¿Por qué doblan las campanas?

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Campana de Santa María de la Paz, Catedral de Segovia. Wikimedia Commons.

En tiempos antiguos las campanas tenían una utilidad pública: no sólo servían para llamar a la oración, sino que también eran útiles para avisar de peligros (un incendio, un ataque militar,…) o servían de reloj en tiempos en que nadie llevaba la hora sujeta a la muñeca. Es por eso que todos los pueblos contaban con, al menos, un campanario y éste siempre era visible desde cualquier punto.

Pero esos tiempos ya pasaron. Hoy en día todo el mundo tiene reloj o puede informarse de la hora a través de múltiples servicios (radio, televisión, cualquier dispositivo electrónico). Y existen medios mucho más eficaces para avisar de peligros que utilizar una campana: medios de comunicación, sirenas policiales o de vehículos de emergencia,… En cuanto a la llamada a la oración, los fieles cuentan hoy con medios que no existían en otros tiempos: los periódicos suelen publicar horarios de misas, todas las parroquias suelen disponer de tablones de anuncios o incluso, en estos tiempos modernos, de páginas web, donde se puede publicar fácilmente el horario de las misas,… Hasta las radios y televisiones locales ofrecen esa información a sus oyentes y espectadores.

Así pues, ¿a qué viene tanto campaneo? ¿Por qué la Iglesia Católica, a través de sus parroquias, se empeña en seguir anunciando las misas diarias y de domingo mediante campanas, molestando a quien haya que molestar? Sobre todo, porque no creo que tenga mucha efectividad. El católico que quiera acudir a misa ya se habrá informado, a través de cualquiera de los medios mencionados y, sobre todo, por su asistencia a la misa diaria, del horario de la misma. El católico que no quiera o no pueda acudir, en cambio, no lo va a hacer por mucha campana que se le toque. Y el que no sea católico, no se va a convertir porque unas campanas interrumpan sus quehaceres o su descanso.

Defienden algunos que el uso de campanas es una expresión de nuestra libertad religiosa, tal como recoge el art.2.1.b de nuestra ley de libertad religiosa, que reconoce el derecho a “practicar actos de culto y recibir asistencia religiosa de su propia confesión; conmemorar sus festividades,…”. O que el art. 2.2 de la misma ley recoge el derecho de “las Iglesias […] a divulgar y propagar su propio credo”. Pero no consigue ver uno cómo puede resultar un derecho individual lo que no es más que una forma de propaganda de una entidad colectiva. También tenemos derecho a participar en asociaciones, partidos políticos, ONGs,… y a ninguno de ellos se les permite utilizar megáfonos ni campanas para anunciar sus reuniones.

Establece, en cualquier caso, la propia ley como única limitación, entre otros, “la salvaguarda de la seguridad, de la salud y de la moralidad pública”. En este sentido, muchos nos preguntamos si el uso de campanas no infringe las diversas normativas municipales sobre ruidos (aunque la de mi ciudad ni siquiera contempla las campanas como emisoras de ruidos) y contribuye a la contaminación acústica en nuestras ciudades. Según parece, hay poca jurisprudencia al respecto y las pocas sentencias existentes se limitan a reconocer el problema y a recomendar que se ajuste el nivel sonoro a límites legales, pero en ningún caso imponen el silencio de las campanas.

Así pues, el uso de campanas supongo que entra en la misma categoría de ruidos gratuitos que nos toca soportar por vivir en una ciudad que el griterío de nuestros vecinos porque un equipo de fútbol ha ganado una competición o que el estruendo de cláxones porque alguien se casa y quiere anunciarlo al mundo. Y a los que tenemos que sufrir los campaneos (yo estuve sufriéndolos los siete años que viví pegado a una iglesia) sólo nos queda, como en esas otras situaciones, este derecho al pataleo.

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