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Ni un pájaro, ni un avión

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Fuente: Wikimedia Commons. Autor: Навоев Николай 

Echando la vista atrás, parece incleíble que llevemos ya más de 80 años de superhéroes. Desde The Phantom (1936), Superman (1938) o Batman (1939) pasando por la Antorcha Humana (1940), Flash (1940), Linterna Verde (1940), la Mujer Maravilla (1941), el Capitán América (1941), Los cuatro fantásticos (1961), Hulk (1962), Thor (1962), Spider-Man (1962), X-Men (1963), Daredevil (1964) o Watchmen (1986) hasta los más modernos Spawn (1992) o The Maxx (1993). Y, en cine, casi 40, desde Superman (1978), hasta Batman (1989), X-Men (2002), Spiderman (2002) y los siguientes.

Como la propia palabra indica, el héroe es alguien que se distingue por sus elevados valores morales: espíritu de sacrificio, ayuda desinteresada a los demás, lucha contra las injusticias,… Unos valores y una puesta en práctica de los mismos que le hacen diferente a los demás y le convierten en modelo de imitación. Pero nuestro protagonista no es un héroe cualquiera, porque esas mismas cualidades podríamos encontrarlas en muchas personas a nuestro alrededor, sino un superhéroe porque posee poderes y capacidades sobrehumanas que siempre pone al servicio de la humanidad.

Pero estas dos mismas características son, precisamente, las que convierten, en mi opinión, al superhéroe clásico en un producto vacío. Y me explico. En casi todas las historietas, el héroe, cuando descubre o se hace consciente de sus superpoderes, se dedica a ayudar a ancianitas, impedir robos o sacar a inocentes de incendios. Pero, como eso no da mucho de sí, pronto surge un supervillano con superpoderes casi tan devastadores como los del protagonista para poder representar, así, una lucha sin cuartel entre el bien y el mal. Y a eso se reducen casi todas las historietas clásicas de superhéroes: el protagonista (casi en todos los casos un hombre blanco estadounidense) lucha denodadamente contra un enemigo tan surrealista e imposible como él y la humanidad queda a salvo gracias a su labor.

Pero, a pesar de todos esos poderes sobrehumanos, a pesar de capacidades tan extraordinarias como fuerza hercúlea, rayos x, poder volar al espacio y volver,… en ningún momento los superhéroes de cómic se plantean enfrentarse a los verdaderos enemigos de la humanidad. A ninguno parecen preocuparle las guerras que desangran parte del planeta y sus instigadores, ni el tráfico de armas o de seres humanos, ni la corrupción política, ni los delitos de guante blanco, ni las dictaduras, ni el hambre, ni los desequilibrios sociales, ni los derechos civiles, ni la contaminación del medio ambiente,… Ante los auténticos problemas de la humanidad, los superhéroes se limitan a concentrar todos sus superpoderes en salvar ancianitas, sofocar incendios y enfrentarse a un malvado tan imposible como él.

Está claro que los superhéroes de cómics son un producto pensado para distraer a los jóvenes estadounidenses (¿acaso algún superhéroe conoce más mundo que el que se encierra en las fronteras de Estados Unidos?) y que éstos no se cuestionen demasiado el sistema. Porque preocuparse por todo lo anterior supondría hacer a los chavales pensar en cómo las empresas intervienen en la contaminación mundial, en cómo los Estados Unidos tienen mucho que ver en el comercio de armas o en la caída o ascenso de muchos regímenes o en la perpetuación de muchas guerras, en cómo los derechos civiles se han pisoteado y se siguen pisoteando,… El superhéroe es un producto para conformarse con el sistema, para que los empollones tímidos de este mundo sueñen con la idea de convertirse algún día en un Spiderman cualquiera, igual que el ciudadano medio estadounidense imagina que el sueño americano se hará realidad el día menos pensado. Y se detiene al malvado ladrón que roba bancos pero no al empresario con cuentas en paraísos fiscales y se salva a inocentes de incendios pero no se paralizan empresas que contaminan y se salva a ancianitas pero no se impiden guerras. Y se lucha contra malvados inverosímiles porque emplear los superpoderes contra los verdaderos enemigos de la humanidad podría hacer a muchos chavales repensarse el mundo en el que viven.

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