Aquellas ferias del Puerto 

Nunca fui muy feriante que digamos pero, en estos días pasados de feria, me estuve preguntando por la historia de nuestra fiesta local por excelencia.

Según parece, un Privilegio Real de Alfonso X El Sabio concedió a la ciudad, ya en 1281, la celebración de dos ferias de ganado al año. Así pues, desde el siglo XIII en adelante se fueron celebrando ferias de ganado en la ciudad de forma regular durante el mes de septiembre. Eran ferias comerciales, sin mucho ambiente festivo, donde se compraban y vendían todo tipo de ganado: caballos, vacas, mulos,… A finales del siglo XIX este comercio había decaído mucho y, de hecho, en 1916 se celebra la última feria de ganado en la ciudad.

Pasada la Guerra Incivil y lo más duro de la posguerra, el alcalde de entonces, Ignacio Osborne, decide recuperar la feria de ganado pero con un tono más festivo. La idea es competir con las cercanas ferias de Sevilla y la de la vendimia en Jerez y, al mismo tiempo, levantar el ánimo de la gente. Surge así la Feria de Primavera, tal como hoy la conocemos, pues pasa a ubicarse en esa época del año, justo en medio de las ferias antes mencionadas. Había contado con dos precedentes previos: unas ferias de ganado celebradas en el Coto de La Isleta en septiembre de 1943 y 1944 (¿tal vez, también en 1942?). Asi pues, el 17 de enero de 1945, por acuerdo municipal, se aprueba la Feria de Primavera, con esa denominación oficial, celebrándose ésta del 22 al 26 de abril. Mi padre tenía, entonces, unos meses de vida y mi madre acababa de nacer.

La feria se celebraba en dos partes y dos recintos distintos. Durante el día, la feria del ganado propiamente dicha. Se celebraba en unos terrenos en frente de lo que hoy es el Centro Comercial El Paseo, con una gran portada de obra que daba acceso al recinto. La gente acudía en coche de caballo, a pie o como podía; era como una romería. Las pocas casetas que había no tenían instalaciones para servir comidas, así que la gente se llevaba sus tarteras con lo que los andaluces en general y los portuenses en particular siempre hemos llevado para estos menesteres: tortillas de patatas, pimientos fritos, filetes empanados,… y vino fino, claro. A la hora de la comida se extendían mantelitos allí mismo, en la hierba, y toda la familia se tumbaba alrededor a disfrutar de las viandas. El recinto también contaba con atracciones propias de feria: coches de choque, el tren de los escobazos, el carro de las patás, la noria, el laberinto de cristal, los espejos de la risa,… Había trileros, floristas, fotógrafos,… Casi todos los niños de la época tienen una foto montando en un caballito que al efecto había instalado en el real; mi madre y sus hermanas, por ejemplo.

Por la noche, de vuelta a casa, se podía disfrutar de la Velada de la Victoria, en el parque del mismo nombre. Ésta era más parecida a la feria actual: espectáculo de alumbrado de feria, paseos románticos, bailes,… A un lado del parque, se construyó una caseta de obra, El Cortijo, que servía como caseta municipal de feria. Años más tarde, cuando se construyó la caseta municipal en el recinto de Las Banderas (construcción en la que participó mi padre como albañil), en recuerdo de aquella caseta, se reprodujo su fachada, que actualmente sigue usándose.

Con el paso de los años, la feria de ganado obstaculizaba la circulación de vehículos en la carretera para Jerez en esos días de feria. Así pues, se decidió el traslado de la misma a la zona de Crevillet, cerca de la desembocadura del Guadalete, junto a la playa de La Puntilla, la playa más popular del Puerto. Acontecimiento que se produce el 7 de mayo de 1966. Tenían mis padres veintipocos años. Aunque seguía habiendo exhibiciones de animales, la feria perdió el aire ganadero que siempre había tenido y adquirió un aire urbano y, sobre todo, marinero. Es en esta época cuando empiezan a desarrollarse las casetas al estilo típico del Puerto. Ya la gente no acudía cargada con sus tarteras de comida pero necesitaban algún sitio para comer; los que tenían la suerte de vivir cerca, lo harían en sus propias casas, pero el resto de la ciudad no tenía esos medios. Surge, así, la caseta abierta a todo el mundo, algo que caracteriza a la feria del Puerto y la diferencia de la feria sevillana, por ejemplo. Es en estos años cuando surgen casetas emblemáticas de la feria portuense y que hoy acumulan más de 30 años de historia sobre sus lonas: la caseta del Club Náutico, la de la Peña La Charanga, la de la Peña Binomio², la de la Hermandad de la Oración en el Huerto, Helo Libo, la más antigua de la feria y la que innova en modos de hacer que después copian todas las demás (la venta por adelantado de tiques de consumición, por ejemplo). El ayuntamiento colocó la caseta municipial en los terrenos del que había sido balneario portuense y sobre el que, más adelante, construirían un mercado de abastos, hoy sede de la policía local. En cualquier caso, la caseta más emblemática de todas, sin duda, fue Tierra, mar y vino. No sólo como caseta de feria, sino porque el resto del año se mantuvo como lugar de guateques para los jóvenes de los años 1960, donde se dieron a conocer grupos locales de música pop que cantaban canciones de la época y donde los jóvenes de entonces iban a bailar y, si se podía, a ligar. También servían comidas los domingos y hacían eventos: una de mis cuñadas y un tío paterno mío se casaron allí. En mi caso, aunque viví los años finales de esta feria siendo un niño, apenas tengo recuerdos de la misma.

Y llegó un momento en que el lugar se quedó pequeño. La feria provocaba molestias y trastornos a los vecinos de la zona, así que el ayuntamiento decidió trasladarla de ubicación a su sede actual, el recinto de Las Banderas. Corría el año 1981 y yo contaba diez años recién cumplidos. La feria tuvo entonces más espacio para expandirse y organizarse mejor. Desde entonces sólo hubo dos cambios significativos, ambos durante el gobierno de Hernán Diaz: la feria pasó a “apellidarse” del vino fino y, por motivos turísticos, se comenzó a dedicar la feria a otras ciudades. Para mí, los primeros años de esta feria tuvieron un valor especial porque mi padre montó caseta en dos ocasiones consecutivas, acontecimiento que viví con once y doce años. Amigos de Curro Luque se llamaba, en homenaje al malogrado torero, vecino de mi abuela, que no mucho antes había sufrido un aparatoso accidente.

Por lo demás, para todos los que contamos cuarenta años o menos ésta es la única feria que conocemos, es la que forma parte de nuestros recuerdos y nuestras vivencias. Pero no viene mal conocer qué ferias vivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Quién sabe cómo será la de nuestros hijos.

Fuente:

Este artículo no se hubiese escrito sin la valiosísima información de Gente del Puerto, cuya página animo a visitar para una información mucho más amplia y acertada.

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De marinerito para comulgar.

En estos días de comuniones, sorprende encontrar todavía niños vestidos de marinerito. Uno tiende a pensar que eso quedó anclado en su lejana niñez y ahora, tantos años después, se sorprende descubriendo que aún sigan de moda. Pero, ¿por qué un traje de marinero, haga el niño la comunión en un pueblo de costa o de interior? Pues no está nada claro.

Para empezar, es una costumbre típicamente española. En otros lares, los niños visten traje chaqueta o cualquier otra indumentaria. Se han dado múltiples explicaciones simbólicas al origen del uso de este traje: Jesús era pescador de hombres y, por tanto, los niños visten de marinero, aunque no tenga mucho que ver un marinero con un pescador; el niño emprende un viaje iniciático para acercarse a Jesús, un puerto donde estará seguro el resto de sus días, pero entonces no se comprende que las niñas no vistan de marineras; el traje blanco indica pureza, pero lo mismo podría indicarse con un traje chaqueta de ese color; el traje de marinero simboliza el espíritu de lucha contra las tentaciones que deberá mantener el niño a la largo de su vida para mantenerse fiel a Jesus, como si las niñas no tuviesen que vivir esa misma lucha,…

A pesar de estas interpretaciones, parece que la Iglesia Católica no ofrece ninguna indicación concreta para que los niños vistan de marineros o de lo que los padres deseen. Al parecer, la única indicación expresa de la Iglesia a este respecto es que niños y niñas acudan a la ceremonia ataviados de la mejor manera posible. ¿De dónde viene, entonces, esta idea de vestir a los niños de marinerito en su primera comunión?

Según parece, el uniforme usado por todas las Marinas del mundo se remonta a 1728, cuando es adoptado como traje oficial por la Marina inglesa. Durante la revolución francesa se rediseña haciéndose monocolor, todo azul o todo blanco. Hacia 1830 se empieza a usar el pañuelo típico del cuello. A partir de 1890 el traje empieza a extenderse como traje oficial y, a principios del siglo XX, su uso se generaliza en las Marinas de los principales países de Occidente. Pronto, el mismo traje arraiga en la moda infantil o femenina. En 1846, la imagen de Alberto Eduardo, Príncipe de Gales, con cuatro años de edad, ataviado con este tipo de traje extendió la moda de vestir a los niños de marineros. En la década de 1870 el traje de marinerito ya se había convertido en atuendo normal para niños y niñas de todo el mundo. Así, por ejemplo, a principios del siglo XX, el sailor fuku, el traje escolar de marinerita, se extiende como uniforme para niñas en todas las escuelas de Japón.

En cualquier caso, a España la moda empieza a llegar tarde. A finales del XIX empieza a generalizarse la costumbre de estrenar un traje nuevo para la primera comunión. A principios del siglo XX empieza a generalizarse el traje de color blanco y, a partir de la década de 1920, se empiezan a confeccionar trajes específicos de Primera Comunión. A partir de los años 50 se hacen trajes de fantasía, entre los que se impone el de marinerito. Es a partir de esa fecha que empieza a generalizarse su uso como vestido masculino propio para las primeras comuniones. Y así hemos seguido hasta hoy en que, dado nuestro afán por aparentar y ser más que el vecino, los niños visten no ya de marinerito, sino de almirante de la flota si es necesario.

Fuentes:

ABC, Catholic.net, Enciclopedia Católica OnlinePreguntas interesantes, Un gato nipón, WikipediaYumeki Magazine.

No sin mi móvil

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Fuente: Pexels.

Consultamos el correo en los descansos del trabajo. Miramos el Facebook mientras esperamos el tren o el metro. Actualizamos Twitter o Instagram cuando estamos con nuestros amigos. Enviamos WhatsApps, navegamos por internet, consultamos las noticias, buscamos una dirección en Google Maps, leemos, consultamos Wikipedia, hacemos fotos, editamos video, oímos música, usamos la calculadora,  la agenda, la lista de tareas, la lista de la compra,…  y hasta llamamos por teléfono. Todo lo hacemos hoy con el móvil.

Se habla ya de dependencia del mismo. Hoy no concebimos realizar ciertas actividades que antes hacíamos sin tecnología sin recurrir al móvil: preguntábamos una dirección a cualquiera en la calle, apuntábamos los mandados en un papel cualquiera, calculábamos mentalmente o con un lápiz y una servilleta. Y hay actividades que nunca se nos hubiesen pasado por la cabeza si no existiesen los móviles: disfrutábamos de salidas con amigos sin tener que hacer fotos a cada momento; no necesitábamos compartir con nadie qué hacíamos o con quién lo hacíamos; no teníamos que estar en contacto con todo el mundo a cada minuto.

Pero, ¿quién está detrás de esta dependencia? ¿quiénes nos han creado estas nuevas necesidades vitales del hombre moderno? Pues está bastante claro. En primer lugar, las empresas tecnológicas. Sólo hay que echarle un vistazo a los precios de los smartphones de última generación. Somos capaces de gastarnos en simples aparatitos que se nos pueden caer o arañar o que nos pueden robar cantidades que no nos gastaríamos en un buen filetón. Y la industria lo sabe y juega con nosotros a hacernos creer que, si no tenemos ese cacharro que acaban de sacar y que tiene las mismas pijerías que ya tenía el modelo anterior pero un poco más molonas, somos unos donnadies. Y en eso estamos, en parecer más molones que nuestros vecinos dejándonos un pastizal por el camino y engordando la cuenta de las grandes tecnológicas.

Las compañías telefónicas son otra pata de esta gran mesa. Nos ofrecen ofertas mil peleando por conseguir clientes. Una compañía que hoy no ofrezca conexión de datos no le merece la pena a nadie. Queremos poder ver vídeos, en la mejor definición posible, y compartir fotos y escuchar música y ver nuestras series favoritas,… y poder disfrutar del partido como si estuviésemos en el salón de casa, aunque estemos en el campo o la playa. O nos crean la necesidad de hacer todo esto. Porque, a fin de cuentas, todo esto es tráfico de datos o, lo que es lo mismo, dinero para las compañías telefónicas. Y les interesa que seas un adicto a todo esto, cuanto más dependas de ello, mayor será su cuenta de resultados.

El tercer eslabón de la cadena son las aplicaciones. Hoy podemos hacer casi de todo con un móvil: desde fotos a la lista de la compra, desde contarle un chiste a tu madre a controlar nuestros gastos, desde consultar el estracto de nuestro banco a jugar al tetris. Y todo eso significa que necesitamos una aplicación para cada una de esas actividades. Y nuevamente esto significa que alguien hace caja. Cierto que antes no necesitábamos tener todo esto al alcance del bolsillo y nos apañábamos con cualquier cosa pero ahora nadie, mucho menos, las generaciones jóvenes, concibe la vida sin aplicaciones móviles, sobre todo redes sociales. Y, así, alguien puede hacer negocios, a veces demasiado suculentos.

En cuarto lugar, quienes más interesados están en que tengas un aparatito en la mano son quienes hacen negocio con el tráfico de datos. Cada día, casi sin darnos cuenta o sin que nos importe demasiado, compartimos una cantidad enorme de información: a través de redes sociales, en las búsquedas que hacemos por internet, con el uso de las diversas aplicaciones,… Hoy día, cualquier empresa puede conocernos mejor que si nos hubiese parido. De hecho, podría decirse que siempre que nos ofrezcan algo “gratis” (sacrosanta palabra de la publicidad actual, vaciada ya de contenido), detrás habrá una caza de datos personales de cualquier tipo: las fotos de la boda de tu hermano, la tienda donde estuviste hace dos días, la cita que tienes con el médico, el regalo de cumpleaños que estás buscando para tu mujer,… Y ese conocimiento les sirve para negociar y ganar pasta. Todo es dinero, al fin y al cabo. Así que imagina lo interesada que está la industria en que no abandones esa dependencia de tu querido aparato.

Finalmente, y relacionado con lo anterior, están los gobiernos. Como un Gran Hermano cualquiera pueden espiar nuestros movimientos a través de nuestros móviles y televisiones, como si de una película de espías se tratase. Y aunque lo revelado por Wikileaks no fuese cierto, no parece descabellado que los gobiernos pudiesen desarrollar sistemas similares, contando para ello con nuestra cacareada dependencia de estos aparatitos y nuestra habitual despreocupación por la seguridad. Nadie como nosotros mismos para ofrecer nuestros datos voluntariamente a quienes lo necesiten.

Así pues, cuando te preguntes si eres adicto al móvil la respuesta será seguramente que sí. Pero quizá sería más interesante que te preguntes, más bien, a quién beneficia que lo seas. Antes de que Steve Jobs sacase su famosísimo smartphone, tampoco se hablaba tanto de dependencia de nuestros teléfonos.

La ciudad no es para los niños

prohibido

Fuente: encontrada en Facebook

Urbanizaciones cerradas donde no se permite jugar a la pelota, plazas de barrio plagadas de carteles prohibitorios, calles y avenidas donde los niños no pueden jugar, esparcirse, divertirse. Que nuestras ciudades son cada vez más hostiles para los más pequeños es algo cada vez más patente.

Está claro que tenemos cada vez más parques de juego infantiles para que los niños entre tres y ocho años se diviertan. Pero, están enfocados justamente en esas edades. ¿Qué pasa con los menores de tres? Las únicas instalaciones infantiles para esas edades suelen encontrarse en los colegios y en las guarderías, así que toca rascarse el bolsillo. ¿Y qué pasa un domingo por la tarde? Pues que el niño tendrá que jugar en el parque de niños mayores o no jugar. Eso por no hablar del estado en que se encuentran o, mejor dicho, del mal estado: nuestros políticos las inauguran, se hacen la foto de rigor y luego si te he visto no me acuerdo. Al parecer, la palabra mantenimiento no forma parte de sus agendas.

¿Y para los mayores de ocho? Ahí es donde está el negocio. Hoy día los niños de ocho o más años no se divierten en la plaza pública como hacíamos sus padres de niños. No. Para eso el capitalismo moderno ha inventado dos opciones con las que obtener beneficio del ocio infantil y mantener a los padres en el puesto de trabajo: las actividades extraescolares y los videojuegos. Las actividades extraescolares llenan un hueco de esta ajetreada vida moderna: si los padres tienen que echar mil horas para poder llegar a fin de mes con un sueldo ínfimo, en algo tienen que ocupar sus hijos las horas que no le pueden dedicar sus padres. Hoy día los chiquillos van a clases de inglés o de informática, tienen horas de deportes varios, de catequesis, de solfeo,… y un largo etcétera. Y parece que seas mal padre si no apuntas a tu hijo a alguna de ellas. Y, mientras, hay todo tipo de academias, asociaciones o entidades haciendo caja con el ocio infantil y la falta de tiempo de sus padres.

Las actividades deportivas de todo tipo son, en mi opinión, lo más sangrante del asunto. Antes te reunías en la calle, en la plaza pública o en un descampado con otros niños para echar un partido. Echabas la tarde, hacías deporte, te relacionabas con otros niños. Hoy día no hay sitio para hacer eso como no sea en un polideportivo, pagando, obviamente, las correspondientes cuotas. Y, dada la competitividad imperante en nuestras vidas en estos tiempos acelerados, y que ya no parecemos concebir la diversión por pura diversión, termina el niño federado, echando más horas que un profesional y entrenando como si le fuese la vida en ello. Y no sólo eso, sino levantándose al amanacer un sábado para competir en una ciudad cercana o, peor, de otra provincia, obligandose el padre a meterse kilómetros de carretera en el cuerpo y quitarse horas de sueño de encima un sábado de descanso, después de toda una semana trabajando. Y hablo no sólo de niños de ocho años sino también, a veces, de menos. Y todo para que éste socialice y haga ejercicio… como haría si jugase en la plaza al lado de casa con otros niños. Pero como todos creemos que nuestro hijo es un Messi o un Nadal en potencia…

En cuanto a los videojuegos, se trata de otro invento fantástico de la industria. Aprovechando nuestras ansias por estar a la última en lo que a tecnología se refiere, y las consolas y videojuegos no iba a ser una excepción, no dejan de sacarnos los cuartos todos los años. Y los niños son un mercado fácil. Y ahí los tenemos, encerrados en casa, jugando con el vecino de enfrente sin salir del salón o de su cuarto.

En definitiva, en eso consiste el ocio infantil de nuestros días: o encerrados en casa consumiendo videojuegos o apuntados a clase de todo tipo que se llevan un buen pellizco del presupuesto familiar. Y con la excusa de la seguridad, los niños no salen a la calle, con la falacia de prepararlos para su futuro se zampan mil horas de actividades fuera de horario lectivo, con la promesa de descubrir al nuevo Messi o la nueva Comanecci entrenan como profesionales, haciendo de la diversión una obligación. Y, mientras los padres dan cochazos de acá para allá y se quitan horas de descanso, hay quien gana lo que no ganaría si los niños simplemente pudiesen jugar en la plaza del barrio como se ha hecho siempre.

Contenidos para niños 2

children-403582_640En los años 70 y 80 María Luisa Seco nos contaba historias, Gloria Fuertes nos recitaba poemas, Rosa León nos cantaba canciones (aprendimos con ella la diferencia entre ciencia y brujería o lo remilgadas que pueden ser las reinas, por ejemplo), Torrebruno nos proponía juegos sin fin y el dibujante José Ramón Sánchez nos dibujaba sueños.

Nos divertíamos, como no, con programas como La mansión de los Plaff, Un globo, dos globos, tres globosLa cometa blanca, Barrio Sésamo o, como no podía ser menos, Los payasos de la tele, al tiempo que aprendíamos valores. Pero, sobre todo, aprendíamos ciencia con series como Érase una vez el hombre y sus diversas secuelas o programas como 3, 2, 1, contacto… o Los sabios o la afamada Cosmos de Carl Sagan. O nos asomábamos a la literatura con series animadas como Don Quijote de la Mancha, Ruy, el pequeño Cid, D’Artacán y los tres mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fog,… por no mencionar las famosísimas Heidi o Marco. Programas y series que acercaban la ciencia o la literatura a los más pequeños.

Es cierto que hoy existen canales dirigidos expresamente a niños. Y cuentan con algunos buenos programas que educan en valores como Pocoyó, Peppa Pig, Doctora Juguetes, Yoko y sus amigos o la ya famosa La patrulla canina. Pero, por lo demás, suelen abundar las series de situación típicas y repetitivas. Los de mi generación echamos de menos programas educativos como los de otros tiempos. ¿Qué contenidos científicos encontramos hoy día en la tele, ni siquera para adultos, ni siquiera en la televisión pública? ¿El rato de “ciencia” de El hormiguero? En nuestra época contábamos con un maestro de la divulgación como Félix Rodríguez de la Fuente. ¿Con qué cuentan los jóvenes de hoy? ¿Frank de la jungla? Ya no hablemos de humanidades en general, ausentes eternas en la programación televisiva. ¿Cómo pretendemos, entonces, que nuestros niños tengan espíritu crítico o curiosidad científica? ¿O será que esto no nos interesa?

En definitiva, en nuestra infancia teníamos menos canales y menos opciones donde elegir pero disponíamos a nuestro alcance de programas y series de calidad que nos abrían la mente al conocimiento. Hoy, en cambio, mi hijo no cuenta con esas ventajas que tuve yo. Al menos, en la televisión generalista.

Imagen:

Pixabay.

Contenidos para niños 1

En los cada vez más lejanos tiempos de mi infancia, los niños de los años 70 u 80 disponíamos de todo un elenco de artistas que cantaban para nosotros: Parchís, Enrique y Ana, BotonesLos payasos de la teleRosa LeónTorrebruno o, más tarde, Teresa Rabal. Todos nos cantaban canciones compuestas expresamente para nosotros, que cantábamos no sólo con cinco o seis años, sino hasta con doce y catorce. Y no me refiero a canciones de adultos para que las canten niños, sino a canciones infantiles, pensadas para público infantil que luego tarareábamos en el cole. En todas las infancias ha pasado, en la de nuestros abuelos, en la de nuestros padres o en la nuestra: los niños siempre han cantado canciones infantiles, pensadas para ellos.

Hoy, en cambio, los niños más pequeños han de conformarse con los Cantajuegos o emisoras como Babyradio, que, en la mayoría de los casos, se limitan a recoger éxitos de los anteriormente citados. Pero, ¿qué cantan los que son un poco más mayorcitos, los que ya tienen más de cinco años? ¿Canciones de Sharika o Rihanna? ¿Reguetón? ¿Cualquier éxito de moda? Todo muy apropiado para niños pequeños, desde luego. Pero es la música que suena en las fiestas de fin de curso de los colegios, es la música que oyen en la radio o la televisión porque no hay programas especiales con canciones para ellos o es la música que luego acuden a interpretar en programas de la tele.

¿Qué ha pasado con las canciones infantiles de siempre? ¿Es que pretendemos que los niños sean mayores antes de tiempo? ¿Tenemos prisa por que abandonen la infancia? ¿Tanto necesita la industria vender sus éxitos que necesita invadir la infancia? No digo yo que volvamos a las canciones de Teresa Rabal. Pero entre Teresa Rabal y Rihanna debe haber un término medio, ¿no?

La Macarena y los marines

Según parece, se cumplen 20 años ya de ese éxito patrio cruzafronteras, La Macarena, de Los del Río. Todos recordamos su letra pagadiza y su ritmo machacón y todos en algún momento la hemos cantado o bailado.

Pero, sin desmerecer el mérito de los dos hermanos sevillanos, sabido es que la canción no es original de ellos. Siguiendo la tradición española de grupos de música cómica que después seguirían otros como La charanga del tío HonorioNo me pises que llevo chanclas, Puturrufú de fuá o Zapato veloz, allá por los años 1970 sonaba el grupo Desmadre 75, famosos por su conocida canción Saca el güisqui cheli. Entre sus éxitos, otra canción no tan conocida, Tengo una pena.

No hay más que oír sus compases para saber en quienes y en qué se inspiraron los hermanos sevillanos para su famosísima canción. Y, por si no queda claro, aquí una comparativa que elaboraron en su momento los de la revista El Jueves.

Pero, llendo un poco más lejos, ¿y si ambas canciones no fuesen más que una versión de una conocida canción infantil, Trabajando en las minas del pan duro? Canción que recuerdo  como telón de fondo de mi infancia.

Tal como explican Blas Fernández y Ángel Munárriz ésta sería, a su vez, la versión infantil de Semper fidelis, del compositor norteamericano John Philip Sousa, conocida marcha militar de los marines estadounidenses que data de 1888.

O más exactamente, en mi opinión, de la marcha típica para acompañar los ejercicios a paso ligero. 

Así pues, irónicamente, cuando los Clinton bailaron la famosa canción española no estarían más que bailando una versión paródica de una conocida marcha militar de su ejército. Quizá eso explicaría que la canción alcanzase el éxito internacional que alcanzó.

Actualización: 25 de febrero de 2017.

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