Individualistas de hoy

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Fuente: Pixabay.

En tiempos de nuestros abuelos era habitual que las familias tuviesen más de diez hijos. En tiempos de nuestros padres, en cambio, la familia se redujo a dos o tres, como mucho cuatro. Hoy día es difícil ver a familias con más de tres hijos, siendo dos o uno lo más habitual. De hecho, ya no son raros los matrimonios que dicen no desear tener hijos, que les basta con ellos dos. Y no sólo eso, se extiende lo que ya se empieza a denominar “niñofobia“: el desprecio de los adultos por la niñez en forma de monólogos simpáticos o celebraciones de bodas que no admiten niños o restaurantes u hoteles donde los niños no son bien recibidos,… Lo cual lleva a esos adultos a centrarse más en sí mismos, en viajar, culturizarse, ir al cine y al teatro; en definitiva, en hacer todas esas cosas que muchos padres no pueden. Eso que ahora empiezan a llamar, así en plan guay, yoísmo y siempre se ha llamado egoísmo: preocuparse más por sí mismo y menos por los demás.

Los que sí tienen hijos, por otro lado, ya no les ponen nombres corrientes. Antes, la costumbre marcaba poner al hijo el nombre del padre o de alguien de la familia, llenando el árbol familiar de Manolos, Antonios o Marías. Los más religiosos, en cambio, escogían para sus hijos el nombre del santo del día, con lo que se corría el riesgo de llamar al hijo Apapucio o algo peor. Hoy día, en cambio, se busca la originalidad y se recurre a lo exótico o, directamente, a la imaginación para llenar el país de Unais, Yerays o Sheilas. La idea es que el niño destaque sobre los demás, que no tenga un nombre corriente como su padre o su abuelo. Frente al respeto a la tradición o al legado familiar, se prima la individualidad, ya desde el momento del nacimiento.

Y qué decir de nuestros vecinos. Hoy vivimos en bloques de vivienda, o en casas unifamiliares, lo mismo da, donde apenas conocemos a nuestros vecinos de rellano. Salimos y entramos, nos damos si acaso los buenos días, si los damos, y poco más. Ni el nombre de quién comparte nuestro tabique conocemos, muchísimo menos sus circunstancias vitales. Siempre hay excepciones, claro, pero en un bloque donde vivan 20 familias tal vez conozcas al vecino de tu mismo rellano pero poco más. La proliferación de ascensores en nuestro país tampoco facilita el trato vecinal: nos metemos en el ascensor y podemos subir hasta nuestra casa sin cruzarnos con ningún vecino. Aquellas relaciones vecinales de los patios de vecinos, más estrechas que nuestras relaciones familiares, hace mucho que se acabaron, al menos en las grandes ciudades.

En cuanto al ocio, cada día contamos con más cachivaches. Antes fue el walkman; nos decían nuestros padres que íbamos sordos por el mundo y que nos iba a pasar algo por la calle. Ahora son los móviles o las consolas: caminamos con la vista gacha, sin observar a nuestro alrededor si vamos a comernos una farola o a pisarle un callo al primero que pasa. Por no hablar de esos seres humanos que comparten una misma habitación ensimismados cada uno en su pantalla. El nuevo cacharro de moda son las gafas de realidad virtual, donde no sólo tenemos la posibilidad de aislarnos del mundo a nuestro alrededor, sino, sobre todo, de sumergirnos en una realidad inventada, supuestamente mejor que la que nos rodea.

A todo esto se unen las famosas redes sociales. Vivimos en un mundo de postureo, como se dice ahora. Todo el mundo publica fotos de sus viajes, de la última fiesta en la que ha estado, de lo que va a comer o del último peinado que se ha hecho. Y comenta dónde se va de vacaciones, con quién sale o qué va a estudiar el próximo curso. Nos gusta la exhibición pública, nos gusta sentirnos importantes, nos gusta hacernos los famosos y, si no tenemos paparazis que nos persigan, hacemos de fotógrafos de nosotros mismos. Y nos apuntamos a todos los retos absurdos: el del cubo de agua, el del maniquí, el del suelo de lava, el de la botella en pie,… El último, el del culo al aire o el de hacerse fotos desnudos, insinuando más que enseñando. En fin, todo aquello que nos engrandezca el ego y nos ayude a mirarnos mejor el ombligo.

¿Somos cada vez más individualistas? Sin duda alguna. Pero no es ésta una tendencia reciente: llevamos siglo y medio andando este camino, perfeccionándolo. Y, según parece, es la progresiva desaparición de los trabajos manuales que nos trajo la revolución industrial en favor de los trabajos de oficina, unido a la incorporación de la mujer al mercado laboral y a la mejora en las condiciones sanitarias y la educación lo que está llevando a la humanidad a este camino donde el individuo es más importante que el grupo. El mundo laboral moderno, donde hoy se trabaja en una empresa y la semana que viene en otra, donde hoy ejercemos una ocupación y dentro de un mes otra diferente, está llevando a que la gente no mantenga vínculos duraderos con sus compañeros y a un continuo reciclaje del individuo. Nos encontramos, así, en un mundo donde el individualismo, el ser diferente a los demás, es un valor en sí mismo. Supongo que en nuestra cultura mediterránea será difícil que lleguemos, por este camino, a una sociedad alienada como algunos nos describen en otras latitudes, donde el Estado se ocupe de todos los problemas de sus ciudadanos y éstos no necesiten ni amigos ni familiares para tener una vida autosuficiente, pero no sería descartable.

Ahora bien, en mi opinión la cuestión no es que cada vez seamos más individualistas. Qué duda cabe que lo somos. La cuestión, más bien, es quién está interesado en que lo seamos. Porque no creo que este individualismo en el que nos hayamos felizmente inmersos sea casual, sino más bien dirigido por nuestras clases gobernantes y empresariales, bien beneficiadas del mismo. Porque, mientras el individuo sea más importante que el grupo, no hay revoluciones a la vista. Mientras andamos inmersos en la vorágine laboral, saltando de empleo en empleo y tratando de engordar el currículum, nos tragamos inmensas ruedas de molino, grandes como ellas solas. Mientras estamos publicando fotos de nuestro gato, que sale monísimo en todas las imágenes, no nos estamos organizando para una huelga. Mientras nos miramos al espejo ejerciendo el postureo en las redes sociales, dejamos que nos recorten derechos sin pedir explicaciones. Mientras esperamos ansiosos que salga el nuevo cachivache muchísimo mejor, dónde va a parar, que el que ya tenemos y que nos costó un pastizal, ni le buscamos las cosquillas a nuestros queridos corruptos. Y así nos va, claro.

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