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Las alegrías de la paternidad o lo que te pierdes por no ser padre

Sabes que vas a ser padre y todo es emoción. ¡Cuánta responsabilidad! Piensas, entonces, en todo lo que le vas a enseñar a tu hijo y en la oportunidad que se te presenta de enmendarle la plana a tus padres. Pero es ponerte el traje de faena de padre y toparte con toda una serie de realidades en las que no se te había ocurrido reparar y para las que nadie te prepara.

Para empezar, aunque ahora no te lo creas, descubrirás que las toallitas higiénicas son tus amigas y te preguntarás cómo has podido vivir hasta ahora sin ellas. Y vas a ir con ellas a cualquier sitio. Para limpiarte las manos o la cara, o esa mancha de la camisa, o esa bebida que se derrama, o el tóner de la impresora que te deja las manos hechas un tizón,…

Por otro lado, aunque te cueste creerlo, tus conversaciones se van a llenar de cacas y pises (sí, acostúmbrate, estos términos se van a colar en tu vocabulario sin darte ni cuenta). ¿Alguna vez pensaste que hablarías con otro adulto, que no sea tu pareja, de las necesidades fisiológicas de un pequeñajo? ¿De la frecuencia, de la cantidad o de si lo ha hecho o no? Pues ya verás cuando lo hagas con total naturalidad y sin despeinarte y tus amigos te miren de aquella manera.

Y hablando de necesidades fisiológicas, olvídate del pudor. Y, si no tenías pudor, lo vas a recuperar sin duda. ¿Cuántas veces has estado en el baño, haciendo tus cosas tan tranquilamente, y ha entrado alguien a preguntarte qué estás haciendo o por qué ese líquido es amarillo? ¿O por qué tenías ganas de hacer lo que estás haciendo? O te estás duchando y alguien corre la cortina… para preguntarte a qué hora empieza Peppa Pig.

Ésa es otra ventaja. Perderás la pista a tu grupo de música favorito y no te acordarás de cuál fue la última peli de ese director que te encantaba. Pero estarás totalmente al día de la programación infantil. Cuando te veas comentando el último capítulo de Peppa Pig o la Patrulla Canina, cuando te sepas los nombres de todos sus personajes, cuando te descubras en el trabajo tarareando sus canciones o las de los Cantajuegos, los Pica Pica,… te darás cuenta de que has entrado por derecho en la paternidad.

Por no hablar de que descubrirás otra dimensión de Youtube. Olvídate de El Rubius y demás youtubers e influencers de todo pelaje. Vas a descubrir un apasionante mundo de vídeos de números, de colores, de adultos con juguetes infantiles,… Además de los infinitos vídeos sobre videojuegos: partidas enteras de Mario, Kirby,… Sin duda alguna, tu acervo cultural se va a ampliar.

Y en lo que a salir a comer se refiere, ya sé que te conoces todos los locales de moda y dónde se come el mejor sushi. Pero seguro que no te conoces al dedillo todos los locales con zona infantil de tus alrededores. Y seguro que no se te ha pasado por la cabeza el plantearte no ir a un buen local si no dispone de zona de juego para niños. Y seguro que nunca habías pensado que verías con otros ojos esos locales de comida rápida que antes te producían repelús y a los que ahora irás sólo por el juguete que dan. Bienvenido al maravillo mundo de la paternidad. Nada como disfrutar de una pizza con un ojo en el plato y otro en esos columpios que antes te parecían un adorno engorroso.

Y hablando de comer en sitios, bienvenido a las fiestas de cumpleaños. En cuanto tu hijo empiece el cole te verás inmerso en ese fantástico mundo de fiestas de castillos inflables y gominolas, en locales de lo más variopinto, tratando de charlar con padres a los que apenas conoces, tan agotados como tú.

Eso, claro, si puedes charlar. ¿Sabías que tenías la capacidad de hablar por fascículos? Es uno de esos superpoderes que te da la paternidad y que permanece dormido hasta que tienes un hijo y empieza a hablar: comienzas una frase, llamas la atención al niño, dices dos palabras más, respondes una pregunta infantil, añades otras dos palabras, recoges un vaso que tu pequeño ha volcado en la mesa, añades una última palabra, tratas de calmar una nueva rabieta, otra más en el día, y terminas preguntándole a tu pareja de qué porras estabas hablando. La paternidad reduce tu conversación a extremos insospechados.

En cambio, te vas a cansar de oírte a tí mismo repetir, hasta el infinito y más allá, órdenes, consejos, instrucciones,… Y eso que te habías prometido no parecerte a tu padre. Y eso que te habías dicho mil veces que tú serías diferente. Pero ahí estarás, perdiendo los nervios, los papeles y lo que haga falta porque un niño pequeño se niega a recoger sus juguetes.

Y llegamos a las rabietas. Por mucho que hayas oído hablar de ellas, por mucho que hayas visto a padres desesperados en el súper y hayas pensado que hay gente que no está preparada para tener hijos, vas a tener que vivir esos brotes de rebeldía de un pequeñajo que busca reafirmar su lugar en el mundo. Si quieres saber lo que es un melodrama, si quieres saber lo que es sobreactuar, no hace falta que vayas al teatro o veas ningún culebrón: dile a tu hijo que NO a algo. Bueno, tampoco hace falta que sea un NO, así con mayúsculas. Cualquier negativa provocará llantos desaforados, pataletas, lágrimas,… que casi siempre te cogerán desprevenido y en el peor momento.

Por no hablar de las discusiones con tu pareja. Da igual lo bien que os llevéis, da igual que seáis tal para cual y os complementéis como dos medias naranjas. Siempre vais a tener algún desencuentro en la crianza de un niño. Y si nunca habíais discutido por nada del mundo, os sorprenderá descubrir cómo una rabieta de un niño pequeño se puede transformar, sin saber cómo ni por qué, en una discusión entre dos adultos.

Quizás porque estarás cansado como no has estado nunca. Quizás porque vas a descubrir lo que es el estrés de verdad: olvídate de tu jefe, de las tensiones del trabajo, o de cualquier otra cosa; nada como un niño corriendo de acá para allá en un supermercado atestado de gente, o un niño que no te hace caso después de repetirle mil veces lo mismo para conocer el estrés en toda su inmensidad. O quizás por el olvido de tí mismo, de las actividades que te gustan y que ya no tienes tiempo de hacer. Por la falta de tiempo para todo y que todo sea más importante que tú.

Aún así, todo queda compensado. Vas a volver a recuperar tu infancia, quieras o no. Canciones infantiles que creías olvidadas volverán a tu cabeza sin saber ni cómo. Y aprenderás canciones nuevas. Y volverás a jugar a juegos que ya habías olvidado por completo. Y te pondrás a hacer el tonto como nunca lo has hecho, con tal de oír esa maravillosa risa infantil. Y volverás a ver por primera vez, con ojos nuevos, cosas que ya tenías demasiado trilladas. Y serás el pozo de sabiduría para alguien, a quien podrás transmitir todos tus saberes, por pocos que sean. Y, sobre todo, vas a oír los “te quiero mucho” más emotivos de tu vida. Y todo eso y más compensará todo lo anterior.

La ciudad no es para los niños

prohibido

Fuente: encontrada en Facebook

Urbanizaciones cerradas donde no se permite jugar a la pelota, plazas de barrio plagadas de carteles prohibitorios, calles y avenidas donde los niños no pueden jugar, esparcirse, divertirse. Que nuestras ciudades son cada vez más hostiles para los más pequeños es algo cada vez más patente.

Está claro que tenemos cada vez más parques de juego infantiles para que los niños entre tres y ocho años se diviertan. Pero, están enfocados justamente en esas edades. ¿Qué pasa con los menores de tres? Las únicas instalaciones infantiles para esas edades suelen encontrarse en los colegios y en las guarderías, así que toca rascarse el bolsillo. ¿Y qué pasa un domingo por la tarde? Pues que el niño tendrá que jugar en el parque de niños mayores o no jugar. Eso por no hablar del estado en que se encuentran o, mejor dicho, del mal estado: nuestros políticos las inauguran, se hacen la foto de rigor y luego si te he visto no me acuerdo. Al parecer, la palabra mantenimiento no forma parte de sus agendas.

¿Y para los mayores de ocho? Ahí es donde está el negocio. Hoy día los niños de ocho o más años no se divierten en la plaza pública como hacíamos sus padres de niños. No. Para eso el capitalismo moderno ha inventado dos opciones con las que obtener beneficio del ocio infantil y mantener a los padres en el puesto de trabajo: las actividades extraescolares y los videojuegos. Las actividades extraescolares llenan un hueco de esta ajetreada vida moderna: si los padres tienen que echar mil horas para poder llegar a fin de mes con un sueldo ínfimo, en algo tienen que ocupar sus hijos las horas que no le pueden dedicar sus padres. Hoy día los chiquillos van a clases de inglés o de informática, tienen horas de deportes varios, de catequesis, de solfeo,… y un largo etcétera. Y parece que seas mal padre si no apuntas a tu hijo a alguna de ellas. Y, mientras, hay todo tipo de academias, asociaciones o entidades haciendo caja con el ocio infantil y la falta de tiempo de sus padres.

Las actividades deportivas de todo tipo son, en mi opinión, lo más sangrante del asunto. Antes te reunías en la calle, en la plaza pública o en un descampado con otros niños para echar un partido. Echabas la tarde, hacías deporte, te relacionabas con otros niños. Hoy día no hay sitio para hacer eso como no sea en un polideportivo, pagando, obviamente, las correspondientes cuotas. Y, dada la competitividad imperante en nuestras vidas en estos tiempos acelerados, y que ya no parecemos concebir la diversión por pura diversión, termina el niño federado, echando más horas que un profesional y entrenando como si le fuese la vida en ello. Y no sólo eso, sino levantándose al amanacer un sábado para competir en una ciudad cercana o, peor, de otra provincia, obligandose el padre a meterse kilómetros de carretera en el cuerpo y quitarse horas de sueño de encima un sábado de descanso, después de toda una semana trabajando. Y hablo no sólo de niños de ocho años sino también, a veces, de menos. Y todo para que éste socialice y haga ejercicio… como haría si jugase en la plaza al lado de casa con otros niños. Pero como todos creemos que nuestro hijo es un Messi o un Nadal en potencia…

En cuanto a los videojuegos, se trata de otro invento fantástico de la industria. Aprovechando nuestras ansias por estar a la última en lo que a tecnología se refiere, y las consolas y videojuegos no iba a ser una excepción, no dejan de sacarnos los cuartos todos los años. Y los niños son un mercado fácil. Y ahí los tenemos, encerrados en casa, jugando con el vecino de enfrente sin salir del salón o de su cuarto.

En definitiva, en eso consiste el ocio infantil de nuestros días: o encerrados en casa consumiendo videojuegos o apuntados a clase de todo tipo que se llevan un buen pellizco del presupuesto familiar. Y con la excusa de la seguridad, los niños no salen a la calle, con la falacia de prepararlos para su futuro se zampan mil horas de actividades fuera de horario lectivo, con la promesa de descubrir al nuevo Messi o la nueva Comanecci entrenan como profesionales, haciendo de la diversión una obligación. Y, mientras los padres dan cochazos de acá para allá y se quitan horas de descanso, hay quien gana lo que no ganaría si los niños simplemente pudiesen jugar en la plaza del barrio como se ha hecho siempre.

Contenidos para niños 2

children-403582_640En los años 70 y 80 María Luisa Seco nos contaba historias, Gloria Fuertes nos recitaba poemas, Rosa León nos cantaba canciones (aprendimos con ella la diferencia entre ciencia y brujería o lo remilgadas que pueden ser las reinas, por ejemplo), Torrebruno nos proponía juegos sin fin y el dibujante José Ramón Sánchez nos dibujaba sueños.

Nos divertíamos, como no, con programas como La mansión de los Plaff, Un globo, dos globos, tres globosLa cometa blanca, Barrio Sésamo o, como no podía ser menos, Los payasos de la tele, al tiempo que aprendíamos valores. Pero, sobre todo, aprendíamos ciencia con series como Érase una vez el hombre y sus diversas secuelas o programas como 3, 2, 1, contacto… o Los sabios o la afamada Cosmos de Carl Sagan. O nos asomábamos a la literatura con series animadas como Don Quijote de la Mancha, Ruy, el pequeño Cid, D’Artacán y los tres mosqueperros, La vuelta al mundo de Willy Fog,… por no mencionar las famosísimas Heidi o Marco. Programas y series que acercaban la ciencia o la literatura a los más pequeños.

Es cierto que hoy existen canales dirigidos expresamente a niños. Y cuentan con algunos buenos programas que educan en valores como Pocoyó, Peppa Pig, Doctora Juguetes, Yoko y sus amigos o la ya famosa La patrulla canina. Pero, por lo demás, suelen abundar las series de situación típicas y repetitivas. Los de mi generación echamos de menos programas educativos como los de otros tiempos. ¿Qué contenidos científicos encontramos hoy día en la tele, ni siquera para adultos, ni siquiera en la televisión pública? ¿El rato de “ciencia” de El hormiguero? En nuestra época contábamos con un maestro de la divulgación como Félix Rodríguez de la Fuente. ¿Con qué cuentan los jóvenes de hoy? ¿Frank de la jungla? Ya no hablemos de humanidades en general, ausentes eternas en la programación televisiva. ¿Cómo pretendemos, entonces, que nuestros niños tengan espíritu crítico o curiosidad científica? ¿O será que esto no nos interesa?

En definitiva, en nuestra infancia teníamos menos canales y menos opciones donde elegir pero disponíamos a nuestro alcance de programas y series de calidad que nos abrían la mente al conocimiento. Hoy, en cambio, mi hijo no cuenta con esas ventajas que tuve yo. Al menos, en la televisión generalista.

Imagen:

Pixabay.

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En los cada vez más lejanos tiempos de mi infancia, los niños de los años 70 u 80 disponíamos de todo un elenco de artistas que cantaban para nosotros: Parchís, Enrique y Ana, BotonesLos payasos de la teleRosa LeónTorrebruno o, más tarde, Teresa Rabal. Todos nos cantaban canciones compuestas expresamente para nosotros, que cantábamos no sólo con cinco o seis años, sino hasta con doce y catorce. Y no me refiero a canciones de adultos para que las canten niños, sino a canciones infantiles, pensadas para público infantil que luego tarareábamos en el cole. En todas las infancias ha pasado, en la de nuestros abuelos, en la de nuestros padres o en la nuestra: los niños siempre han cantado canciones infantiles, pensadas para ellos.

Hoy, en cambio, los niños más pequeños han de conformarse con los Cantajuegos o emisoras como Babyradio, que, en la mayoría de los casos, se limitan a recoger éxitos de los anteriormente citados. Pero, ¿qué cantan los que son un poco más mayorcitos, los que ya tienen más de cinco años? ¿Canciones de Sharika o Rihanna? ¿Reguetón? ¿Cualquier éxito de moda? Todo muy apropiado para niños pequeños, desde luego. Pero es la música que suena en las fiestas de fin de curso de los colegios, es la música que oyen en la radio o la televisión porque no hay programas especiales con canciones para ellos o es la música que luego acuden a interpretar en programas de la tele.

¿Qué ha pasado con las canciones infantiles de siempre? ¿Es que pretendemos que los niños sean mayores antes de tiempo? ¿Tenemos prisa por que abandonen la infancia? ¿Tanto necesita la industria vender sus éxitos que necesita invadir la infancia? No digo yo que volvamos a las canciones de Teresa Rabal. Pero entre Teresa Rabal y Rihanna debe haber un término medio, ¿no?

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