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Adiós, papá

Un 29 de octubre del año 1944, en El Puerto de Santa María, en aquella España de hambre y de posguerra, nació José Gálvez Siles, mi padre. Era el segundo de cinco hijos del matrimonio formado por José Gálvez A., portuense, y Ángeles Siles E., cordobesa. Además de él, sus hermanos Carmen, que en paz descanse, Ángeles, Manuel y Rafael.

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Aunque nació en lo que entonces se llamaba un recreo, una hacienda en la que los señoritos pasaban el verano, el conocido como Recreo de Nuestra Señora de los Milagros, cerca del actual Restaurante La Rufana, donde hoy se encuentra una residencia de ancianos, siempre fue hijo del barrio San Juan. Sus padres trabajaban en el recreo como colonos pero mi abuelo encontró empleo en la famosa fábrica de botellas de El Puerto, donde dejaría media vida. Hasta allí iría cada mañana mi padre para llevar el bocadillo a mi abuelo desde la calle Arenas donde se instalaron con el nuevo empleo de mi abuelo.

Estudió sus primeras letras en el famoso colegio del Hospitalito y, más tarde, empezó a formarse como carpintero en SAFA. Pero, como tantos otros de su generación, pronto tuvo que dejarlo y ponerse a trabajar para ayudar a su familia. El sueldo de mi abuelo no daba para mantener a los cinco hijos y había que arrimar el hombro. Desde entonces, se pasaría el resto de su vida trabajando. Comenzó haciéndolo en la granja de huevos de Rafael Jiménez González Nandín que se encontraba cerca del antiguo penal del Puerto, en lo que hoy es el instituto Pedro Muñoz Seca, donde yo mismo estudié. También en casa de los Tordesillas.

Un desengaño amoroso, como siempre contaba, le llevó a presentarse voluntario para el ejército de tierra: Ovejo, Cerro Muriano, Jerez,… Una mili de dos años metido en la cocina. Tras el servicio, llegó la emigración, al País Vasco, concretamente a Larrabezua, un pueblecito no muy lejos de Bilbao. Allí trabajó en una fábrica, haciendo ollas expres. Volvió para casarse con su novia, Dolores C. P. , mi madre, la mujer que le ha acompañado el resto de su vida, y ambos se instalaron en un típico caserío del norte. Pero la tierra tira mucho y decidieron volverse al Puerto de toda la vida. Había tenido un hijo, quien escribe estas líneas, y otra venía en camino. Así pues, se instalaron primero en la calle Federico Rubio y, unos años después, en la calle Arenas, de vuelta al Barrio Alto, donde nacería su tercera hija.

Una vez en El Puerto comenzó su carrera como albañil. Trabajó más que nadie en los más diversos sitios. En empresa estuvo en la construcción de muchas de las viviendas que el desarrollo turístico trajo a Vistahermosa. Tambien en los cimientos del Banco Hispanoamericano. Tiempo después en la construcción de la caseta municipal en el nuevo recinto ferial de Las Banderas. O en la construcción de un nuevo estadio de fútbol en Lisboa. Finalmente, en Puerto Sherry, donde un sobreesfuerzo lo dejó sin espalda para siempre. Por su cuenta, en cambio, realizó miles de chapuces allá donde le llamaban, ya fuese en casa de Luis Suárez, el abogado, ya en casa de cualquier currante. Y levantó muros, puso azulejos, cargó miles de sacos, se metió en agujeros infectos,… Todo para llenar la nevera y que a sus hijos no les faltase de nada.

Pero no sólo trabajó de albañil. Se crió en el campo, como quien dice, y también esto le dio trabajo. Así, vendimió, recogió remolacha, sembró, trabajó varios años cuidando los jardines de un grupo de chalés para americanos de la base en la calle del Flamenco, podó rosales y jardines,… Pero El Puerto no sólo es campo. Y mi padre descargó cajas en el muelle pesquero, y se embarcó alguna que otra vez aunque no supiese nadar, y vendió pescado a domicilio,… Nunca le hizo ascos a ningún trabajo honrado. Hasta montó caseta en las primeras ferias en Las Banderas, Amigos de Curro Luque. Y siempre llegaba a casa cargado de patatas o de lechugas o de gallinas o de zorzales o de pescado,… Proveer a su familia fue siempre su obsesión de niño de posguerra.

Tras más de veinte años viviendo en la calle Arenas, en una casa de vecinos típica del Puerto con las mínimas condiciones de habitabilidad y un gestor de vivienda inhumano, vino el cambio de aires, a la calle Aurora, donde podía visitar el pantalán o acercarse a La Puntilla. De allí ya no volvería a moverse hasta hoy.

La vida de mi padre fueron los bares, donde alternaba, encontraba trabajo, negociaba presupuestos, jugaba al dominó o se esparcía después del trabajo. El Bar Chico, el Bar de Sole, Peña Taurina El Tropezón, Bar Romano, Bar Transporte, Bar El Reñidero, Bar El Chino, La Colmena, Bar El Rempujo, Bar Poli, Bar Juanito, Bar Dani, Asociación Obras de Puerto, Bar Manolín y tantos otros que ya sólo quedan en la memoria. Recuerdo, de niño, haber pisado de manos de mi padre esas tascas con serrín en el suelo y olor a tabaco, gritos y golpes en la mesa y cómo me inoculó para siempre la alergia a estos locales.

Trabajador hasta la extenuación, siempre ayudó a todo el que se lo pidió. Si a alguien le faltaba para darle de comer a sus hijos y estaba en su mano, se lo llevaba de peón, o le regalaba algún producto del campo (patatas, cebollas,…) o, después de jubilado, le daba las faenas que él no podía hacer. Nunca tuvo nada suyo. Me enseñó la responsabilidad del trabajo, a ser puntual, a cumplir la palabra dada, a hacerme cargo de mis responsabilidades.

Y ahora se ha ido para siempre. Un 8 de agosto, al amanecer, se ha ido para siempre. Y, aunque eramos tan distintos, nunca sabrá cuantísimo voy a echarlo de menos. Y sólo me queda decirte adiós, papá. Adiós.

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