Archivos diarios: Lunes, 4 diciembre 2017

Cada cosa a su tiempo

Una de las primeras cosas que aprende un padre novato es que no todos los niños se desarrollan al mismo ritmo. Sobre todo cuando tiene que lidiar con las constantes comparaciones de abuelos, vecinos y familiares: que si mi niño con su edad ya andaba, que el mío ya hablaba,… Como si los seres humanos fuésemos robots con programas prediseñados que se activan al llegar a cierta edad. Cuando lo cierto es que cada niño es un mundo: unos andan cuando otros todavía están gateando, otros empiezan a balbucear sus primeras palabras cuando otros ni siquiera dicen mamá y, más adelante, a unos se les dará mejor dibujar mientras que otros serán unos hachas en matemáticas, a unos les encantará el fútbol y otros no podrán ni verlo. No estamos programados, no somos todos iguales, no seguimos patrones estandarizados.

Pero no sólo ocurre esto en la infancia. En la vida adulta ocurre exactamente igual. Si al llegar a cierta edad no se está emparejado, se nos dice eso de que se nos va a pasar el arroz, si se tiene pareja siempre habrá una madre o una abuela que pregunte para cuándo la boda, si se está casado, para cuando los hijos, si se tiene hijos para cuando la parejita. Todo el mundo tiene que cumplir los mismos patrones. Cuando, en realidad, no es así. Hay quien aprueba todo a la primera y hay quien hasta la veintena no empieza a asimilar los conocimientos. Hay quien no ve el momento de cumplir los dieciocho para sacarse el carné de conducir y hay quien se lo saca a los treinta. Hay quien con cuarenta ha tenido varias parejas sentimentales y hay quien, con la misma edad, descubre el amor por vez primera. Hay quien es madre a los quince y quien lo es a los cuarenta. No somos máquinas para cumplir el mismo patrón. No llevamos un programa instalado que se activa al llegar a cierta edad.

La sociedad, en cambio, nos exige justo lo contrario. Algunas tendencias pedagógicas actuales, por ejemplo, como la pedagogía Montessori, empiezan a reclamar algo similar en el ámbito de la infancia: que cada niño tiene su ritmo y hay que respetar esos ritmos y tratar de adaptarse a ellos. Pero es justamente eso lo que nunca ha hecho la escuela pública: se hacen exámenes estandarizados, se exigen los mismos conocimientos y destrezas a todos los niños, se pretende que todo el mundo siga el mismo patrón en los mismos tiempos. Da igual si unos niños van más adelantados que otros, da igual si a algunos se les da mejor unas asignaturas que otras. A todos se les exige por igual.

Pero no sólo a los niños. La sociedad nos va marcando todos los ritmos: los horarios que debemos seguir, las horas a las que tenemos que ver la tele, la edad a la que debemos casarnos y tener hijos y qué hacer cuando nos jubilemos. Hay una edad para estudiar, una edad para divertirse y disfrutar, una edad para trabajar y una edad para retirarse. Y, como siempre, no parece contemplarse a quien no sigue los ritmos de la mayoría. Ciertamente, es útil para organizarnos todos pero no todos nos ajustamos a los mismos ritmos. Algunos necesitamos más tiempo para según qué cosas.

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