Archivos Mensuales: octubre 2016

Genealogía de andar por casa

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Registro bautismal. Foto: Wikicommons

Habitualmente, nuestros sistemas de creencias suelen influir en nuestro comportamiento y en nuestra forma de ver las cosas más de lo que solemos creer. Y, a veces, los sistemas de creencias de los demás también nos influyen, para bien o para mal. Es el caso de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, los mormones.

Según sus creencias, la familia tiene continuación tras la muerte. En sus propias palabras:

Sostenemos que todos los integrantes de las familias, tanto los que viven ahora, los que vivieron en el pasado y los que vivirán en el futuro, comparten un vínculo perdurable que abarca todas las generaciones.

FamilySearch

Es por eso que están tratando de recopilar la mayor colección de documentación genealógica del mundo, con la idea de reunir un archivo mundial de la humanidad.

Y, seguramente, lo conseguirán. Empezaron reuniendo microfilms en una bóveda de granito excavada en las montañas de Utah. Actualmente, ponen a disposición de quien lo desee, ya sea para buscar información, ya sea para colaborar voluntariamente, la página FamilySearch para digitalizar toda esta documentación y continuar ampliándola.

Y realizan una labor que no tiene precio. Para cualquier investigador, historiador, genealogista,… FamilySearch pone al alcance de cualquiera todo tipo de documentos que, de otra forma, obligaría a recorrer archivos, registros u otros organismos públicos, alejados muchas veces del lugar de residencia: padrones, libros de quintas, expedientes de hidalguía, testamentos,… Para un friki de la documentación, poder acceder a todo este tipo de documentos de tu ciudad o tu provincia sin tener que salir de casa es una de las maravillas de la tecnología moderna.

Así pues, es posible que las creencias de otros te pongan al alcance de tu mano la posibilidad de acceder a información sobre tus bisabuelos que no sospechabas que tenías al alcance de los dedos.

Hágalo usted mismo

Qué tiempos aquellos cuando ibas a una gasolinera y, sin bajarte del coche, un empleado te llenaba el depósito y hasta te limpiaba el parabrisas. Hoy eres tú el que se tiene que arremangar, coger la manguera y servirse como buenamente sepa. Y limpiarse el coche y llenarse las ruedas y limpiarse los cristales,… Mientras, el único gasolinero del lugar te mira sin despeinarse, atrincherado tras su mostrador y no se mueve ni para venderte cualquiera de los mil productos que hoy se despachan en una gasolinera a precio de oro.

Qué tiempos aquellos cuando te sentabas a tomar algo y acudía un camarero a servirte. Hoy -sobre todo en la mayoría de los centros comerciales-, las cafeterías, los restaurantes, las pastelerías, las heladerías,… son esos sitios donde tú te lo guisas y tú te lo comes. Los camareros han sido sustituidos por simples dependientes que se limitan a servirte en barra lo que quieras o, en el peor de los casos, a cobrarte y vas que chutas. Eres tú el que se tiene que servir y el que, al acabar, tendrá que recoger su bandeja para llevarla a la papelera. Y ni a cobrarte vendrán a tu mesa.

Qué tiempos aquellos, diremos también dentro de no demasiado, cuando ibas a un supermercado y una cajera te cobraba la compra. Cada vez son más las grandes superficies que esperan que tú mismo hagas ese monótono trabajo y, así, en lugar de contratar a cuatro cajeras disponer sólo de una que supervise a los clientes. Supongo que en un futuro no muy lejano las cajas serán como los escáneres de Desafío total y no habrá siquiera que descargar el carro en cinta transportadora alguna.

Pero, aunque nosotros repostemos el combustible en nuestros depósitos, aunque con nuestras manos llevemos nuestra comida a la mesa o aunque nosotros mismos pasemos nuestros productos por caja, ni la gasolina, ni el almuerzo, ni la compra nos salen más baratos. Antes al contrario, pagamos hoy más caro que nunca por los mismos servicios que antes nos ponían en mano y ahora nosotros mismos nos despachamos.

Lo mismo puede decirse de bancos o cajas que ya no actualizan libretas en sus oficinas y te envían al cajero automático a que tú hagas su trabajo, aunque no se olviden de seguir cobrándote comisiones de mantenimiento todos los meses. Y de esos supermercados donde todo el trabajo de frutería o verdulería lo haces tú mismo, aunque no te hagan descuentos por ello. El summum en esta tendencia son esas lavanderías, autolavados para coches, tiendas de máquinas de refresco y bocadillos abiertas las veinticuatro horas,… que ni siquiera necesitan personal. Tan sólo un empleado que acude cada cierto tiempo a recoger la recaudación. El túteloguisastútelocomismo llevado a su máxima expresión.

Pero es lo que traen los tiempos. Las empresas han descubierto que ganan más pagando menos y no van a abandonar ese camino. Ya lo hicieron con la mecanización del campo o de las fábricas, por qué no iban a hacerlo con la de los servicios. En el futuro, todo lo que se pueda automatizar se automatizará, mal que nos pese. Si en el campo se ahorraron jornaleros y en las fábricas obreros, ahora se ahorrarán dependientes y cajeros y camareros,… Aunque suponga que los clientes paguemos más por hacer nosotros mismos trabajos que antes hacían otros. Y, además, lo hagamos gustosos. Capitalismo en acción que se le llama: menos manos de obra, menos quebraderos de cabeza para el empresario en forma de huelgas, de reclamaciones de mejoras salariales o de bajas y más beneficios, que es lo único que interesa, al fin y al cabo. La misma historia de siempre, sin ir más lejos.

Jardines de hormigón

Paseo de la Bajamar. El Puerto de Santa María (Cádiz)

¿Cuándo fue la ultima vez que viste que se construyese una plaza como mandan los cánones? Me refiero a una plaza con sus bancos, sus zonas ajardinadas y su arbolado, su sombra y sus lugares para el esparcimiento. Es un signo de nuestros tiempos, de este urbanismo que hemos padecido y seguimos padeciendo: plazas de hormigón, lugares grises, sin apenas vegetación. Sin salir de mi ciudad, podría citar algunos ejemplos: el Paseo Tina Aguinaco, la Plaza Miguel del Pino, la Plaza de Juan Gavala, el Paseo de la Bajamar,… Pero es una tendencia generalizada en cualquier parte de este país, ya sea en La CoruñaMadridLas Palmas de Gran CanariaCastellón,…

Son siempre lugares públicos diseñados no para el disfrute del ciudadano, no para que la gente pasee, se siente a charlar, lleve a los niños a jugar o saque el perro a correr. No, son lugares diseñados para llenar espacios urbanos lo suficiente para que quien lo ocupe se acerque a las tiendas o bares cercanos y poco más.

Que no son cómodos se aprecia enseguida en los bancos, diseñados ex profeso para la incomodidad. Porque, efectivamente, no es que los diseñadores sean demasiado creativos y les dé por ahí, sino que las autoridades los encargan específicamente así para evitar que los vagabundos los utilicen para dormir, los chavales para hacer skate o graffitis,… Y, ya puestos, se encargan artefactos arquitectónicos que impidan que los pedigüeños se aposenten o, incluso, que las madres paseen con sus carritos. Así te ves después, incapaz de sentarte en un banco que te está pidiendo a voces que te vayas.

Que están pensados para que los viandantes llenen los bares y las tiendas puede comprobarse en la proliferación de terrazas por doquier. En cualquier calle, en cualquier plaza, en cualquier parque. Quitando plazas de aparcamiento o sitio público para pasear. La idea es que, si quieres descansar, si quieres charlar con alguien o, simplemente, contemplar el paisaje, lo hagas consumiendo. En un banco no gastas, en la mesa de una terraza sí.

Este declive de las plazas públicas viene acompañado de la proliferación de centros comerciales. Hoy día no hay ciudad que se precie que no tenga uno. O más de uno. Decía Naomi Klein, en su obra No logo. El poder de las marcas, que los centros comerciales están sustituyendo a la plaza pública. Efectivamente, la plaza pública es un lugar de todos, donde podemos relacionarnos, manifestarnos, hacer deporte,… Los centros comerciales, en cambio, son lugares privados, controlados por sus propietarios, donde se nos permite pasear, comprar, tomar un café,… consumir, sobre todo, consumir, pero nada más. Por eso no hay bancos o, si los hay, son lo suficientemente incómodos como para no apalancarse. Por eso hay seguridad privada y cámaras en todas partes. Por eso hay horarios y nos indican hasta el camino a seguir. Porque todo está diseñado para el consumo, aunque cada vez más los utilicemos para el esparcimiento. Cuántas tardes de sábado, al menos en ciudades medianas como la mía, no nos habremos encontrado el centro urbano tan desierto que podría grabarse en él un capítulo de The Walking Dead y, en cambio, el centro comercial más cercano hasta los topes.

En algunas grandes ciudades, por otro lado, directamente las grandes corporaciones están usurpando el espacio público, invadiendo poco a poco el espacio de todos. Así, cada día que pasa nuestras ciudades son un poco menos nuestras. Como decía Pérez Reverte, cada vez más vivimos en perfectas ciudades hostiles.

Es un ejemplo más de este capitalismo nuestro que terminará acabando con nosotros: lo importante es que consumas, da igual todo lo demás. O, lo que es lo mismo, cada vez van quedando menos cosas gratis y los lugares públicos no iban a ser menos.

Tipografía de quita y pon

Tendría unos 10 años cuando mi padre trajo a casa un buen puñado de letras transferibles. No sé si se lo habrían dado en una imprenta o lo traería de los americanos de la base. Pero, en esa edad de las maravillas, donde cualquier nimiedad te parece un hallazgo, en casa disfrutamos de lo lindo de aquella especie de calcamonias.

Hace unos días, hablando con mi mujer sobre moldes de letras para sus manualidades de scrapbook, recordé las viejas letras transferibles y me dio por buscarlas en la red.

Resulta que las transferibles o calcomanías secas eran una herramienta utilizada en dibujo técnico o por diseñadores gráficos para elementos de dibujo repetitivos. Al parecer existían diversas marcas, Letraset, Decadry, Mecanorma,… ninguna de las cuales me suena de los viejos moldes que usaba en mi infancia. Pero, según parece, la creadora del invento fue Letraset, allá por 1961.

Sea como fuese, yo las utilizaba para diversión en casa y para trabajos del cole. En los tiempos en los que pocos tenían ordenador y nadie soñaba con procesadores de texto mínimamente decentes, en aquellos días en que los trabajos de clase los hacíamos a mano o con una vieja Olivetti Lettera 40, disponer de tipografía elegante no estaba al alcance de cualquiera. Y si, además, nadie en el cole parecía conocer la existencia de las transferibles, te hacías a la idea de que disponías de un tesoro que no estaba en manos de todos. ¡Con qué poco te ilusionas de niño!

Hoy, echarle un vistazo a estas herramientas del pasado me ha traído recuerdos de infancia.

El embrujo del ganchillo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

El retorno de los charlatanes

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Siglos Curiosos

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Strambotic

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

La pizarra de Yuri

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Wardog y El Mundo

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Gente del Puerto

Habitantes de El Puerto de Santa María

Librillo de Ramón Buenaventura

Ocurrencias y blablás diversos

miBrujula.com

todo lo que se cuece en la red

Oink! | navegando por ti desde principios de siglo |

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Yorokobu

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Fritipiti

Bitácora personal de José María Gálvez Caraballo

Siliconeando

Bitácora sobre manualidades de Carmen Rodríguez