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¿Y si nuestras democracias fuesen más griegas?

Hace unos meses me pasaron el vídeo de Why Maps titulado #WHYDEMOCRACY, del cual recomiendo mucho su visionado, tanto su cara A, como, sobre todo, su cara B y que incluyo aquí por su importancia.

Se preguntaba el autor sobre el origen de nuestras democracias y los gobiernos representativos y pensé que no sería mala idea trasladar el modelo de la democracia ateniense a nuestros tiempos. Pero, claro, este modelo era relativamente fácil de implementar en una ciudad-estado donde sólo votaban los hombres libres y era más factible que todos participaran en la asamblea. Pero en nuestras sociedades actuales sería bastante complejo que toda la población con derecho a voto de un pais participase en el Parlamento. Entonces me topé con este artículo: al parecer, algunos estudios serios avalan la idea de que introducir el azar en la elección de parlamentarios mejoraría el sistema. Y caí, entonces, en la cuenta de que el quid de la cuestión sería introducir ese mecanismo griego de la elección al azar en la representación política.

Así pues, me pregunto desde entonces: ¿qué pasaría si los 350 diputados que conforman el Congreso, en lugar de ser elegidos por sufragio universal directo, fuesen elegidos por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se eligiesen al azar utilizando los mismos criterios de selección que hoy se utiliza para elegir miembros de una mesa electoral (art. 26.2 de la LOREG), manteniendo las mismas circunscripciones electorales? Pues se me ocurre que se acabarían los dilemas de listas abiertas o cerradas de partidos, ya que dejaríamos de elegir a diputados porque sí, porque vienen en la lista del partido de nuestra elección; nos olvidaríamos de la famosa Ley d’Hondt y sus desajustes; desaparecerían también los políticos profesionales que pasan una legislatura tras otra en su escaño; se acabarían las disciplinas de votos y los castigos a diputados díscolos como los que hemos visto recientemente; el parlamentario no estaría sujeto a la disciplina de un partido, respondería, más bien, ante la asamblea, no ante los superiores de su partido a la espera de un ascenso en forma de cargo. A cambio, la gente se vería implicada realmente en la política; su participación en la misma no se limitaría a ejercer el voto cada cuatro años, sino a vivir en persona su ejercicio, tal vez durante menos tiempo (la propuesta de siete meses, por ejemplo, me parece razonable).

¿Y qué pasaría si los cargos públicos, desde Jefe del Estado a Presidente del Gobierno, pasando por Ministros o Secretarios de Estado, se eligiesen también por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se estableciesen unos requisitos de obligatorio cumplimiento, específicos para cada uno de los cargos (un ministro de sanidad debería proceder del mundo científico, por ejemplo), si cada candidato que los cumpliese sometiese su candidatura al escrutinio del Congreso y si, de entre los cinco más votados, se escogiese al azar un candidato, cuyo cargo estaría en manos del Parlamento, que podría revocarlo en cualquier momento? ¿Y qué pasaría si el mismo sistema se extiendese no sólo a la política nacional, sino también a la autonómica y la local y, por qué no, a la europea? A los griegos, que disponían hasta de una máquina para ello, el Kleroterion, no les fue mal durante más de 200 años; no creo que en nuestros tiempos informáticos fuese díficil diseñar un sistema de elección, limpio e independiente, más efectivo que el griego.

¿Qué conllevaría todo esto? Pues, para empezar, no valdría como candidato un Mariano Rajoy o un Donald Trump cualesquiera, sino alguien que reuniera las más adecuadas condiciones. Por otro lado, se acabarían los largos procesos electorales: la pegada de carteles, los mítines que sólo sirven para arengar a los convencidos, el reparto interminable de propaganda electoral para llenar las papeleras, los debates estériles, las jornadas de reflexión,… Y, sobre todo, el gasto que todo eso implica. Se acabarían también los programas electorales impresos en papel mojado y las promesas sin cuento a ver quien da más. Por otro lado, la elección al azar de cargos haría que su selección se prestara menos a injerencias de grupos de presión como las que señalaba hace unos días Pedro Sánchez en Salvados. Se acabarían también situaciones bochornosas como las que hemos vivido de permanecer casi un año con un gobierno en funciones. Las votaciones, como hemos visto en nuestra reciente investidura al último sprint, no estarían decididas de antemano en un paripé de votación cuyo resultado todos conocíamos. Los ministerios y secretarías, finalmente, serían ocupados por personas capacitadas para el cargo, elegidas por el Parlamento, no por la decisión partidista y arbitraria de un presidente que reparte cuotas de poder a su antojo. Y, desde luego, un gobierno al azar que dependiera de la valoración de un Parlamento de ciudadanos elegidos por sorteo no se atrevería a tomar decisiones contra la ciudadanía como los recortes que hemos vivido y seguiremos viviendo en educación, sanidad o derechos.

Claro está, todo esto implicaría, si no la desaparición de los partidos políticos, sí su conversión en simples organizaciones ciudadanas sin más poder que cualquier otra asociación de personas. Esto, quizá, haría más complicado el trabajo en el Parlamento, puesto que no habría grupos organizados y cada cual tendría voz y voto para proponer y decidir. Pero, a cambio, la elección al azar sin intervención partidista evitaría tramas como la de la Gürtel y similares. Sería más difícil volver a ver la corrupción deambulando como Pedro por su casa en según qué sitios.

Obviamente, todo esto no es más que un ejercicio de política-ficción. Pero, cuando descubres que existen organizaciones que están pidiendo esto mismo, la elección de los parlamentarios por sorteo al azar entre los ciudadanos con derecho a voto, empiezas a pensar que quizá no sería tan descabellado plantear un cambio de sistema en este sentido.

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