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Individualistas de hoy

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Fuente: Pixabay.

En tiempos de nuestros abuelos era habitual que las familias tuviesen más de diez hijos. En tiempos de nuestros padres, en cambio, la familia se redujo a dos o tres, como mucho cuatro. Hoy día es difícil ver a familias con más de tres hijos, siendo dos o uno lo más habitual. De hecho, ya no son raros los matrimonios que dicen no desear tener hijos, que les basta con ellos dos. Y no sólo eso, se extiende lo que ya se empieza a denominar “niñofobia“: el desprecio de los adultos por la niñez en forma de monólogos simpáticos o celebraciones de bodas que no admiten niños o restaurantes u hoteles donde los niños no son bien recibidos,… Lo cual lleva a esos adultos a centrarse más en sí mismos, en viajar, culturizarse, ir al cine y al teatro; en definitiva, en hacer todas esas cosas que muchos padres no pueden. Eso que ahora empiezan a llamar, así en plan guay, yoísmo y siempre se ha llamado egoísmo: preocuparse más por sí mismo y menos por los demás.

Los que sí tienen hijos, por otro lado, ya no les ponen nombres corrientes. Antes, la costumbre marcaba poner al hijo el nombre del padre o de alguien de la familia, llenando el árbol familiar de Manolos, Antonios o Marías. Los más religiosos, en cambio, escogían para sus hijos el nombre del santo del día, con lo que se corría el riesgo de llamar al hijo Apapucio o algo peor. Hoy día, en cambio, se busca la originalidad y se recurre a lo exótico o, directamente, a la imaginación para llenar el país de Unais, Yerays o Sheilas. La idea es que el niño destaque sobre los demás, que no tenga un nombre corriente como su padre o su abuelo. Frente al respeto a la tradición o al legado familiar, se prima la individualidad, ya desde el momento del nacimiento.

Y qué decir de nuestros vecinos. Hoy vivimos en bloques de vivienda, o en casas unifamiliares, lo mismo da, donde apenas conocemos a nuestros vecinos de rellano. Salimos y entramos, nos damos si acaso los buenos días, si los damos, y poco más. Ni el nombre de quién comparte nuestro tabique conocemos, muchísimo menos sus circunstancias vitales. Siempre hay excepciones, claro, pero en un bloque donde vivan 20 familias tal vez conozcas al vecino de tu mismo rellano pero poco más. La proliferación de ascensores en nuestro país tampoco facilita el trato vecinal: nos metemos en el ascensor y podemos subir hasta nuestra casa sin cruzarnos con ningún vecino. Aquellas relaciones vecinales de los patios de vecinos, más estrechas que nuestras relaciones familiares, hace mucho que se acabaron, al menos en las grandes ciudades.

En cuanto al ocio, cada día contamos con más cachivaches. Antes fue el walkman; nos decían nuestros padres que íbamos sordos por el mundo y que nos iba a pasar algo por la calle. Ahora son los móviles o las consolas: caminamos con la vista gacha, sin observar a nuestro alrededor si vamos a comernos una farola o a pisarle un callo al primero que pasa. Por no hablar de esos seres humanos que comparten una misma habitación ensimismados cada uno en su pantalla. El nuevo cacharro de moda son las gafas de realidad virtual, donde no sólo tenemos la posibilidad de aislarnos del mundo a nuestro alrededor, sino, sobre todo, de sumergirnos en una realidad inventada, supuestamente mejor que la que nos rodea.

A todo esto se unen las famosas redes sociales. Vivimos en un mundo de postureo, como se dice ahora. Todo el mundo publica fotos de sus viajes, de la última fiesta en la que ha estado, de lo que va a comer o del último peinado que se ha hecho. Y comenta dónde se va de vacaciones, con quién sale o qué va a estudiar el próximo curso. Nos gusta la exhibición pública, nos gusta sentirnos importantes, nos gusta hacernos los famosos y, si no tenemos paparazis que nos persigan, hacemos de fotógrafos de nosotros mismos. Y nos apuntamos a todos los retos absurdos: el del cubo de agua, el del maniquí, el del suelo de lava, el de la botella en pie,… El último, el del culo al aire o el de hacerse fotos desnudos, insinuando más que enseñando. En fin, todo aquello que nos engrandezca el ego y nos ayude a mirarnos mejor el ombligo.

¿Somos cada vez más individualistas? Sin duda alguna. Pero no es ésta una tendencia reciente: llevamos siglo y medio andando este camino, perfeccionándolo. Y, según parece, es la progresiva desaparición de los trabajos manuales que nos trajo la revolución industrial en favor de los trabajos de oficina, unido a la incorporación de la mujer al mercado laboral y a la mejora en las condiciones sanitarias y la educación lo que está llevando a la humanidad a este camino donde el individuo es más importante que el grupo. El mundo laboral moderno, donde hoy se trabaja en una empresa y la semana que viene en otra, donde hoy ejercemos una ocupación y dentro de un mes otra diferente, está llevando a que la gente no mantenga vínculos duraderos con sus compañeros y a un continuo reciclaje del individuo. Nos encontramos, así, en un mundo donde el individualismo, el ser diferente a los demás, es un valor en sí mismo. Supongo que en nuestra cultura mediterránea será difícil que lleguemos, por este camino, a una sociedad alienada como algunos nos describen en otras latitudes, donde el Estado se ocupe de todos los problemas de sus ciudadanos y éstos no necesiten ni amigos ni familiares para tener una vida autosuficiente, pero no sería descartable.

Ahora bien, en mi opinión la cuestión no es que cada vez seamos más individualistas. Qué duda cabe que lo somos. La cuestión, más bien, es quién está interesado en que lo seamos. Porque no creo que este individualismo en el que nos hayamos felizmente inmersos sea casual, sino más bien dirigido por nuestras clases gobernantes y empresariales, bien beneficiadas del mismo. Porque, mientras el individuo sea más importante que el grupo, no hay revoluciones a la vista. Mientras andamos inmersos en la vorágine laboral, saltando de empleo en empleo y tratando de engordar el currículum, nos tragamos inmensas ruedas de molino, grandes como ellas solas. Mientras estamos publicando fotos de nuestro gato, que sale monísimo en todas las imágenes, no nos estamos organizando para una huelga. Mientras nos miramos al espejo ejerciendo el postureo en las redes sociales, dejamos que nos recorten derechos sin pedir explicaciones. Mientras esperamos ansiosos que salga el nuevo cachivache muchísimo mejor, dónde va a parar, que el que ya tenemos y que nos costó un pastizal, ni le buscamos las cosquillas a nuestros queridos corruptos. Y así nos va, claro.

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Ni un pájaro, ni un avión

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Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Навоев Николай 

Echando la vista atrás, parece incleíble que llevemos ya más de 80 años de superhéroes. Desde The Phantom (1936), Superman (1938) o Batman (1939) pasando por la Antorcha Humana (1940), Flash (1940), Linterna Verde (1940), la Mujer Maravilla (1941), el Capitán América (1941), Los cuatro fantásticos (1961), Hulk (1962), Thor (1962), Spider-Man (1962), X-Men (1963), Daredevil (1964) o Watchmen (1986) hasta los más modernos Spawn (1992) o The Maxx (1993). Y, en cine, casi 40, desde Superman (1978), hasta Batman (1989), X-Men (2002), Spiderman (2002) y los siguientes.

Como la propia palabra indica, el héroe es alguien que se distingue por sus elevados valores morales: espíritu de sacrificio, ayuda desinteresada a los demás, lucha contra las injusticias,… Unos valores y una puesta en práctica de los mismos que le hacen diferente a los demás y le convierten en modelo de imitación. Pero nuestro protagonista no es un héroe cualquiera, porque esas mismas cualidades podríamos encontrarlas en muchas personas a nuestro alrededor, sino un superhéroe porque posee poderes y capacidades sobrehumanas que siempre pone al servicio de la humanidad.

Pero estas dos mismas características son, precisamente, las que convierten, en mi opinión, al superhéroe clásico en un producto vacío. Y me explico. En casi todas las historietas, el héroe, cuando descubre o se hace consciente de sus superpoderes, se dedica a ayudar a ancianitas, impedir robos o sacar a inocentes de incendios. Pero, como eso no da mucho de sí, pronto surge un supervillano con superpoderes casi tan devastadores como los del protagonista para poder representar, así, una lucha sin cuartel entre el bien y el mal. Y a eso se reducen casi todas las historietas clásicas de superhéroes: el protagonista (casi en todos los casos un hombre blanco estadounidense) lucha denodadamente contra un enemigo tan surrealista e imposible como él y la humanidad queda a salvo gracias a su labor.

Pero, a pesar de todos esos poderes sobrehumanos, a pesar de capacidades tan extraordinarias como fuerza hercúlea, rayos x, poder volar al espacio y volver,… en ningún momento los superhéroes de cómic se plantean enfrentarse a los verdaderos enemigos de la humanidad. A ninguno parecen preocuparle las guerras que desangran parte del planeta y sus instigadores, ni el tráfico de armas o de seres humanos, ni la corrupción política, ni los delitos de guante blanco, ni las dictaduras, ni el hambre, ni los desequilibrios sociales, ni los derechos civiles, ni la contaminación del medio ambiente,… Ante los auténticos problemas de la humanidad, los superhéroes se limitan a concentrar todos sus superpoderes en salvar ancianitas, sofocar incendios y enfrentarse a un malvado tan imposible como él.

Está claro que los superhéroes de cómics son un producto pensado para distraer a los jóvenes estadounidenses (¿acaso algún superhéroe conoce más mundo que el que se encierra en las fronteras de Estados Unidos?) y que éstos no se cuestionen demasiado el sistema. Porque preocuparse por todo lo anterior supondría hacer a los chavales pensar en cómo las empresas intervienen en la contaminación mundial, en cómo los Estados Unidos tienen mucho que ver en el comercio de armas o en la caída o ascenso de muchos regímenes o en la perpetuación de muchas guerras, en cómo los derechos civiles se han pisoteado y se siguen pisoteando,… El superhéroe es un producto para conformarse con el sistema, para que los empollones tímidos de este mundo sueñen con la idea de convertirse algún día en un Spiderman cualquiera, igual que el ciudadano medio estadounidense imagina que el sueño americano se hará realidad el día menos pensado. Y se detiene al malvado ladrón que roba bancos pero no al empresario con cuentas en paraísos fiscales y se salva a inocentes de incendios pero no se paralizan empresas que contaminan y se salva a ancianitas pero no se impiden guerras. Y se lucha contra malvados inverosímiles porque emplear los superpoderes contra los verdaderos enemigos de la humanidad podría hacer a muchos chavales repensarse el mundo en el que viven.

No sin mi móvil

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Fuente: Pexels.

Consultamos el correo en los descansos del trabajo. Miramos el Facebook mientras esperamos el tren o el metro. Actualizamos Twitter o Instagram cuando estamos con nuestros amigos. Enviamos WhatsApps, navegamos por internet, consultamos las noticias, buscamos una dirección en Google Maps, leemos, consultamos Wikipedia, hacemos fotos, editamos video, oímos música, usamos la calculadora,  la agenda, la lista de tareas, la lista de la compra,…  y hasta llamamos por teléfono. Todo lo hacemos hoy con el móvil.

Se habla ya de dependencia del mismo. Hoy no concebimos realizar ciertas actividades que antes hacíamos sin tecnología sin recurrir al móvil: preguntábamos una dirección a cualquiera en la calle, apuntábamos los mandados en un papel cualquiera, calculábamos mentalmente o con un lápiz y una servilleta. Y hay actividades que nunca se nos hubiesen pasado por la cabeza si no existiesen los móviles: disfrutábamos de salidas con amigos sin tener que hacer fotos a cada momento; no necesitábamos compartir con nadie qué hacíamos o con quién lo hacíamos; no teníamos que estar en contacto con todo el mundo a cada minuto.

Pero, ¿quién está detrás de esta dependencia? ¿quiénes nos han creado estas nuevas necesidades vitales del hombre moderno? Pues está bastante claro. En primer lugar, las empresas tecnológicas. Sólo hay que echarle un vistazo a los precios de los smartphones de última generación. Somos capaces de gastarnos en simples aparatitos que se nos pueden caer o arañar o que nos pueden robar cantidades que no nos gastaríamos en un buen filetón. Y la industria lo sabe y juega con nosotros a hacernos creer que, si no tenemos ese cacharro que acaban de sacar y que tiene las mismas pijerías que ya tenía el modelo anterior pero un poco más molonas, somos unos donnadies. Y en eso estamos, en parecer más molones que nuestros vecinos dejándonos un pastizal por el camino y engordando la cuenta de las grandes tecnológicas.

Las compañías telefónicas son otra pata de esta gran mesa. Nos ofrecen ofertas mil peleando por conseguir clientes. Una compañía que hoy no ofrezca conexión de datos no le merece la pena a nadie. Queremos poder ver vídeos, en la mejor definición posible, y compartir fotos y escuchar música y ver nuestras series favoritas,… y poder disfrutar del partido como si estuviésemos en el salón de casa, aunque estemos en el campo o la playa. O nos crean la necesidad de hacer todo esto. Porque, a fin de cuentas, todo esto es tráfico de datos o, lo que es lo mismo, dinero para las compañías telefónicas. Y les interesa que seas un adicto a todo esto, cuanto más dependas de ello, mayor será su cuenta de resultados.

El tercer eslabón de la cadena son las aplicaciones. Hoy podemos hacer casi de todo con un móvil: desde fotos a la lista de la compra, desde contarle un chiste a tu madre a controlar nuestros gastos, desde consultar el estracto de nuestro banco a jugar al tetris. Y todo eso significa que necesitamos una aplicación para cada una de esas actividades. Y nuevamente esto significa que alguien hace caja. Cierto que antes no necesitábamos tener todo esto al alcance del bolsillo y nos apañábamos con cualquier cosa pero ahora nadie, mucho menos, las generaciones jóvenes, concibe la vida sin aplicaciones móviles, sobre todo redes sociales. Y, así, alguien puede hacer negocios, a veces demasiado suculentos.

En cuarto lugar, quienes más interesados están en que tengas un aparatito en la mano son quienes hacen negocio con el tráfico de datos. Cada día, casi sin darnos cuenta o sin que nos importe demasiado, compartimos una cantidad enorme de información: a través de redes sociales, en las búsquedas que hacemos por internet, con el uso de las diversas aplicaciones,… Hoy día, cualquier empresa puede conocernos mejor que si nos hubiese parido. De hecho, podría decirse que siempre que nos ofrezcan algo “gratis” (sacrosanta palabra de la publicidad actual, vaciada ya de contenido), detrás habrá una caza de datos personales de cualquier tipo: las fotos de la boda de tu hermano, la tienda donde estuviste hace dos días, la cita que tienes con el médico, el regalo de cumpleaños que estás buscando para tu mujer,… Y ese conocimiento les sirve para negociar y ganar pasta. Todo es dinero, al fin y al cabo. Así que imagina lo interesada que está la industria en que no abandones esa dependencia de tu querido aparato.

Finalmente, y relacionado con lo anterior, están los gobiernos. Como un Gran Hermano cualquiera pueden espiar nuestros movimientos a través de nuestros móviles y televisiones, como si de una película de espías se tratase. Y aunque lo revelado por Wikileaks no fuese cierto, no parece descabellado que los gobiernos pudiesen desarrollar sistemas similares, contando para ello con nuestra cacareada dependencia de estos aparatitos y nuestra habitual despreocupación por la seguridad. Nadie como nosotros mismos para ofrecer nuestros datos voluntariamente a quienes lo necesiten.

Así pues, cuando te preguntes si eres adicto al móvil la respuesta será seguramente que sí. Pero quizá sería más interesante que te preguntes, más bien, a quién beneficia que lo seas. Antes de que Steve Jobs sacase su famosísimo smartphone, tampoco se hablaba tanto de dependencia de nuestros teléfonos.

La ciudad no es para los niños

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Fuente: encontrada en Facebook

Urbanizaciones cerradas donde no se permite jugar a la pelota, plazas de barrio plagadas de carteles prohibitorios, calles y avenidas donde los niños no pueden jugar, esparcirse, divertirse. Que nuestras ciudades son cada vez más hostiles para los más pequeños es algo cada vez más patente.

Está claro que tenemos cada vez más parques de juego infantiles para que los niños entre tres y ocho años se diviertan. Pero, están enfocados justamente en esas edades. ¿Qué pasa con los menores de tres? Las únicas instalaciones infantiles para esas edades suelen encontrarse en los colegios y en las guarderías, así que toca rascarse el bolsillo. ¿Y qué pasa un domingo por la tarde? Pues que el niño tendrá que jugar en el parque de niños mayores o no jugar. Eso por no hablar del estado en que se encuentran o, mejor dicho, del mal estado: nuestros políticos las inauguran, se hacen la foto de rigor y luego si te he visto no me acuerdo. Al parecer, la palabra mantenimiento no forma parte de sus agendas.

¿Y para los mayores de ocho? Ahí es donde está el negocio. Hoy día los niños de ocho o más años no se divierten en la plaza pública como hacíamos sus padres de niños. No. Para eso el capitalismo moderno ha inventado dos opciones con las que obtener beneficio del ocio infantil y mantener a los padres en el puesto de trabajo: las actividades extraescolares y los videojuegos. Las actividades extraescolares llenan un hueco de esta ajetreada vida moderna: si los padres tienen que echar mil horas para poder llegar a fin de mes con un sueldo ínfimo, en algo tienen que ocupar sus hijos las horas que no le pueden dedicar sus padres. Hoy día los chiquillos van a clases de inglés o de informática, tienen horas de deportes varios, de catequesis, de solfeo,… y un largo etcétera. Y parece que seas mal padre si no apuntas a tu hijo a alguna de ellas. Y, mientras, hay todo tipo de academias, asociaciones o entidades haciendo caja con el ocio infantil y la falta de tiempo de sus padres.

Las actividades deportivas de todo tipo son, en mi opinión, lo más sangrante del asunto. Antes te reunías en la calle, en la plaza pública o en un descampado con otros niños para echar un partido. Echabas la tarde, hacías deporte, te relacionabas con otros niños. Hoy día no hay sitio para hacer eso como no sea en un polideportivo, pagando, obviamente, las correspondientes cuotas. Y, dada la competitividad imperante en nuestras vidas en estos tiempos acelerados, y que ya no parecemos concebir la diversión por pura diversión, termina el niño federado, echando más horas que un profesional y entrenando como si le fuese la vida en ello. Y no sólo eso, sino levantándose al amanacer un sábado para competir en una ciudad cercana o, peor, de otra provincia, obligandose el padre a meterse kilómetros de carretera en el cuerpo y quitarse horas de sueño de encima un sábado de descanso, después de toda una semana trabajando. Y hablo no sólo de niños de ocho años sino también, a veces, de menos. Y todo para que éste socialice y haga ejercicio… como haría si jugase en la plaza al lado de casa con otros niños. Pero como todos creemos que nuestro hijo es un Messi o un Nadal en potencia…

En cuanto a los videojuegos, se trata de otro invento fantástico de la industria. Aprovechando nuestras ansias por estar a la última en lo que a tecnología se refiere, y las consolas y videojuegos no iba a ser una excepción, no dejan de sacarnos los cuartos todos los años. Y los niños son un mercado fácil. Y ahí los tenemos, encerrados en casa, jugando con el vecino de enfrente sin salir del salón o de su cuarto.

En definitiva, en eso consiste el ocio infantil de nuestros días: o encerrados en casa consumiendo videojuegos o apuntados a clase de todo tipo que se llevan un buen pellizco del presupuesto familiar. Y con la excusa de la seguridad, los niños no salen a la calle, con la falacia de prepararlos para su futuro se zampan mil horas de actividades fuera de horario lectivo, con la promesa de descubrir al nuevo Messi o la nueva Comanecci entrenan como profesionales, haciendo de la diversión una obligación. Y, mientras los padres dan cochazos de acá para allá y se quitan horas de descanso, hay quien gana lo que no ganaría si los niños simplemente pudiesen jugar en la plaza del barrio como se ha hecho siempre.

Hágalo usted mismo

Qué tiempos aquellos cuando ibas a una gasolinera y, sin bajarte del coche, un empleado te llenaba el depósito y hasta te limpiaba el parabrisas. Hoy eres tú el que se tiene que arremangar, coger la manguera y servirse como buenamente sepa. Y limpiarse el coche y llenarse las ruedas y limpiarse los cristales,… Mientras, el único gasolinero del lugar te mira sin despeinarse, atrincherado tras su mostrador y no se mueve ni para venderte cualquiera de los mil productos que hoy se despachan en una gasolinera a precio de oro.

Qué tiempos aquellos cuando te sentabas a tomar algo y acudía un camarero a servirte. Hoy -sobre todo en la mayoría de los centros comerciales-, las cafeterías, los restaurantes, las pastelerías, las heladerías,… son esos sitios donde tú te lo guisas y tú te lo comes. Los camareros han sido sustituidos por simples dependientes que se limitan a servirte en barra lo que quieras o, en el peor de los casos, a cobrarte y vas que chutas. Eres tú el que se tiene que servir y el que, al acabar, tendrá que recoger su bandeja para llevarla a la papelera. Y ni a cobrarte vendrán a tu mesa.

Qué tiempos aquellos, diremos también dentro de no demasiado, cuando ibas a un supermercado y una cajera te cobraba la compra. Cada vez son más las grandes superficies que esperan que tú mismo hagas ese monótono trabajo y, así, en lugar de contratar a cuatro cajeras disponer sólo de una que supervise a los clientes. Supongo que en un futuro no muy lejano las cajas serán como los escáneres de Desafío total y no habrá siquiera que descargar el carro en cinta transportadora alguna.

Pero, aunque nosotros repostemos el combustible en nuestros depósitos, aunque con nuestras manos llevemos nuestra comida a la mesa o aunque nosotros mismos pasemos nuestros productos por caja, ni la gasolina, ni el almuerzo, ni la compra nos salen más baratos. Antes al contrario, pagamos hoy más caro que nunca por los mismos servicios que antes nos ponían en mano y ahora nosotros mismos nos despachamos.

Lo mismo puede decirse de bancos o cajas que ya no actualizan libretas en sus oficinas y te envían al cajero automático a que tú hagas su trabajo, aunque no se olviden de seguir cobrándote comisiones de mantenimiento todos los meses. Y de esos supermercados donde todo el trabajo de frutería o verdulería lo haces tú mismo, aunque no te hagan descuentos por ello. El summum en esta tendencia son esas lavanderías, autolavados para coches, tiendas de máquinas de refresco y bocadillos abiertas las veinticuatro horas,… que ni siquiera necesitan personal. Tan sólo un empleado que acude cada cierto tiempo a recoger la recaudación. El túteloguisastútelocomismo llevado a su máxima expresión.

Pero es lo que traen los tiempos. Las empresas han descubierto que ganan más pagando menos y no van a abandonar ese camino. Ya lo hicieron con la mecanización del campo o de las fábricas, por qué no iban a hacerlo con la de los servicios. En el futuro, todo lo que se pueda automatizar se automatizará, mal que nos pese. Si en el campo se ahorraron jornaleros y en las fábricas obreros, ahora se ahorrarán dependientes y cajeros y camareros,… Aunque suponga que los clientes paguemos más por hacer nosotros mismos trabajos que antes hacían otros. Y, además, lo hagamos gustosos. Capitalismo en acción que se le llama: menos manos de obra, menos quebraderos de cabeza para el empresario en forma de huelgas, de reclamaciones de mejoras salariales o de bajas y más beneficios, que es lo único que interesa, al fin y al cabo. La misma historia de siempre, sin ir más lejos.

Jardines de hormigón

Paseo de la Bajamar. El Puerto de Santa María (Cádiz)

¿Cuándo fue la ultima vez que viste que se construyese una plaza como mandan los cánones? Me refiero a una plaza con sus bancos, sus zonas ajardinadas y su arbolado, su sombra y sus lugares para el esparcimiento. Es un signo de nuestros tiempos, de este urbanismo que hemos padecido y seguimos padeciendo: plazas de hormigón, lugares grises, sin apenas vegetación. Sin salir de mi ciudad, podría citar algunos ejemplos: el Paseo Tina Aguinaco, la Plaza Miguel del Pino, la Plaza de Juan Gavala, el Paseo de la Bajamar,… Pero es una tendencia generalizada en cualquier parte de este país, ya sea en La CoruñaMadridLas Palmas de Gran CanariaCastellón,…

Son siempre lugares públicos diseñados no para el disfrute del ciudadano, no para que la gente pasee, se siente a charlar, lleve a los niños a jugar o saque el perro a correr. No, son lugares diseñados para llenar espacios urbanos lo suficiente para que quien lo ocupe se acerque a las tiendas o bares cercanos y poco más.

Que no son cómodos se aprecia enseguida en los bancos, diseñados ex profeso para la incomodidad. Porque, efectivamente, no es que los diseñadores sean demasiado creativos y les dé por ahí, sino que las autoridades los encargan específicamente así para evitar que los vagabundos los utilicen para dormir, los chavales para hacer skate o graffitis,… Y, ya puestos, se encargan artefactos arquitectónicos que impidan que los pedigüeños se aposenten o, incluso, que las madres paseen con sus carritos. Así te ves después, incapaz de sentarte en un banco que te está pidiendo a voces que te vayas.

Que están pensados para que los viandantes llenen los bares y las tiendas puede comprobarse en la proliferación de terrazas por doquier. En cualquier calle, en cualquier plaza, en cualquier parque. Quitando plazas de aparcamiento o sitio público para pasear. La idea es que, si quieres descansar, si quieres charlar con alguien o, simplemente, contemplar el paisaje, lo hagas consumiendo. En un banco no gastas, en la mesa de una terraza sí.

Este declive de las plazas públicas viene acompañado de la proliferación de centros comerciales. Hoy día no hay ciudad que se precie que no tenga uno. O más de uno. Decía Naomi Klein, en su obra No logo. El poder de las marcas, que los centros comerciales están sustituyendo a la plaza pública. Efectivamente, la plaza pública es un lugar de todos, donde podemos relacionarnos, manifestarnos, hacer deporte,… Los centros comerciales, en cambio, son lugares privados, controlados por sus propietarios, donde se nos permite pasear, comprar, tomar un café,… consumir, sobre todo, consumir, pero nada más. Por eso no hay bancos o, si los hay, son lo suficientemente incómodos como para no apalancarse. Por eso hay seguridad privada y cámaras en todas partes. Por eso hay horarios y nos indican hasta el camino a seguir. Porque todo está diseñado para el consumo, aunque cada vez más los utilicemos para el esparcimiento. Cuántas tardes de sábado, al menos en ciudades medianas como la mía, no nos habremos encontrado el centro urbano tan desierto que podría grabarse en él un capítulo de The Walking Dead y, en cambio, el centro comercial más cercano hasta los topes.

En algunas grandes ciudades, por otro lado, directamente las grandes corporaciones están usurpando el espacio público, invadiendo poco a poco el espacio de todos. Así, cada día que pasa nuestras ciudades son un poco menos nuestras. Como decía Pérez Reverte, cada vez más vivimos en perfectas ciudades hostiles.

Es un ejemplo más de este capitalismo nuestro que terminará acabando con nosotros: lo importante es que consumas, da igual todo lo demás. O, lo que es lo mismo, cada vez van quedando menos cosas gratis y los lugares públicos no iban a ser menos.

El embrujo del ganchillo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

El retorno de los charlatanes

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Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

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