Archivos diarios: Jueves, 8 junio 2017

Aquellas ferias del Puerto 

Nunca fui muy feriante que digamos pero, en estos días pasados de feria, me estuve preguntando por la historia de nuestra fiesta local por excelencia.

Según parece, un Privilegio Real de Alfonso X El Sabio concedió a la ciudad, ya en 1281, la celebración de dos ferias de ganado al año. Así pues, desde el siglo XIII en adelante se fueron celebrando ferias de ganado en la ciudad de forma regular durante el mes de septiembre. Eran ferias comerciales, sin mucho ambiente festivo, donde se compraban y vendían todo tipo de ganado: caballos, vacas, mulos,… A finales del siglo XIX este comercio había decaído mucho y, de hecho, en 1916 se celebra la última feria de ganado en la ciudad.

Pasada la Guerra Incivil y lo más duro de la posguerra, el alcalde de entonces, Ignacio Osborne, decide recuperar la feria de ganado pero con un tono más festivo. La idea es competir con las cercanas ferias de Sevilla y la de la vendimia en Jerez y, al mismo tiempo, levantar el ánimo de la gente. Surge así la Feria de Primavera, tal como hoy la conocemos, pues pasa a ubicarse en esa época del año, justo en medio de las ferias antes mencionadas. Había contado con dos precedentes previos: unas ferias de ganado celebradas en el Coto de La Isleta en septiembre de 1943 y 1944 (¿tal vez, también en 1942?). Asi pues, el 17 de enero de 1945, por acuerdo municipal, se aprueba la Feria de Primavera, con esa denominación oficial, celebrándose ésta del 22 al 26 de abril. Mi padre tenía, entonces, unos meses de vida y mi madre acababa de nacer.

La feria se celebraba en dos partes y dos recintos distintos. Durante el día, la feria del ganado propiamente dicha. Se celebraba en unos terrenos en frente de lo que hoy es el Centro Comercial El Paseo, con una gran portada de obra que daba acceso al recinto. La gente acudía en coche de caballo, a pie o como podía; era como una romería. Las pocas casetas que había no tenían instalaciones para servir comidas, así que la gente se llevaba sus tarteras con lo que los andaluces en general y los portuenses en particular siempre hemos llevado para estos menesteres: tortillas de patatas, pimientos fritos, filetes empanados,… y vino fino, claro. A la hora de la comida se extendían mantelitos allí mismo, en la hierba, y toda la familia se tumbaba alrededor a disfrutar de las viandas. El recinto también contaba con atracciones propias de feria: coches de choque, el tren de los escobazos, el carro de las patás, la noria, el laberinto de cristal, los espejos de la risa,… Había trileros, floristas, fotógrafos,… Casi todos los niños de la época tienen una foto montando en un caballito que al efecto había instalado en el real; mi madre y sus hermanas, por ejemplo.

Por la noche, de vuelta a casa, se podía disfrutar de la Velada de la Victoria, en el parque del mismo nombre. Ésta era más parecida a la feria actual: espectáculo de alumbrado de feria, paseos románticos, bailes,… A un lado del parque, se construyó una caseta de obra, El Cortijo, que servía como caseta municipal de feria. Años más tarde, cuando se construyó la caseta municipal en el recinto de Las Banderas (construcción en la que participó mi padre como albañil), en recuerdo de aquella caseta, se reprodujo su fachada, que actualmente sigue usándose.

Con el paso de los años, la feria de ganado obstaculizaba la circulación de vehículos en la carretera para Jerez en esos días de feria. Así pues, se decidió el traslado de la misma a la zona de Crevillet, cerca de la desembocadura del Guadalete, junto a la playa de La Puntilla, la playa más popular del Puerto. Acontecimiento que se produce el 7 de mayo de 1966. Tenían mis padres veintipocos años. Aunque seguía habiendo exhibiciones de animales, la feria perdió el aire ganadero que siempre había tenido y adquirió un aire urbano y, sobre todo, marinero. Es en esta época cuando empiezan a desarrollarse las casetas al estilo típico del Puerto. Ya la gente no acudía cargada con sus tarteras de comida pero necesitaban algún sitio para comer; los que tenían la suerte de vivir cerca, lo harían en sus propias casas, pero el resto de la ciudad no tenía esos medios. Surge, así, la caseta abierta a todo el mundo, algo que caracteriza a la feria del Puerto y la diferencia de la feria sevillana, por ejemplo. Es en estos años cuando surgen casetas emblemáticas de la feria portuense y que hoy acumulan más de 30 años de historia sobre sus lonas: la caseta del Club Náutico, la de la Peña La Charanga, la de la Peña Binomio², la de la Hermandad de la Oración en el Huerto, Helo Libo, la más antigua de la feria y la que innova en modos de hacer que después copian todas las demás (la venta por adelantado de tiques de consumición, por ejemplo). El ayuntamiento colocó la caseta municipial en los terrenos del que había sido balneario portuense y sobre el que, más adelante, construirían un mercado de abastos, hoy sede de la policía local. En cualquier caso, la caseta más emblemática de todas, sin duda, fue Tierra, mar y vino. No sólo como caseta de feria, sino porque el resto del año se mantuvo como lugar de guateques para los jóvenes de los años 1960, donde se dieron a conocer grupos locales de música pop que cantaban canciones de la época y donde los jóvenes de entonces iban a bailar y, si se podía, a ligar. También servían comidas los domingos y hacían eventos: una de mis cuñadas y un tío paterno mío se casaron allí. En mi caso, aunque viví los años finales de esta feria siendo un niño, apenas tengo recuerdos de la misma.

Y llegó un momento en que el lugar se quedó pequeño. La feria provocaba molestias y trastornos a los vecinos de la zona, así que el ayuntamiento decidió trasladarla de ubicación a su sede actual, el recinto de Las Banderas. Corría el año 1981 y yo contaba diez años recién cumplidos. La feria tuvo entonces más espacio para expandirse y organizarse mejor. Desde entonces sólo hubo dos cambios significativos, ambos durante el gobierno de Hernán Diaz: la feria pasó a “apellidarse” del vino fino y, por motivos turísticos, se comenzó a dedicar la feria a otras ciudades. Para mí, los primeros años de esta feria tuvieron un valor especial porque mi padre montó caseta en dos ocasiones consecutivas, acontecimiento que viví con once y doce años. Amigos de Curro Luque se llamaba, en homenaje al malogrado torero, vecino de mi abuela, que no mucho antes había sufrido un aparatoso accidente.

Por lo demás, para todos los que contamos cuarenta años o menos ésta es la única feria que conocemos, es la que forma parte de nuestros recuerdos y nuestras vivencias. Pero no viene mal conocer qué ferias vivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Quién sabe cómo será la de nuestros hijos.

Fuente:

Este artículo no se hubiese escrito sin la valiosísima información de Gente del Puerto, cuya página animo a visitar para una información mucho más amplia y acertada.

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