiento y no se ha vuelto a casar”. En los últimos tiempos, a estos términos se han unido separado, “aquel que rompe la vida en común con su cónyuge, manteniendo el vinculo matrimonial” y divorciado, “aquel que ha disuelto, mediante sentencia, su vínculo matrimonial, con cese efectivo de la convivencia conyugal”. Como vemos, todos los términos giran alrededor de un foco común: el enlace matrimonial, sea éste civil o religioso. Así, si se produce o no ese enlace o éste se rompe de alguna manera una vez realizado, utilizaremos un término u otro. Esto es así porque, en el ámbito administrativo, de donde procede este campo, es ese vínculo matrimonial el que determina el acceso a ciertos derechos: su presencia puede dar lugar a beneficios fiscales o a autorizaciones de residencia, por ejemplo, mientras que su pérdida puede dar derecho a pensiones o a otros beneficios.

Hoy, en cambio, han surgido nuevas formas de relaciones: hay quien convive sin estar casado, hay quien formaliza únicamente una unión de hecho, hay quien prefiere no casarse pero mantener parejas esporádicas,… Todo esto ha llevado a que, en el habla, se traslade el foco de atención desde el acto formal del matrimonio a la relación afectiva que se tenga con la pareja. Es decir, en el habla no resulta tan importante ese acto formal como la relación afectiva en sí.

El problema de esto es que no hay palabras nuevas para expresar estas nuevas relaciones. Quien convive con alguien sin estar casado, por ejemplo, es soltero, pero resulta raro en esa situación definirse como tal. Precisamente, esta palabra es la primera que está sufriendo un proceso de cambio de significación. Hoy día soltero ya no es sólo quien no está casado, sino muchas veces quien no tiene pareja. No es raro oír hoy, sobre todo en boca de jóvenes, frases como “lo he dejado con mi novio y vuelvo a estar soltera” o “después de dos años soltero me apetece volver a tener pareja” o toparse con títulos de película como Mejor… solteras, que trata de traducir el original inglés How to Be Single, queriendo decir “mejor sin pareja”.

Y que duda cabe que el inglés ha influido mucho en el cambio de significación de esta palabra. El inglés single -que procede del adjetivo plural latino singuli, singulae, singula, que significaba “solo, único, aislado” y que ha dado términos en español como singular– significa “soltero” pero también “que no tiene relación afectiva”, de modo que la frase a single man puede traducirse tanto como “un hombre soltero, no casado”, como también como “un hombre sin pareja afectiva”. En español, además, el término single, como tantos otros anglicismos, se ha introducido ya en nuestra lengua, con un marchamo, además, de prestigio: suele definir un estilo de vida, el de quien ha decidido mantener su soltería en aras de una mayor libertad y autonomía. Una modernización, por decirlo así, del clásico solterón de toda la vida que ya se va perdiendo. Y es, tal vez, en este sentido en el que empieza a utilizarse el término inglés en nuestra lengua, influyendo así en el español soltero.

Como decía, no existe, en cambio, terminos nuevos para relaciones nuevas. ¿Cómo llamar al que vive en pareja sin estar casado? ¿Emparejado?, ¿ennoviado?, ¿arrejuntado, como dicen los castizos? No parece que estos términos tengan mucha acogida. ¿Y a los que se inscriben como parejas de hecho sin estar casados?… Los que tienen pareja con la intención de casarse, hace tiempo que ya tienen término, prometidos, ese concepto que en España se usa poco pero que las películas estadounidenses nos hacen aceptar como habitual. En cambio, al menos entre gente joven, se utiliza poco el de divorciado, separado o incluso viudo; se prefiere el de soltero en expresiones como “Mi madre vuelve a estar soltera después de divorciarse de mi padre” o “Desde que murió su marido está viviendo una segunda soltería”.

En definitiva, es el término soltero el que se está adaptando a los tiempos, acogiendo signifcados nuevos que antes no tenía y absorviendo otros significados, en espera de que lleguen nuevos términos para las nuevas relaciones.

Fuentes:

RAE, Your Dictionary, Wikcionario.

¿Y si nuestras democracias fuesen más griegas?

Hace unos meses me pasaron el vídeo de Why Maps titulado #WHYDEMOCRACY, del cual recomiendo mucho su visionado, tanto su cara A, como, sobre todo, su cara B y que incluyo aquí por su importancia.

Se preguntaba el autor sobre el origen de nuestras democracias y los gobiernos representativos y pensé que no sería mala idea trasladar el modelo de la democracia ateniense a nuestros tiempos. Pero, claro, este modelo era relativamente fácil de implementar en una ciudad-estado donde sólo votaban los hombres libres y era más factible que todos participaran en la asamblea. Pero en nuestras sociedades actuales sería bastante complejo que toda la población con derecho a voto de un pais participase en el Parlamento. Entonces me topé con este artículo: al parecer, algunos estudios serios avalan la idea de que introducir el azar en la elección de parlamentarios mejoraría el sistema. Y caí, entonces, en la cuenta de que el quid de la cuestión sería introducir ese mecanismo griego de la elección al azar en la representación política.

Así pues, me pregunto desde entonces: ¿qué pasaría si los 350 diputados que conforman el Congreso, en lugar de ser elegidos por sufragio universal directo, fuesen elegidos por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se eligiesen al azar utilizando los mismos criterios de selección que hoy se utiliza para elegir miembros de una mesa electoral (art. 26.2 de la LOREG), manteniendo las mismas circunscripciones electorales? Pues se me ocurre que se acabarían los dilemas de listas abiertas o cerradas de partidos, ya que dejaríamos de elegir a diputados porque sí, porque vienen en la lista del partido de nuestra elección; nos olvidaríamos de la famosa Ley d’Hondt y sus desajustes; desaparecerían también los políticos profesionales que pasan una legislatura tras otra en su escaño; se acabarían las disciplinas de votos y los castigos a diputados díscolos como los que hemos visto recientemente; el parlamentario no estaría sujeto a la disciplina de un partido, respondería, más bien, ante la asamblea, no ante los superiores de su partido a la espera de un ascenso en forma de cargo. A cambio, la gente se vería implicada realmente en la política; su participación en la misma no se limitaría a ejercer el voto cada cuatro años, sino a vivir en persona su ejercicio, tal vez durante menos tiempo (la propuesta de siete meses, por ejemplo, me parece razonable).

¿Y qué pasaría si los cargos públicos, desde Jefe del Estado a Presidente del Gobierno, pasando por Ministros o Secretarios de Estado, se eligiesen también por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se estableciesen unos requisitos de obligatorio cumplimiento, específicos para cada uno de los cargos (un ministro de sanidad debería proceder del mundo científico, por ejemplo), si cada candidato que los cumpliese sometiese su candidatura al escrutinio del Congreso y si, de entre los cinco más votados, se escogiese al azar un candidato, cuyo cargo estaría en manos del Parlamento, que podría revocarlo en cualquier momento? ¿Y qué pasaría si el mismo sistema se extiendese no sólo a la política nacional, sino también a la autonómica y la local y, por qué no, a la europea? A los griegos, que disponían hasta de una máquina para ello, el Kleroterion, no les fue mal durante más de 200 años; no creo que en nuestros tiempos informáticos fuese díficil diseñar un sistema de elección, limpio e independiente, más efectivo que el griego.

¿Qué conllevaría todo esto? Pues, para empezar, no valdría como candidato un Mariano Rajoy o un Donald Trump cualesquiera, sino alguien que reuniera las más adecuadas condiciones. Por otro lado, se acabarían los largos procesos electorales: la pegada de carteles, los mítines que sólo sirven para arengar a los convencidos, el reparto interminable de propaganda electoral para llenar las papeleras, los debates estériles, las jornadas de reflexión,… Y, sobre todo, el gasto que todo eso implica. Se acabarían también los programas electorales impresos en papel mojado y las promesas sin cuento a ver quien da más. Por otro lado, la elección al azar de cargos haría que su selección se prestara menos a injerencias de grupos de presión como las que señalaba hace unos días Pedro Sánchez en Salvados. Se acabarían también situaciones bochornosas como las que hemos vivido de permanecer casi un año con un gobierno en funciones. Las votaciones, como hemos visto en nuestra reciente investidura al último sprint, no estarían decididas de antemano en un paripé de votación cuyo resultado todos conocíamos. Los ministerios y secretarías, finalmente, serían ocupados por personas capacitadas para el cargo, elegidas por el Parlamento, no por la decisión partidista y arbitraria de un presidente que reparte cuotas de poder a su antojo. Y, desde luego, un gobierno al azar que dependiera de la valoración de un Parlamento de ciudadanos elegidos por sorteo no se atrevería a tomar decisiones contra la ciudadanía como los recortes que hemos vivido y seguiremos viviendo en educación, sanidad o derechos.

Claro está, todo esto implicaría, si no la desaparición de los partidos políticos, sí su conversión en simples organizaciones ciudadanas sin más poder que cualquier otra asociación de personas. Esto, quizá, haría más complicado el trabajo en el Parlamento, puesto que no habría grupos organizados y cada cual tendría voz y voto para proponer y decidir. Pero, a cambio, la elección al azar sin intervención partidista evitaría tramas como la de la Gürtel y similares. Sería más difícil volver a ver la corrupción deambulando como Pedro por su casa en según qué sitios.

Obviamente, todo esto no es más que un ejercicio de política-ficción. Pero, cuando descubres que existen organizaciones que están pidiendo esto mismo, la elección de los parlamentarios por sorteo al azar entre los ciudadanos con derecho a voto, empiezas a pensar que quizá no sería tan descabellado plantear un cambio de sistema en este sentido.

Mi recomendación de hoy: calles del Puerto

jleiva_callesLEIVA SÁNCHEZ, Juan, El Puerto de Santa María a través de sus gentes, sus calles, sus tierras, sus playas, El Puerto de Santa María, J. Leiva, 2010.

Un titulo demasiado extenso, en mi opinión, pero que describe bastante bien el contenido de una obra que puede ayudar al portuense a conocer mejor su ciudad o al visitante a acercarse a ella desde otro punto de vista.

Básicamente, es un recorrido alfabético por el callejero del Puerto. Es una obra muy útil para conocer el origen o la historia de muchas calles, descubrir los diversos nombres que han tenido a lo largo de su historia y conocer anécdotas sobre las mismas. Para llevarte agradables sorpresas como saber que quien da nombre a la calle donde viví de niño llegó a ser virrey de Méjico o malas jugadas como descubrir que la calle donde viví durante 16 años y donde aún viven mis padres rindió homenaje al dictador durante los 40 años de dictadura. Pero, además de eso, siendo fiel a su titulo, hace una remembranza de las diversas personalidades que han dado nombre a calles portuenses o de las ilustres personas que han nacido o vivido en ellas.

En definitiva, una completísima obra muy recomendable para quien tenga curiosidad por conocer mejor la ciudad.

El embrujo del ganchillo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

El retorno de los charlatanes

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Siglos Curiosos

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Strambotic

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

La pizarra de Yuri

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Wardog y El Mundo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Gente del Puerto

Habitantes de El Puerto de Santa María

Librillo de Ramón Buenaventura

Ocurrencias y blablás diversos

miBrujula.com

todo lo que se cuece en la red

Oink! | navegando por ti desde principios de siglo |

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Yorokobu

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Fritipiti

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Siliconeando

Bitácora sobre manualidades de Carmen Rodríguez