Archivos Mensuales: noviembre 2016

El término soltero y los nuevos modelos de pareja

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Tarta de boda. Pexels

El campo semántico del estado civil siempre ha estado compuesto por muy pocos términos: soltero, “aquel que no está casado”; casado, “aquel que ha contraído matrimonio”; y viudo, “aquel que ha perdido a su cónyuge por fallecimiento y no se ha vuelto a casar”. En los últimos tiempos, a estos términos se han unido separado, “aquel que rompe la vida en común con su cónyuge, manteniendo el vinculo matrimonial” y divorciado, “aquel que ha disuelto, mediante sentencia, su vínculo matrimonial, con cese efectivo de la convivencia conyugal”. Como vemos, todos los términos giran alrededor de un foco común: el enlace matrimonial, sea éste civil o religioso. Así, si se produce o no ese enlace o éste se rompe de alguna manera una vez realizado, utilizaremos un término u otro. Esto es así porque, en el ámbito administrativo, de donde procede este campo, es ese vínculo matrimonial el que determina el acceso a ciertos derechos: su presencia puede dar lugar a beneficios fiscales o a autorizaciones de residencia, por ejemplo, mientras que su pérdida puede dar derecho a pensiones o a otros beneficios.

Hoy, en cambio, han surgido nuevas formas de relaciones: hay quien convive sin estar casado, hay quien formaliza únicamente una unión de hecho, hay quien prefiere no casarse pero mantener parejas esporádicas,… Todo esto ha llevado a que, en el habla, se traslade el foco de atención desde el acto formal del matrimonio a la relación afectiva que se tenga con la pareja. Es decir, en el habla no resulta tan importante ese acto formal como la relación afectiva en sí.

El problema de esto es que no hay palabras nuevas para expresar estas nuevas relaciones. Quien convive con alguien sin estar casado, por ejemplo, es soltero, pero resulta raro en esa situación definirse como tal. Precisamente, esta palabra es la primera que está sufriendo un proceso de cambio de significación. Hoy día soltero ya no es sólo quien no está casado, sino muchas veces quien no tiene pareja. No es raro oír hoy, sobre todo en boca de jóvenes, frases como “lo he dejado con mi novio y vuelvo a estar soltera” o “después de dos años soltero me apetece volver a tener pareja” o toparse con títulos de película como Mejor… solteras, que trata de traducir el original inglés How to Be Single, queriendo decir “mejor sin pareja”.

Y que duda cabe que el inglés ha influido mucho en el cambio de significación de esta palabra. El inglés single -que procede del adjetivo plural latino singuli, singulae, singula, que significaba “solo, único, aislado” y que ha dado términos en español como singular– significa “soltero” pero también “que no tiene relación afectiva”, de modo que la frase a single man puede traducirse tanto como “un hombre soltero, no casado”, como también como “un hombre sin pareja afectiva”. En español, además, el término single, como tantos otros anglicismos, se ha introducido ya en nuestra lengua, con un marchamo, además, de prestigio: suele definir un estilo de vida, el de quien ha decidido mantener su soltería en aras de una mayor libertad y autonomía. Una modernización, por decirlo así, del clásico solterón de toda la vida que ya se va perdiendo. Y es, tal vez, en este sentido en el que empieza a utilizarse el término inglés en nuestra lengua, influyendo así en el español soltero.

Como decía, no existe, en cambio, terminos nuevos para relaciones nuevas. ¿Cómo llamar al que vive en pareja sin estar casado? ¿Emparejado?, ¿ennoviado?, ¿arrejuntado, como dicen los castizos? No parece que estos términos tengan mucha acogida. ¿Y a los que se inscriben como parejas de hecho sin estar casados?… Los que tienen pareja con la intención de casarse, hace tiempo que ya tienen término, prometidos, ese concepto que en España se usa poco pero que las películas estadounidenses nos hacen aceptar como habitual. En cambio, al menos entre gente joven, se utiliza poco el de divorciado, separado o incluso viudo; se prefiere el de soltero en expresiones como “Mi madre vuelve a estar soltera después de divorciarse de mi padre” o “Desde que murió su marido está viviendo una segunda soltería”.

En definitiva, es el término soltero el que se está adaptando a los tiempos, acogiendo signifcados nuevos que antes no tenía y absorviendo otros significados, en espera de que lleguen nuevos términos para las nuevas relaciones.

Fuentes:

RAE, Your Dictionary, Wikcionario.

¿Y si nuestras democracias fuesen más griegas?

Hace unos meses me pasaron el vídeo de Why Maps titulado #WHYDEMOCRACY, del cual recomiendo mucho su visionado, tanto su cara A, como, sobre todo, su cara B y que incluyo aquí por su importancia.

Se preguntaba el autor sobre el origen de nuestras democracias y los gobiernos representativos y pensé que no sería mala idea trasladar el modelo de la democracia ateniense a nuestros tiempos. Pero, claro, este modelo era relativamente fácil de implementar en una ciudad-estado donde sólo votaban los hombres libres y era más factible que todos participaran en la asamblea. Pero en nuestras sociedades actuales sería bastante complejo que toda la población con derecho a voto de un pais participase en el Parlamento. Entonces me topé con este artículo: al parecer, algunos estudios serios avalan la idea de que introducir el azar en la elección de parlamentarios mejoraría el sistema. Y caí, entonces, en la cuenta de que el quid de la cuestión sería introducir ese mecanismo griego de la elección al azar en la representación política.

Así pues, me pregunto desde entonces: ¿qué pasaría si los 350 diputados que conforman el Congreso, en lugar de ser elegidos por sufragio universal directo, fuesen elegidos por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se eligiesen al azar utilizando los mismos criterios de selección que hoy se utiliza para elegir miembros de una mesa electoral (art. 26.2 de la LOREG), manteniendo las mismas circunscripciones electorales? Pues se me ocurre que se acabarían los dilemas de listas abiertas o cerradas de partidos, ya que dejaríamos de elegir a diputados porque sí, porque vienen en la lista del partido de nuestra elección; nos olvidaríamos de la famosa Ley d’Hondt y sus desajustes; desaparecerían también los políticos profesionales que pasan una legislatura tras otra en su escaño; se acabarían las disciplinas de votos y los castigos a diputados díscolos como los que hemos visto recientemente; el parlamentario no estaría sujeto a la disciplina de un partido, respondería, más bien, ante la asamblea, no ante los superiores de su partido a la espera de un ascenso en forma de cargo. A cambio, la gente se vería implicada realmente en la política; su participación en la misma no se limitaría a ejercer el voto cada cuatro años, sino a vivir en persona su ejercicio, tal vez durante menos tiempo (la propuesta de siete meses, por ejemplo, me parece razonable).

¿Y qué pasaría si los cargos públicos, desde Jefe del Estado a Presidente del Gobierno, pasando por Ministros o Secretarios de Estado, se eligiesen también por sorteo al azar? ¿Qué pasaría si se estableciesen unos requisitos de obligatorio cumplimiento, específicos para cada uno de los cargos (un ministro de sanidad debería proceder del mundo científico, por ejemplo), si cada candidato que los cumpliese sometiese su candidatura al escrutinio del Congreso y si, de entre los cinco más votados, se escogiese al azar un candidato, cuyo cargo estaría en manos del Parlamento, que podría revocarlo en cualquier momento? ¿Y qué pasaría si el mismo sistema se extiendese no sólo a la política nacional, sino también a la autonómica y la local y, por qué no, a la europea? A los griegos, que disponían hasta de una máquina para ello, el Kleroterion, no les fue mal durante más de 200 años; no creo que en nuestros tiempos informáticos fuese díficil diseñar un sistema de elección, limpio e independiente, más efectivo que el griego.

¿Qué conllevaría todo esto? Pues, para empezar, no valdría como candidato un Mariano Rajoy o un Donald Trump cualesquiera, sino alguien que reuniera las más adecuadas condiciones. Por otro lado, se acabarían los largos procesos electorales: la pegada de carteles, los mítines que sólo sirven para arengar a los convencidos, el reparto interminable de propaganda electoral para llenar las papeleras, los debates estériles, las jornadas de reflexión,… Y, sobre todo, el gasto que todo eso implica. Se acabarían también los programas electorales impresos en papel mojado y las promesas sin cuento a ver quien da más. Por otro lado, la elección al azar de cargos haría que su selección se prestara menos a injerencias de grupos de presión como las que señalaba hace unos días Pedro Sánchez en Salvados. Se acabarían también situaciones bochornosas como las que hemos vivido de permanecer casi un año con un gobierno en funciones. Las votaciones, como hemos visto en nuestra reciente investidura al último sprint, no estarían decididas de antemano en un paripé de votación cuyo resultado todos conocíamos. Los ministerios y secretarías, finalmente, serían ocupados por personas capacitadas para el cargo, elegidas por el Parlamento, no por la decisión partidista y arbitraria de un presidente que reparte cuotas de poder a su antojo. Y, desde luego, un gobierno al azar que dependiera de la valoración de un Parlamento de ciudadanos elegidos por sorteo no se atrevería a tomar decisiones contra la ciudadanía como los recortes que hemos vivido y seguiremos viviendo en educación, sanidad o derechos.

Claro está, todo esto implicaría, si no la desaparición de los partidos políticos, sí su conversión en simples organizaciones ciudadanas sin más poder que cualquier otra asociación de personas. Esto, quizá, haría más complicado el trabajo en el Parlamento, puesto que no habría grupos organizados y cada cual tendría voz y voto para proponer y decidir. Pero, a cambio, la elección al azar sin intervención partidista evitaría tramas como la de la Gürtel y similares. Sería más difícil volver a ver la corrupción deambulando como Pedro por su casa en según qué sitios.

Obviamente, todo esto no es más que un ejercicio de política-ficción. Pero, cuando descubres que existen organizaciones que están pidiendo esto mismo, la elección de los parlamentarios por sorteo al azar entre los ciudadanos con derecho a voto, empiezas a pensar que quizá no sería tan descabellado plantear un cambio de sistema en este sentido.

Mi recomendación de hoy: calles del Puerto

jleiva_callesLEIVA SÁNCHEZ, Juan, El Puerto de Santa María a través de sus gentes, sus calles, sus tierras, sus playas, El Puerto de Santa María, J. Leiva, 2010.

Un titulo demasiado extenso, en mi opinión, pero que describe bastante bien el contenido de una obra que puede ayudar al portuense a conocer mejor su ciudad o al visitante a acercarse a ella desde otro punto de vista.

Básicamente, es un recorrido alfabético por el callejero del Puerto. Es una obra muy útil para conocer el origen o la historia de muchas calles, descubrir los diversos nombres que han tenido a lo largo de su historia y conocer anécdotas sobre las mismas. Para llevarte agradables sorpresas como saber que quien da nombre a la calle donde viví de niño llegó a ser virrey de Méjico o malas jugadas como descubrir que la calle donde viví durante 16 años y donde aún viven mis padres rindió homenaje al dictador durante los 40 años de dictadura. Pero, además de eso, siendo fiel a su titulo, hace una remembranza de las diversas personalidades que han dado nombre a calles portuenses o de las ilustres personas que han nacido o vivido en ellas.

En definitiva, una completísima obra muy recomendable para quien tenga curiosidad por conocer mejor la ciudad.

¿Por qué doblan las campanas?

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Campana de Santa María de la Paz, Catedral de Segovia. Wikimedia Commons.

En tiempos antiguos las campanas tenían una utilidad pública: no sólo servían para llamar a la oración, sino que también eran útiles para avisar de peligros (un incendio, un ataque militar,…) o servían de reloj en tiempos en que nadie llevaba la hora sujeta a la muñeca. Es por eso que todos los pueblos contaban con, al menos, un campanario y éste siempre era visible desde cualquier punto.

Pero esos tiempos ya pasaron. Hoy en día todo el mundo tiene reloj o puede informarse de la hora a través de múltiples servicios (radio, televisión, cualquier dispositivo electrónico). Y existen medios mucho más eficaces para avisar de peligros que utilizar una campana: medios de comunicación, sirenas policiales o de vehículos de emergencia,… En cuanto a la llamada a la oración, los fieles cuentan hoy con medios que no existían en otros tiempos: los periódicos suelen publicar horarios de misas, todas las parroquias suelen disponer de tablones de anuncios o incluso, en estos tiempos modernos, de páginas web, donde se puede publicar fácilmente el horario de las misas,… Hasta las radios y televisiones locales ofrecen esa información a sus oyentes y espectadores.

Así pues, ¿a qué viene tanto campaneo? ¿Por qué la Iglesia Católica, a través de sus parroquias, se empeña en seguir anunciando las misas diarias y de domingo mediante campanas, molestando a quien haya que molestar? Sobre todo, porque no creo que tenga mucha efectividad. El católico que quiera acudir a misa ya se habrá informado, a través de cualquiera de los medios mencionados y, sobre todo, por su asistencia a la misa diaria, del horario de la misma. El católico que no quiera o no pueda acudir, en cambio, no lo va a hacer por mucha campana que se le toque. Y el que no sea católico, no se va a convertir porque unas campanas interrumpan sus quehaceres o su descanso.

Defienden algunos que el uso de campanas es una expresión de nuestra libertad religiosa, tal como recoge el art.2.1.b de nuestra ley de libertad religiosa, que reconoce el derecho a “practicar actos de culto y recibir asistencia religiosa de su propia confesión; conmemorar sus festividades,…”. O que el art. 2.2 de la misma ley recoge el derecho de “las Iglesias […] a divulgar y propagar su propio credo”. Pero no consigue ver uno cómo puede resultar un derecho individual lo que no es más que una forma de propaganda de una entidad colectiva. También tenemos derecho a participar en asociaciones, partidos políticos, ONGs,… y a ninguno de ellos se les permite utilizar megáfonos ni campanas para anunciar sus reuniones.

Establece, en cualquier caso, la propia ley como única limitación, entre otros, “la salvaguarda de la seguridad, de la salud y de la moralidad pública”. En este sentido, muchos nos preguntamos si el uso de campanas no infringe las diversas normativas municipales sobre ruidos (aunque la de mi ciudad ni siquiera contempla las campanas como emisoras de ruidos) y contribuye a la contaminación acústica en nuestras ciudades. Según parece, hay poca jurisprudencia al respecto y las pocas sentencias existentes se limitan a reconocer el problema y a recomendar que se ajuste el nivel sonoro a límites legales, pero en ningún caso imponen el silencio de las campanas.

Así pues, el uso de campanas supongo que entra en la misma categoría de ruidos gratuitos que nos toca soportar por vivir en una ciudad que el griterío de nuestros vecinos porque un equipo de fútbol ha ganado una competición o que el estruendo de cláxones porque alguien se casa y quiere anunciarlo al mundo. Y a los que tenemos que sufrir los campaneos (yo estuve sufriéndolos los siete años que viví pegado a una iglesia) sólo nos queda, como en esas otras situaciones, este derecho al pataleo.

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